domingo, 17 de mayo de 2020

otra bocanada de realidad


Respirar es un enigma:
se sabe cómo se empieza. Se empieza por el aire. El aire
es bello y tiene su contorno, merece un espacio
mejor. Tras la inspiración,
se produce un explosivo intercambio de pareceres
o fluidos, una materialización del ambiente. Dentro de cada uno existe un intercambiador,
lugar espasmódico en el que tiene lugar el canje de rehenes,
trueque metafísico entre el CO2 y otros fantasmas
familiares.

La vida se extingue desde el momento de la concepción,
es un trance sin causa aparente. Se vive por si acaso.

Ahora hay una reencarnación
en proceso; es un tormento en varias fases, se elige, se muere, se vuelve a elegir,
se repite la muerte. Nadie toma conciencia,
la consciencia es algo filosófico que no se tiene en pie, no es la protagonista de la serie,
solo contiene el mundo.

Si respiras, estás en el mundo –preso
reincidente, pero respirando; y sientes un peso en la cara interna del espíritu,
un aparatoso bulto sobre la membrana oculta del corazón, sobre el perfil topográfico del tiempo.

Dolorosamente, el alma
respira por las grietas de la literatura (que es la vida). Se encoge
ante la atmósfera, el viento la asusta con su propulsión y sus facultades,
su inclinación hacia el incremento de la realidad.

Respirar es el quid, ocurre y nadie se acuerda de cómo termina. Unos piden
auxilio (¡socorro!). Otros se acogen a la quinta enmienda,
espabilan en cuanto otean el horizonte de los cuervos. Ah, qué enojoso trámite,
qué burocracia celeste, error de estilo. Si la muerte es una línea y el desaliento,
el trabajo por excelencia;
si la respiración tampoco tiene la culpa de este duro silencio.



jueves, 14 de mayo de 2020

milagros en la nieve


Dulce Emily D., pequeña y sola
en tu pequeña habitación, la celda
donde tu verso terrenal se suelda
con el espíritu que lo acrisola.

Un convento en el aire, un monasterio,
entre los pinos altos, tu cartuja,
templo que al cielo tu palabra empuja,
jaula de oro de tu cautiverio.

Libre de ser, ceñida a tu existencia
como el pájaro al viento que lo mueve,
capaz de obrar milagros en la nieve,
libre del yugo atroz de la experiencia.

Dulce Emily D., serena y triste,
sobre la muerte, inmensamente viva,
se derrama tu sangre curativa,
triunfa tu pluma donde dios desiste.

Por la flecha del tiempo, dardo inerte,
herida a borbotones en el pecho;
diera tu eterno corazón por hecho
su trabajo de amar hasta la muerte.

Tu habitación limita con el Arte
–lo tiene contra el cielo acorralado–,
pero tu verso avanza ilimitado,
cruza la soledad de parte a parte.

Dulce Emily D., tu voz se carga
de razón para huir de sus prisiones:
¡con qué dramático rigor te impones
sobre el celoso tedio que te guarda!

Por tu silencio, el cofre del tesoro,
por tu mano en la frente, un arca antigua;
tu mano que en el aire se santigua,
tu silencio que pesa más que el oro.

Hay en tu calabozo una frontera
que separa tu mundo de este mundo,
es un río de tinta tan profundo
que dentro está la muerte prisionera.

Sola en tu habitación, cuarto creciente,
bajo la luz unánime y gigante
de aquel sol interior y edificante
que ocultabas a dios devotamente.


miércoles, 13 de mayo de 2020

cantamos


Árboles contagiados
de nuestro aburrimiento, hierba esterilizada a la espera del hombre,
árboles de nuestra soledad, ¡no estáis solos!

Volvemos
a la eternidad de un cuarto
exótico, sin luz eléctrica, un retazo de selva, listones
de madera y 4 clavos. Tanto metal, tanta savia, tanta sangre, un torrente
desatado desde el corazón al cauce, el núcleo de la tierra.

El horizonte ha parido un reloj de sol, ha gestado
una senda, una moneda sin cruz. La montaña 
remienda su sentido, se aburre de sus vericuetos y su filosofía, ¡ah!, versifica el silencio, se ajusta
como una sombra a la realidad
de lo intangible.

