domingo, 19 de julio de 2015

100


Lleva cien años muerta. Cien días. Cada día. Y aquello que se hizo a conciencia
ahora quema, es decisivo. Palabras que toparon con un muro y se fueron trabando. Ella sobre la hierba;
tan hermosa como una flor pintada, hermosa como un terreno
al sol, vacío entre los árboles, hecho para una casa de barro, para una casa
y una vida mejor. Un surco para que corrieran los niños: al llegar al arroyo, el perro que salta hasta la rama, el agua
que brinda su sabor metálico y real.

Esta sonrisa no deja de mirarlos a los ojos, no para de volar ni de volver,
traspasa ríos sin puente, montañas sin sendero. Su pena es un alivio. El espejo tendría motivos
para no sonreír, motivos para gritar un nombre y repasarlo, y pasarlo de nuevo por todas las imágenes,
por toda su barbarie con sombrero tejano.

Hay asesinos que ignoran su cometido, de pronto llega el día y los advierte, les susurra al oído
una ulceración de odio, una creación del odio, su odio preferido que les sale de dentro; es algo
fantasmal, un rapapolvo del destino. A veces, con la biblia entre las manos, gastada y casi mugrienta, un fémur para golpear
y ser feliz, una quijada de buey y que corra la sangre, que se esmeren las heridas
abiertas. Oh, este digno trabajo de ser alguien y dirigir la nave del futuro, esta determinación sobrehumana de matar.

Es el imperio de la ley. Trozos de bandera desparramados por la hierba, una estrella que no brillará jamás,
un pico que se clava por los ojos. Ella viajando a través del tiempo, desafiando la relatividad;
he ahí el gran experimento, la física cordial de las ataduras.
Ya regresamos a mil novecientos dieciséis, porque hay un ancho sur por todas partes.

El sudor es real, el dolor es real, son reales las luces apagadas. Ellos se empeñan en matar y tienen prisa,
los ojos vidriosos; estudian la muerte con empeño, aprenden el daño, la fisonomía correcta que presenta el horror.
El blues que no termina, resuena como una marcha fúnebre, es un epitafio
ligero. Pero todo es silencio, no hay niños en la calle, no hay hombres por la calle, no hay más cielo que el sucio cielo gris,
solo una ingenua mirada, una mirada sola hundida entre las rejas,
un paraíso que se aparta del recuerdo.

Da consuelo la luz, el día nace para siempre depositando flores en su tumba. Piensa.
Ella está muerta el día antes de morir bajo la luna. Su alma está en camino, ya divisa los márgenes de la verdad:
es tan bella como un punto dorado. Dios observa la masacre, observará -¿a quién?- el mismo plano eterno: hubo un chasquido,
el cuello roto, el alma bizqueando por el techo, ya en camino hacia un espacio fantástico.
En medio de la tierra, donde está el corazón que aguarda su momento, que la lleva esperando
cien años, mil años. O un instante.




jueves, 16 de julio de 2015

el viaje de K


Grecia ha vuelto a asombrar a las tinieblas.
En Europa ya no quedan paredes que pintar. Ya no hay trenes que pintar, ni escaparates.

K se ha ceñido la túnica, lleva una túnica para la representación de la tragedia que nos adormece. Lleva
un rayo de sol en la mochila, algo de viento sur, guarda un verano a plazos que de noche no calienta lo suficiente.
El tren viaja hacia el sur, viaja hacia el mar y continúa su efecto,
salva el estrecho y entra en África por la puerta de atrás.

Esta tragedia se llama a pulso, se llama economía y es un punto sagrada. Los burócratas agonizan después de haber
comido tanto. Los tecnócratas agonizan de tanto reírse. La política es un globo sonda
que chantajea a los cielos, un dron manejado por un piloto suicida. La política es el arte del traje caro y la corbata
elegante, de los zapatos de trescientos euros para estar sentado. La política es un dron manejado
por un economista de la escuela de Chicago. El arte es dibujar al político en la ducha, en su casa de campo
mientras descansa y concede declaraciones a la peonia del jardín. El arte es retratar
a la secretaria de estado mientras dibuja un gato en su jardín de invierno.

Es indispensable humanizar a nuestros dioses. Creemos en el fondo monetario. K no cree. Es agnóstica
porque ha visto el dinero manar del surtidor central, ha comprobado su saldo y ha pedido
un préstamo al jardinero, que se lo ha denegado en horas bajas.

