martes, 17 de marzo de 2020

rosa


Tu campo es un renglón de margaritas
por el que se desliza tu inmaculada letra,
es un reloj de sol que cronometra
la oscura eternidad que deshabitas.

Tu sombra que levita en la distancia
como un árbol de humo,
arcángel incendiario que desplumo
a gotas de lunar perseverancia.

Porticado por un jirón de estrellas
que se extiende, constante e infinito,
por el íntimo espacio de tus huellas
y el volumen de tierra en el que habito.

Estás leyendo un verso junto a la luz que arde,
tu nombre se perfila en la ventana;
hoy ha nacido el día de mañana
y se ha muerto a las cinco de la tarde.

Llega la noche como un tren absuelto
dominando el sombrío reflejo de tu ausencia,
un regalo devuelto,
eco de su apurada transparencia.

Con sus finas campanas, por el andén del mundo
pasan los ruiseñores,
los buenos malos tiempos, los peores,
la vida, lentamente, en un segundo.

Tu campo es un taller de amaneceres,
es un cuenco de soles inundado de espuma,
breve compendio de la luz que eres
y de la claridad que se le suma.

Sales del corazón en un latido
sobrevuelas los prados, los monasterios, tomas
tierra en el aire que tu amor ha hendido,
aire en la tierra de aventadas lomas.

Y cuando el viento sopla y levemente cae
la lluvia sobre crines y banderas,
y en las aulas se escucha aquel rosa rosae
que recitan los niños entre bromas y veras,

como la ronca noche que a tu oído suspira
su furtiva esperanza,
como el ave que lleva a tu balcón su lira,
mi corazón te alcanza.

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