Bestias de claxon fácil hacen converger mil sombras
en el punto caliente del atasco.
Los ancianos se escudan en sus gafas de cerca
y salen a respirar como astronautas noqueados,
los niños bailan por dentro de su espíritu.
Nadie grita, nadie sale de su asombro,
ningún motor aúlla ensimismado,
nadie imagina una banda de jazz desorbitando el ritmo,
ni siquiera los jóvenes que agarrotan la espalda sin pizca de emoción.
Un concierto de bocinas elevándose al cielo -acústica plegaria-
y una pelota roja arrumbada en el arcén de la carretera
que gimotea en busca de su dueño como un pobre animal abandonado
dominan la situación con aseidad.
Nada por aquí, nada por allá.
El túnel multiplica las heridas:
un hombre se granjea el favor popular gracias a su mercedes elegante
-icono de su meteórica carrera-,
las personas de nombre utilitario se apartan de su paso.
La luz tiene motivos para huir a través de las horas de lujuria
que suceden al pie de cada coche,
maneja un cargamento de razones para obrar su milagro imperceptible
(la luz sólo es la rúbrica del fuego,
pero se afianza en la penumbra de su viaje más largo).
El bochorno se adueña de los retrovisores. Por ejemplo:
un vehículo inmóvil asesta un golpe trágico a su reacio conductor
que la palma entre excepcionales medidas de seguridad,
después de recibir algunos sacramentos;
un niño tranquilo saca a su mascota a estirar las patas,
sólo estira una y fenece embestida por un minotauro en celo...
Por suerte, nadie muere, apenas expira el tiempo edificante,
incluso las motas de polvo renacen con suficiente estética
y hasta los objetos regeneran sus hábitos sutiles
(la cosa asciende a cosa y, así cosificada, restablece el silencio entre las formas,
introduce un ahora en la línea probable de los acontecimientos).
¡Cuánta piedad se ahorran los espejos desde que el mundo es sueño!
Se reanuda el flujo.
Millones de automovilistas hacen las maletas
o prefieren otra ruta menos clandestina para mirar al frente y recorrer.
dentro del Arte es decir mucho más allá, lejos del fondo donde la crítica se obstina, en un lugar remoto que es el verso
domingo, 3 de abril de 2011
sábado, 26 de febrero de 2011
epístola a los perdidos
Entre los edificios, rabia el espacio limitado al frío,
un espacio caracterizado de vacío interestelar, un matto grosso cósmico,
con sus gotas de lluvia invisibles al tacto de los álamos
y su fina cartera de acciones de la compañía del gas.
Entre los rascacielos, cunde un volumen de ampuloso esfuerzo,
proclive a la exosfera, hostil a los insectos con excesivo afán de superación,
a los flamantes cuervos y su vuelo enjuto,
a la paloma mensajera que alardea de manso recorrido,
un volumen inquieto convertido en histeria,
el globo que se hincha hasta engullir la forma,
la frontera que suple el coraje oceánico,
el festival de una nación oculta.
En primavera, crecen las rosas en las medianas de la avenida,
en los amargos parques industriales
donde las nenas coquetean con el rap y los caimanes disimulan sus fauces cotidianas.
De pronto, surge la rosa con un escalofrío de vergüenza en la ventana del amor,
brota en los púlpitos y asciende a los retablos,
dicta las frases hechas del poeta jovial.
Los chicos pasan de arrancar las flores por puro vandalismo,
lo hacen porque no son de este mundo,
porque no vierten mácula en su fuero interno ni desacreditan su razón
y porque son hermosas como billetes de cincuenta.
Entre los edificios, rabia el espacio sustraído al sueño,
un espacio alquimista, de ligeros vértices y urdimbre cochambrosa,
que manosea el culo de las nubes;
el espacio es el eje y en torno suyo vaga el pensamiento,
es la columna madre del incrédulo, el párrafo que agita la sopa primordial,
la curva que pronuncia completo nuestro nombre.