Grecia ha comenzado una revuelta. Sus poetas han comenzado una revuelta. Pero en España hace mucho calor.
Ya se sabe que en julio solo se alzan los muertos. Y los asesinos.
A los cuarenta grados el tren ha dejado de arrear. No funciona la luz, el vagón de cola ha iniciado una protesta:
exige un cambio de estación.

K fantasea su túnica barata, su piel es un trofeo, sus ojos hacen islas en el horizonte,
su risa es un mediterráneo de palmeras. Costa Azul. En Marsella gastan un curioso acento. Los mejores autores
murmuran para ella, se abren en canal el verso. Incluso se habla de un verso que ha alcanzado
las playas, ha escalado por el mapa. La idea, en castellano. El castellano es un idioma puro,
no se esconde de la felicidad, pero no es una lengua para amar. Amar así es un ejemplo sordo, apenas un deseo,
un espejo donde olvidar la voz.

La revolución se piensa en español. No esperamos a la primavera. Nadie quiere otro invierno.
Hay una chica que ondea una bandera roja. Y canta. Su voz es imposible de olvidar. Su amor es imposible,
                               pero está en el poema
                                               desde que el tiempo está en la eternidad.




martes, 14 de julio de 2015

unplugged


Un pañuelo. Y vamos con el vacío. Aparece la nariz de K. El vacío es un pañuelo así, hecho hasta el fondo,
formado como una cueva, una honda. Que esconde, guarda, entraña una plétora de objetos íntimos e iguales:
un arpón, una caja de música, el orbe universal. La caja de música suele corresponder al primer recuerdo.
El cielo y su armonía, tal vez unas manos adultas. La nariz de K no se encuentra dentro del pañuelo,
gira fuera del rostro a la altura de los hombros, a la altura del pecho delicado,
aspira el puro fuego de los pensamientos.

Ella cuenta con una voz nasal que repercute y vibra. Vibran las cuerdas vocales en su frecuencia lírica,
logran un sonido ecuánime. Entonces el ritmo de la vida suprime ciertos cánones,
acertijos y flujos, se reinventa en medio de las avenidas, en cualquier dirección, hacia adelante, al sur. Los autos moquean
constipados, las radios abortan, sonríen los televisores sin señal.

Se ha desenchufado el mundo. Bonita acústica, buen juego de pies, el baile, siempre el baile.
Hay que ir a bailar, no es un compromiso, ni el baile de fin de carrera, ni la presentación en sociedad de la chica
más linda. Es una danza que nace del hip-hop y su exégesis real, política. La política que surge del tesón del barrio
y aumenta sus decibelios en la calle insegura, sobrevuela los baches con su tabla de skate. Las chicas
obran su entusiasmo y comparten; llevan tatuajes en el cuello, en las manos. Trabajan
el cuerpo a cuerpo y conocen el sabor de la victoria.

La marcha del vacío es una carambola rítmica, se nutre de tal velocidad que asume sus predicados en silencio. K
rompe el silencio con un solo de voz. Está tan sola como una variedad del universo, como el beso
entregado a cada nuevo amanecer. Al alba, es natural salir a contemplar los frutos del cariño, su parquedad.
Hace falta un estilo propio para internarse en el bosque sin sollozar ni mostrar desaliento.
Cuando las cosas van mal y no alcanza el dinero, tampoco el aire.

El rap ha completado su base, dibujado la estampa del color. Ella bascula entre millones
de realidades. Se atribuye un marcado candor, una especie de conocimiento, pero arduo, posiblemente ilegal.
Las venas de sus manos son azules como el tiempo. Sus ojos vierten ciclos en versión original o han prodigado la lluvia.
Hierba. Se ve que tras la hierba hay esperanza. Los crédulos esperan una bendición inocua,
un salto al abismo del pentagrama, la tranquilidad de verse reducidos al mínimo tirón del espectáculo.