No pensamos. Contamos con un Ángel insistente
que desoye nuestra súplica, termina por hacerse con el plan de cada día;
establece una comunicación simpática, cronometrada,
inconsciente. Ángel de Babel, sánscrito,
un japonés pornográfico y el idioma circular del cosmos son su refugio, su literatura, informan
su correspondencia.

Sin música, cantamos. Nuestra voz es una reliquia
–no se siente–, nuestra música, un himno fracasado, un fracaso tras otro,
una salva de aplausos aburrida y cruel.

Nubes infectadas de tedio,
un espacio formal entre el cielo y la tierra, hotel para gusanos; hemos certificado la defunción del aire puro,
formulamos tal pensamiento, tal desestimiento de nuestra obligación estética,
somos cándidos como artistas,
como jilgueros de plata, vivimos en el verso,
y no estamos aquí.


viernes, 8 de mayo de 2020

días extraños


Todos los días son extraños lunes
–todos los días salvo algún domingo–:
suena el despertador, das un respingo
y del alma (dormida) te desunes.

La sombra de los días se hace larga,
se alarga como el centro de la tarde,
sin luz absolutoria que la guarde
ni noche que la alivie de su carga.

Los días se aparecen en el verso,
son fantasmas audaces, su destino
es pasar de un espacio clandestino
al tiempo inmemorial del universo.

Los lunes tienen sueño, duermen poco,
tienen el sueño lento y atrasado,
se duermen en un cine abarrotado
y salen a la luz fuera de foco.

Algunos días son como otros días,
renacen y se mueren, son difuntos
que van de luto a todos sus asuntos,
de las auroras a las noches frías.

La verdad, con el tiempo, no enmudece,
se nubla en la garganta de las horas
y, en el luto glacial de las auroras,
como una sombra protectora, crece.

Los domingos, en cambio, llevan tierra
entre los dedos, echan sus raíces
en el futuro, son fuerzas motrices,
heraldos de una paz que nos aterra.

La belleza en su plano aleatorio,
la nebulosa foto de portada
que retrata a una estrella condenada
a asistir a su propio velatorio.

Todos los días frente al mismo espejo
–que con tanto rigor la luz captura–
acechando un atisbo de cordura
bajo el arco lunar del entrecejo.

El lunes es un día que hace daño,
que halla eco en la tumba del vacío,
como un domingo que tuviera frío
y no entrase en calor en todo el año.



martes, 5 de mayo de 2020

esta historia


¡Estás destinado a un gran lunes! ¡Pero el domingo nunca terminará!
(Diarios, Kafka)

El poema no sabe,
solo atisba (mortifica). Una extensión. Diminuta. Una dimensión
abstracta de voltarias aristas, copos de nieve que se manifiestan. El poema
no existe, pero se marea cuando coge una curva,
sufre vértigo.

Un horizonte vertical: esto es el cielo. La luz
corrompe su irrupción, prolonga su entrenamiento, finge una plática informal con los elementos pesados;
el horizonte es firme, inescrutable,
objetivo: hay uno para cada mirada.

Los versos se terminan,
prevalece una corriente subterránea, una vía recta,
apenas mística, lograda. Ese caudal
arrastra, distribuye el azul por todo el mundo (y el azul son los ojos de dios).

Arpas y otros materiales
construyen un frontón musical, son auténticos albañiles del ritmo. El poema
–incomprendido– aún necesita mejorar su comportamiento.

En la fábrica, las máquinas refrescan su luminosidad,
reflejan un incendio. Una pizca de belleza
arrebolada entre virutas y polvo
de estrellas.

No hay tiempo que perder. No hay
tiempo. El tiempo se ha perdido; iba de la mano de alguien, sudaba granos de arena,
permanecía enroscado en un rayo de sol, se merecía algo mejor que la vida.

El poema, entonces, es una vía recta
hacia la forma; sirve para el diseño y la consagración, he ahí
su sacrificio, su fraseología inconsciente. La extensión es lo de menos,
abarca una señal de otro planeta, siempre cuenta
la misma historia de amor.


domingo, 3 de mayo de 2020

ciudad


Hay ciudades que afloran en medio de la arena,
su silencio es el arte preclaro del desierto,
su tráfico es el pánico de las almas en pena,
su pulso es el impulso del último hombre muerto.