El espacio es el árbol cuyo fruto es el hambre de los desposeídos,
la pistola cargada en la taquilla, el final de la historia,
la hipótesis trivial que formula la hierba en días memorables.
un espacio caracterizado de vacío interestelar, un matto grosso cósmico,
con sus gotas de lluvia invisibles al tacto de los álamos
y su fina cartera de acciones de la compañía del gas.
Entre los rascacielos, cunde un volumen de ampuloso esfuerzo,
proclive a la exosfera, hostil a los insectos con excesivo afán de superación,
a los flamantes cuervos y su vuelo enjuto,
a la paloma mensajera que alardea de manso recorrido,
un volumen inquieto convertido en histeria,
el globo que se hincha hasta engullir la forma,
la frontera que suple el coraje oceánico,
el festival de una nación oculta.
En primavera, crecen las rosas en las medianas de la avenida,
en los amargos parques industriales
donde las nenas coquetean con el rap y los caimanes disimulan sus fauces cotidianas.
De pronto, surge la rosa con un escalofrío de vergüenza en la ventana del amor,
brota en los púlpitos y asciende a los retablos,
dicta las frases hechas del poeta jovial.
Los chicos pasan de arrancar las flores por puro vandalismo,
lo hacen porque no son de este mundo,
porque no vierten mácula en su fuero interno ni desacreditan su razón
y porque son hermosas como billetes de cincuenta.
Entre los edificios, rabia el espacio sustraído al sueño,
un espacio alquimista, de ligeros vértices y urdimbre cochambrosa,
que manosea el culo de las nubes;
el espacio es el eje y en torno suyo vaga el pensamiento,
es la columna madre del incrédulo, el párrafo que agita la sopa primordial,
la curva que pronuncia completo nuestro nombre.
El espacio es el árbol cuyo fruto es el hambre de los desposeídos,
la pistola cargada en la taquilla, el final de la historia,
la hipótesis trivial que formula la hierba en días memorables.
jueves, 27 de enero de 2011
dos sonetos
Soneto Incómodo
Harto de ser tan rico y ser tan pobre.
Harto de ser tan feo y ser tan guapo.
Harto de ser el príncipe y el sapo.
Harto de que me falte y que me sobre.
Harto de holgar y de batirme el cobre.
Harto de estar a gusto y hecho un trapo.
Harto de ser el poli en vez del capo.
Harto de que el milagro no se obre.
Harto del cielo y de que dios me guarde.
Harto de ser intrépido y cobarde.
Harto de no tener pies ni cabeza.
Harto de ser estrofa y verso suelto.
Harto de haberme ido y de haber vuelto.
Harto de la verdad y la belleza.
Lejos del céfiro y la flor de Gnido
Yo, que todo lo he dado por el arte,
lejos del céfiro y la flor de Gnido,
a la prosa me veo reducido
por puro y matemático descarte.
A mí, que llevo en alto su estandarte,
de penitencia por tocar de oído
-o sea, por comer haciendo ruido-,
me echan Las Musas de comer aparte.
Mas su desdén olímpico no frena
mi ansia de tener la tripa llena,
y me zampo su guiso tan contento,
masticando el tocino -que es en prosa
lo que en verso es la médula gloriosa-
con tal de hacer del arte mi sustento.
Harto de ser tan rico y ser tan pobre.
Harto de ser tan feo y ser tan guapo.
Harto de ser el príncipe y el sapo.
Harto de que me falte y que me sobre.
Harto de holgar y de batirme el cobre.
Harto de estar a gusto y hecho un trapo.
Harto de ser el poli en vez del capo.
Harto de que el milagro no se obre.
Harto del cielo y de que dios me guarde.
Harto de ser intrépido y cobarde.
Harto de no tener pies ni cabeza.
Harto de ser estrofa y verso suelto.
Harto de haberme ido y de haber vuelto.
Harto de la verdad y la belleza.
Lejos del céfiro y la flor de Gnido
Yo, que todo lo he dado por el arte,
lejos del céfiro y la flor de Gnido,
a la prosa me veo reducido
por puro y matemático descarte.