Sale a escena. Viste un crepúsculo dorado, lleva unos zapatos de carbón;
sus labios insinúan con atrevimiento un verso añadido a su prosapia: particularmente encantador. La gente
tiene que reír, tiene que ceder espacio al plan divino y las canciones que comienzan a caer del cielo. Público
domesticado predispuesto a la gran noche química. El aire se comporta como si fuese luz.
K se produce en un corte genial, su pañuelo acoge las almas de los pájaros.




domingo, 12 de julio de 2015

la belleza


Hechos y protección solar. Hemos visto un insecto. Hemos visto un insecto.
Hay dimensiones extras en la naturaleza, es un hecho, un derecho del cosmos, rayos de luz. Años-luz, pasillos
espacio-temporales, creativos. Los creadores han visto la luz, dibujado a su ancestro,
han contextualizado las proporciones, recreado, rellenado como en un viejo tebeo o un cuaderno infantil
(y puntiagudo, por tanto) los colores a mansalva saliéndose en las curvas de la realidad.
Hay que dibujarse un tren, un toro, un tren más rápido que el alma
con sus pasajeros asomados a las ventanillas (fumando). Y el humo de la locomotora que se confunde un poco con el otro.
Las almas corren que se las pelan, insultan mucho. Se reencarnan, tienen ese vicio inmundo. El mundo
conoce almas llenas de gracia que hacen sus deberes, mueren pronto y
pasean por el camposanto las noches de luna. Como insectos.

Hay plantas carnívoras de hermosas flores. Las cadenas rechinan atadas al tobillo del ángel. El ángel se llama
así (podía ser Graciela, pero no). Estos ángeles huérfanos que se ven tanto al caer el crepúsculo nervioso
silabeando su nombre, echando baba sobre la pureza de la hierba, babeando sobre el hombro del destino.

Las chicas. Tres. Una con un vestido rojo por encima de la rodilla. Las otras que no existen. No están en esta foto fija
tomada de este cuadro, tomada en la acera de la pequeña clase, su avenida perfecta
y alumbrada, festejada de postes telegráficos, farolas níveas. La chica se despide de toda una sección,
agita algo su mano y disecciona el presente con propiedad, autoritaria en parte, diseccionando unos acontecimientos
que no acaban de fluir. Ahora pasa el tiempo y ella enciende un cigarrillo como en el vagón restaurante,
como en la barandilla, asomada a un vacío indiferente.

Vamos con el vacío. Aparecen unos labios, luego un dedo acusador. Los ojos
reconsideran su función, su maestría, el impacto que desatan entre la población de ácaros reinante que se funde
y no se reencarna porque no ha pesado lo suficiente. Rosas más altas han caído, de lugares más altos, acantilados, fortalezas,
países enrejados del norte depositarios de una grandeza similar al fracaso. Las chicas han aparecido
ataviadas con sus trajes olímpicos o vestidas de blanco que es el color más lógico. Ha sucedido. La muerte
se ha desperezado o se ha desesperado en cuanto ha visto el dibujo con un fin;
cada cosa en su sitio, cada casa en su calle predestinada, cada huracán en movimiento, cada violento seísmo en su lugar.

Hay universo. Hemos visto una estrella. Hemos visto una estrella. Caer. Del cielo se ha desprendido
un seguro valor, su vuelo procede de otras alas, otro estremecimiento. La gravedad es débil pero basta para mantener
el orden. La materia se busca, coincide, se besan los astros con singular celo y majestuoso
ímpetu. Tan lejos que sus besos resisten el control, acuden como gotas de lluvia. Una con un vestido rojo
que no baila porque no
hay orquesta. Baila en su corazón que late eufórico. La felicidad dispara antes de preguntar. Es saludar y dispara;
hubo un momento en la historia en que manó la sangre, llegó a la altura de la rodilla, como un vestido  
inverso. Qué formidable desgaste. Y ahí se acabó el baile. El resto ha sido espasmo; el resto ha sido
el baile de Antoinette, sin invitaciones. Oh, y las tarjetas limpias, nada. Ni música al final, ni fondo.

Traquetea la historia, echa fantasmas de humo por la nariz francesa, se balancea sobre un cable de acero.
Funambulista. Y la farándula haciendo su teatro con sobras de la vida misma, retazos del aburrimiento de los niños,
espejos, más espejos para verse un trozo del espíritu, para verse de pie. Ella siempre asomada al balcón,
fumando o en silencio, derribándose el alma a golpe de inocencia. Bella como una luz cualquiera.