Hay ciudades dolientes, nacidas de la nada,
de la estepa inclemente y el furioso vacío,
con sus casas en ruinas de cal ensangrentada,
sus paredes alzadas con tallos de rocío.

Ciudades que remuerden, pesan en la conciencia,
se rinden a las nubes, simulan un estruendo
glacial de eternos témpanos y madura inocencia,
volcadas en la noche, eternamente ardiendo.

Hay banderas que vuelan porque nadie las puso,
nadie clavó su mástil al suelo inhabitado,
y son como los pájaros, entran como un intruso
en las casas vacías donde el cielo ha volado.

Y hay ventanas que clavan su mirada proscrita,
su mirada de hielo de horizonte invariable,
su ceguera de cuarzo, la oquedad infinita
que les rasga los ojos con sus dientes de sable.

Las ciudades se mueren porque el tiempo las mata,
porque el viento las llena de imposibles vertientes,
y se mueren por dentro como puentes de plata
que no cruzan los niños ni el rumor de las fuentes.

Las ciudades despuntan a la luz venidera,
arden de luz futura, alzan al sol su ruego;
hay ciudades que brotan como flores de acera
y otras que se abandonan al arrullo del fuego.

Y hay ciudades que matan, despobladas y sordas,
invadidas de humo, infectadas de luna,
custodiadas por lobos en famélicas hordas
que de lejos parecen soldados de fortuna.

Avenidas eléctricas, calles de dos carriles,
plazas ensimismadas, lagos de crudo asfalto,
jardines que atesoran la luz de mil abriles,
rosas que en vano aspiran al corazón más alto.

Hay ciudades que vierten ríos de airada lumbre,
otras paren océanos de pavonado rizo,
las hay que duelen tanto que no hay quien se acostumbre
al duelo de su encanto ni al vuelo de su hechizo.



viernes, 1 de mayo de 2020

destiny® no sale hasta las diez


Destiny® soporta restricciones; solo el mes de mayo,
solo a las tres de la mañana. Solamente en noches de tormenta, días
alternos, horas de cenar. Cuando la música de la lluvia
interrumpe sus clases de skate y el desierto toma el relevo de las aceras desiertas
y los pájaros gorronean una sombra cualquiera.

La ciudad se ha desvanecido
entre apagones y lágrimas, lagos superiores
desbordados y lúgubres, gente que transita con lo puesto, un éxodo
al descubierto. El exilio es la prerrogativa de los Ángeles, su condición
para el éxito.

Hay ciudades que afloran en medio de la arena, sobre
una zona muerta; puede vérselas desde los campanarios, desde la lejanía
autónoma de una mirada fuera de contexto.

El vuelo de las cinco menos cuarto no sale hasta las diez. Destiny® se reconforta,
se comporta y es reconfortante al mismo tiempo,
ha leído la última novelita del asombro y ha conseguido
figurar en una lista literaria, ha obtenido un premio desnaturalizado.

Novelas que se extinguen como poemas de marfil,
literatura nociva para el espíritu, sin motivo espiritual, sin aditivos
morales, innecesaria para la ética
de la restauración.

En cada nota se registra una parcela de silencio; llueve
detrás del silencio, a escasa distancia de una boca cerrada, llueve. La poesía
inicia un bailoteo seguro, danza contra la pared, invoca
sendos dioses indolentes. Es grato adivinar el tiempo, volar a reacción sobre el horizonte
de sucesos de la fatalidad. Volarse con lo puesto
hacia una madrugada cualquiera.



miércoles, 29 de abril de 2020

campo atrás




Tras el campo, la tierra se termina,
en esa explanación, la tierra es plana,
el borde está en el día de mañana,
arde a fondo en la noche campesina.

Cuelga su borde de una sed canina,
su fondo trata de la sangre humana.
Tras el campo hay un puño que se afana
en ponerte la carne de gallina.

Los trenes no son cosa del pasado,
vienen detrás del yugo y de los bueyes,
beben oscuridad, burlan las leyes,
riegan de llanto el surco del arado.