Markéta Luskačová

sábado, 11 de julio de 2015

mala fortuna


Gracias a dios por la mala fortuna. Pedir un imposible con los ojos abiertos, arrepentirse.
La noche se ha quedado demasiado pequeña, un botón en la americana del tiempo. Hay que subrayarlo
todo por si acaso amanece antes de hora, antes de ayer. El cementerio ha esparcido
sus cenizas y se ha propulsado hacia fuera del ser, qué dogmático e interesante. La muerte cabe en un puño,
cabe en un desfile de ausencias, en un puñado de huesos. Luego el Maestro Zen
masculla (pero tan en silencio que no dura una sílaba y se desvanece en el pasado): No Somos Infinito.

Afuera, pájaros de muchos nombres, las flores semejantes en aroma y ¿tenacidad? El descanso
de la hierba, la torpeza del viento. Hay caricias que merecen una espalda feliz. Látigos que ocuparon su deshonra
cumpliendo un deber obsceno, un evangelio asfixiante y pueril. Cuando la magia no está del lado de los sacerdotes
sus palabras solo abruman a la piedra, son útiles del colapso, herramientas del odio
y la extorsión. La chica del milagro -que así de claramente fue descrita- alza una mano curva y sana el mundo. Tenía
que ser ella, descalza y con un vestido raso, su piel morena haciéndose de rogar. Se trata de conseguir
la redención y una gran cola da la vuelta a la manzana, en fila india esperando la voz.

La luz tiene que morir para que llegue la casta poesía, la poesía clara y en minúscula como una claridad desesperada
en medio del desierto de la fe. La luz ha muerto y las campanas salen de su rabia, salen de su eternidad y su sonido,
chillan un monumento al rojo de la sangre que se hiela en el verso. Los pájaros, cientos, como nubes
desiguales de extraña longitud, frágil tamaño, nubes de agua pura que aletearan su mecanismo inerte, la inercia
de su santa voluntad. El aire quebrándose en un grito formado por un millón de frases lentas,
un festival de otoño mucho antes de la construcción del primer sueño posible.

Gracias por el mal sueño del futuro, su maldito esplendor, su rosa pálido. Gracias por el brillo
que resuena en las tumbas de los poetas muertos en la prisión del arte. El silencio se ha tragado las voces más amargas,
en su vientre alborotan los libros, las infames profecías del atardecer: un paisaje común.
Frente al vacío, las ramas de un árbol encendido, la llama fuerte de la creación. Una mujer valiente, desnuda
entre las manos del fuego, que recicla un milagro para sí, para su gente,
y rebusca en los contenedores con un gancho patético, hermosa como una sociedad ilimitada o un puente de hierro.

El arco iris tiembla de emoción porque ha llovido en el paraíso y están en casa los ángeles, temerosos
del genio de su padre. Alguien que se parece a ella -pero quizás lo sea- cruza la escena por el lado salvaje; va cobijando
un amor duro como una pelota de béisbol, su medicina de color café; y sus piernas son centrales,
sus ojos, dos tanques liberando París, su pecho, una excepción a la melancolía. El suyo,
el corazón más alto de la tierra.  




miércoles, 8 de julio de 2015

de diez


Vengan los constructores de palabras, constructores de planetas.
Aterricen aquí. Construir una palabra no es tarea fácil: amor
o socialismo. Desmontad el amor del verdugo y estará plagado de justificaciones. El socialismo se construye
a partir de la patria, pero salen goteras por el himno, sus columnas son mástiles. El amor es mejor
no derribarlo, es un castillo de arena que no teme a las olas, se desnuca con un latiguillo funk. Es mejor
no cansarlo, veloz como un latido que se va.

Id a construir un beso, arrancadle montañas a la luna. Un beso tiene sus cimientos de madera, su tejado de plumas.
La espuma de los besos sabe a sal, deja un regusto a siempre.

El poeta moldea un término flexible que significa adiós. Un poema siempre significa lo contrario. Es mejor
no leerlo demasiado. No leerlo demasiado deprisa. Déjalo en el doble fondo
de la maleta extraviada en el aeropuerto, donde va también ese polvo extranjero; déjalo debajo de la tabla del parqué,
esa donde guardas lo que nadie ha visto. Es mejor porque el poema ha fabricado el amor antes que nada,
de la nada. Ni el poeta ha advertido ese milagro.

Los milagros -todo el mundo lo sabe- son para esta chica curiosa. La que pasea descalza por una avenida cinematográfica,
quizás en San Antonio, y sale en una novela sin censura (y sin cortar). La obra es
inmejorable: ella milagrea apenas como una virgen pero sin apodo, como santamaría pero trabajadora.
Cerca del desierto los imposibles toman un cuerpo enérgico en vez de frágil y se cumplen lo mismo que los años
o las promesas rotas. La chica es una colegiala moderna y literal que anda subiéndose
por los árboles, transformando en fruta la imposible soledad.

Ella ha construido un beso fuera del poema. La palabra elegida es un secreto bajo el río,
está en la orilla, a la orilla del río junto a unas piedras / unas ramas / un frescor soleado y feliz, allí los peces, los cangrejos,
la sombra que aletea perdida y se consume como un rato. Resulta que este beso es un bocado de tiempo,
un segundo en la punta de la lengua.

Los fundadores (¡mientras tanto!) han alzado una torre de versos de belleza infinita, aunque
¿quién atesora la belleza? Una corte de poetas se ha figurado en trance, ha entrado en trance para apuntalar el verso.
La belleza se ha mecido entre dos troncos puros rodeados de flores.
Ha destacado tan sobresaliente en la carrera hacia el azul, hacia el claro verano y sus tardes tranquilas;
ha puntuado el columpio de las niñas dando un diez.

Ah, hasta el amor ha quebrantado sus vértebras, se ha volcado en las dunas, ha merodeado la muralla
que sostiene en vilo su dulzura. Los rascacielos tienen cuatro letras ahora
y una base de silencio.



domingo, 5 de julio de 2015

silencio


Keny -K- sufre. Sensible. En Francia el frío como el hielo, las noches, trozos de noche helada.
Siempre se encuentra una estación de Francia para llegar al cielo.
El viaje se complica, no hay billetes: puedes ir de polizón, eludir al revisor que inspecciona los vagones con esa mala idea.
Da igual; la nube se despinta a chorros de licor, benefactora. Suave es el país
del vino y los licores, reducto de la inteligencia, bastión y recoveco. Se suceden los paisajes orientales,
el tabú de unos pies vendados, diminutos, la sonrisa sintoísta, karma y virtud.

El sufrimiento entremezclado con dosis de relatividad. El mundo es un relato
que adquiere pautas, visos de realismo salvaje, limpia realidad aun a rebosar de sangre. Lápidas que se inundan
de sangre y de color, lápidas solas en una esquina del valle; a falta de una crónica tranquilizadora, la reseña verbal
tímida como un grito. A falta de algún detalle tranquilizador, aterrador, el signo precisamente dado
a tal efecto, la producción del miedo, una producción de serie B.

Ella está actuando, actúa llevada por el romanticismo, a la luz de su ideología amorosa. K es una chica con elevados
principios, sincera con su amor. Su verso es reflejo de otra alma.

Vuelan palabras en línea, curvas casi redondas, redondeadas líneas más cortas que decir ni mu. En esto, los chicos
cortan la avenida con barricadas de humo, letras de una canción latinoamericana que habla
de la patria. Keny batalla con un libro de poemas. Entabla un diálogo perfecto en el que no se oye una voz
más alta que otra, ni la voz del poeta ni la suya. Un coro de misterio alejándose del borde, mirando
al mar con ojos claros, pintados de horizonte. La letra del amor disimula su encanto y K viaja en su mundo tan probable,
lleno de música, asimilando el curso de aquel río, su vértigo profundo.

Sufre la tierra su manía rotatoria, el giro meticuloso, su elegancia gravitacional. En medio del universo el sistema
se tiene en pie, sin orgullo. El espacio padece por culpa de su dinámica legal, los campos de energía que acometen con furia,
energía transformable, amable, un poco manirrota también. Y aquí la gente se conforma con una tarde
de viento, un pequeño síndrome glacial, la miscelánea climática que expande sus recursos.