Los trenes van a pie, cruzan a nado,
usan el viento y sus alados fuelles,
han conocido el tiempo de los reyes
y saben que se acerca su reinado.

El trabajo es la forma de la guerra,
la guerra es una sombra en el espejo;
vives y pugnas por hacerte viejo:
mueres joven y el círculo se cierra.

Morir es el error: quien vive, yerra.
A cara o cruz te juegas el pellejo
y dando marcha atrás, como el cangrejo,
avanzas hacia el centro de la tierra.

Comparecen cien mil ferrocarriles,
recorren la ciudad, cruzan los mares,
sacuden el imperio de los zares
o atropellan colonias infantiles.

Hay un ruido feroz de tantos miles
de motores rugiendo en los hangares,
y un estertor de marchas militares
y un silencio atizado de fusiles.

El campo no halla límites, progresa;
la luz borda un futuro de ceniza
y el tiempo en un segundo se eterniza
mientras un haz de sombras lo atraviesa.

No hay campo sin dolor, ni luz ilesa
sino la luz del sol –ciega nodriza–,
que, fría como el hielo, carboniza
y, eterna como el cielo, al tiempo, cesa.


lunes, 27 de abril de 2020

por ti


Si dura todo el año –si es eterno–
no parece noviembre. Hay una seriedad docente en el otoño, una exigencia
grave: se exige
caer.

¡Dosificaos!

             La caída puede ser escandalosa, pueden
caer imperios, acaso alguna hoja quebecois, una rama de la física, cierta flor cohibida;
las hojas suelen desprenderse del libro de la vida con una exhalación,
caen por la vía de la exhalación, separadas por un vértice de aliento.

Ah, cuando el espacio se defiende,
arrecia, se alarga como una pista resbaladiza, un duermevela
–pista-resbaladiza / duermevela–. Como toda palabra interesante, todo eco, toda fórmula,
como toda débil luz,
decapitada luz.

Si aguanta todo el año, si pervive, no estamos en abril,
no existe el mes siguiente, el tiempo se reduce a un dócil
impuesto sucesorio, qué diezmo extravagante. Capaz de durar siglos, de construir
catedrales en el fango.

Ayer hizo calor, un Ángel ebrio
se dejaba caer
desde la luminosa plata de sus labios dormidos, desde su trance,
innúmero y glacial. Su espada chorreaba
pronombres: uno por cada alma,
otro por ti.



viernes, 24 de abril de 2020

tu retrato


El polvo ha descubierto tu retrato,
cansado de vivir bajo la alfombra;
harta de andar pegada a tu zapato,
tu sombra ha descubierto que es tu sombra.
 
Ambos, sombra y retrato, te poseen,
ambos son tus creyentes más sinceros,
en tu belleza luminosa creen
y de tu encanto son mudos obreros.

Tu retrato ha salido a la aventura
desposeído de su luz antigua,
en tu mirada un nuevo sol madura,
una certera duda se apacigua.

Habrá otras estaciones, y otros trenes
ajenos a tu voz y tus reproches,
se llenarán de sangre los andenes,
de alaridos atónitos las noches.

El futuro te espera en la memoria
como el amor te acoge en su leyenda;
¡de cuánto desamor se vanagloria
la historia, a cuánto olvido se encomienda!

Paredes desconchadas, crucifijos
sin poder, despojados de conciencia,
madres que no se acuerdan de sus hijos,
una estrella en la piel por cada ausencia.

El polvo ha recubierto tus vitrinas
de oscuridad; cenizas de esperanza
cubren el suelo por el que caminas
y forjan con tu llanto su alianza.

Tus ojos como blancos ataúdes
huecos de sombra, secos y enjaulados,
pero a la vista de las multitudes,
que ven tu corazón a ojos cerrados.

Irán llegando trenes del futuro,
vendrán de algún lugar que no conoces,
y honrará tu silencio prematuro
el eco amargo de un millón de voces.

Se desvanece tu invencible imagen
en el espacio alrededor de un beso:
¡deja que entre las sombras la amortajen
y vuelve luego a ser de carne y hueso!


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