K sufre por alguien que no canta, no hace valer su voz. Demasiada preocupación para la belleza y su rango. Su pelo,
tremendo cabello, luce triste y hermoso como una soledad agonizante, un indicativo del amor que comparece
ataviado de luna y fantasía; es el momento de sacar el mejor vino, la fruta más dulce, el pan inexcusable. Oh, es precioso
verla sufrir ensimismada en un galón de oxígeno, un paraje estepario que contiene sus rápidas palomas,
su resplandor de flores, su trágico final. Verla llorar a paso lento
con un dedo en los labios.




jueves, 2 de julio de 2015

(a veces hay que) arriar una bandera


Hay un triángulo para subir; es una pared, un ángulo, un rincón hacia arriba, recto como se sabe,
recto hacia arriba interminable. El lugar es el cielo. No hay almas aún. Aún no han salido de paseo las almas
a visitar la noche, de visita guiada. Son miles y su enfado, millones y sus cicatrices y su gloria. Su halo
puede verse, puede oírse. En el centro de la plaza, escaleras de todos los colores. Y las almas descienden,
toman tierra entre sus manos huecas, se despiden de todos otra vez. Una que murió por accidente,
otra que murió porque se muere, otra y otra y otra más. Una que fue asesinada
por un hombre de buen corazón que salía del templo, que acudió al templo con su familia, sus hijas pequeñas,
su esposa confiada y erguida, ellos con la cabeza bien alta, por la acera, acaparando acera
toda la familia de a cuatro a todo lo ancho. Bien. Y su rifle compasivo, su rifle de caza, su arma de defensa nacional
para defenderlas a ellas: de quién. Si disparó a doscientos metros escondido entre la maleza,
escondido en el parque de al lado de su casa; y disparó a su vecino que era un hombre de bien.

De pronto las almas vuelan sin saber por qué, vuelan y dan vueltas sobre el horizonte de la historia, estudian historia,
se la comen, se beben la historia a sorbos excelentes; aprenden a suspender la verdad de un cable,
a suspenderse de una soga. Crucificados. En su lugar de expresión, donde yacen o columpian sus espectros,
ocurre una gran crucifixión conjunta familiar; clavados en su cruz por la razón y el mito
que se ha de creer. Tanta creencia que se hace real, se realiza y la sangre inunda la mitad de una nube, hasta la rodilla
de sangre, la sangre que escapa por las puertas cerradas, que escapa por los quicios, por la nariz
y la boca. Esta historia es un rayo de sangre, un río de sangre que desemboca en un mar oscuro y seco, como algo natural.

Y entre las almas, ella. Superior a las almas, alzándose sobre la poesía de las almas, sobre la poesía
de la muerte, su poderosa voz que no reconoce silencio alguno ni tramita otro vínculo que el de la soledad. Esta poesía,
¡qué poco redonda!, ¡qué mejorable!, ¡deplorable! La poesía quiere recordar su esencia, transmitir su cordura,
estilo, dimensión. La poesía siempre es culpable, incluso cuando trata de decir la verdad: no lo consigue. Nunca.
Ah, ahora la belleza y la verdad son cosas diferentes. La verdad es patrimonio de las almas. Y suya. Suya porque asciende,
suya porque avanza sin poema, con el único auxilio de su ojos negros, con ayuda de su piel
abstracta, su lengua extranjera de este mundo.

Hubo un arte tal vez semejante a su arte sin retorno, su artesanía pura más inocente que el arte, más redonda
que el Sol que tanto gira. El arte redondeó su figura sin ella saberlo, la hizo estrella, culminó
su forma, su obra que razonaba y se parecía a los libros y los cuadros, a una escultura genial y abandonada,
enterrada o sumergida bajo el océano. Su movimiento en el arte era el de los mármoles sagrados.
No conocían los espejos tales imágenes de soberbia libertad, no había usado el agua esa decencia antigua y deseada,
la urbanidad de las mujeres reales. ¡Cuánta dignidad si existiera un espacio para amarla! Y fue que a flor de piel,
no desangrándose, aupada en hombros de gigantes, científicos del ser, mujeres altas, libres y cansadas.
Y fue que descubrió su tarea, la obligación de una vida. Llovía entonces por el cielo azul;
las almas descansaban en el sueño y los pájaros no aspiraban a conquistar la luz del día, su trino era un consejo al caminante;

Cómo calculó la hora del planeta y plantó cara a un una nación de cuervos, el símbolo grotesco,
falsa cultura, épica de catedrales robadas; la furtiva miseria de los poseedores, su instantánea desdicha, al descubierto.
A pleno sol, un aspa derribada. Ella en el vértice de la pirámide mirando al cielo con infinita misericordia.




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