A mí, que llevo en alto su estandarte,
de penitencia por tocar de oído
-o sea, por comer haciendo ruido-,
me echan Las Musas de comer aparte.
Mas su desdén olímpico no frena
mi ansia de tener la tripa llena,
y me zampo su guiso tan contento,
masticando el tocino -que es en prosa
lo que en verso es la médula gloriosa-
con tal de hacer del arte mi sustento.
convivencia (con el gato de Schrödinger)
Sin embargo los gatos y su instantáneo glamour, su esencia ciudadana.
Un gato viejo pasa la noche bajo los coches;
es del tipo atigrado, de pelaje claro, blanco y naranja,
y flamantes bigotes que disfrazan cicatrices de mil contiendas infrahumanas,
de un tipo agradable, fotogénico, guapo;
se acurruca al calor mortecino de los motores apagados
y los pocos que advierten su coloquial figura
mientras se apresuran camino del trabajo
lo miran con envidia no exenta de fatal resignación
(es el gato de Schrödinger, que a veces nunca está cuando miramos).
En la ciudad conviven los seres que lo son
y las almas perdidas de los que fueron alguien:
los gatos con los peces y las personas níveas, también las máquinas.
Olores que se mezclan con aromas y dan como resultado atávicos perfumes,
sonidos ingredientes y sonidos básicos forjando un exquisito pandemónium,
líneas gruesas que fluyen y líneas indecisas que refrendan un estilo vulgar.
El pobre pide limosna al lado del estanco con un moretón en la cara;
los clientes entran y salen con urgencia del establecimiento,
ajenos por completo a la desoladora estampa,
solo algunos viandantes animan con deportividad su escuálido balance
y casi aplauden su hermosa representación del éxito;
él da las gracias con urbanidad cuando escucha el tintineo de los céntimos
y, al hacerlo, levanta la cabeza exhibiendo su marca de campo de concentración.
La herida es fea y prevalece en el tiempo,
como si alguien se dedicara a pegarle un puñetazo todos los días en el mismo sitio
(los no fumadores cambian de acera,
las madres porque interrumpe el paso del cochecito del niño,
los niños porque da miedo verle,
en general, la gente se describe en la trayectoria de su paso).
Sin embargo, el gato araña un papel de periódico, se come un titular incandescente,
y una paloma gris desciende de su tejado favorito parafraseando el cielo.
jueves, 6 de enero de 2011
mecánica electoral
Torquemada improvisa discurso electoral:
¡Votadme, hijos de puta, malnacidos!,
y los feligreses ponen de inmediato a sus santas madres en remojo,
tal es su sintonía con el líder.
Así bufan los transistores de la mañana vernal
desencadenando un niágara de ondas jorobadas
sobre la flota de taxis y las paradas del bus.
Contra las farolas, pugna un pedazo de luna entrometida.
Los trabajadores acarrean su pesada mecánica por las calles
imbuidos aún de la mentalidad del sueño,
ese factor de irrealidad donde pobreza y dolor se difuminan.
El candidato raya el disco por enésima vez;
roza la virtud con una palabra discreta y la niega de súbito con otra más precisa,
suplica profundidad y apenas chapotea en los peores charcos de la historia.
Diversas percusiones intoxican los tímpanos.
La sociedad se agita en sus elevadas catacumbas
con la zarabanda que parece un círculo vicioso
o un circo americano de fieras y payaso aterrador.
Los primeros perros esparcen su alivio
por el escenario milimétrico de las humanidades,
con sus amos, tan serios, intentando eludir la vigilancia ciudadana.
Hay un espasmo de fecundidad en cada oscura roca.
Una frecuencia literaria invade con sus grandes sentimientos el paisaje común.
Entonces, todo el apocalipsis baja en piadosa manifestación
acaparando el ancho de la vía láctea.
Falsos aquelarres tienen lugar.
¡Votadme, hijos de puta, malnacidos!,
y los feligreses ponen de inmediato a sus santas madres en remojo,
tal es su sintonía con el líder.
Así bufan los transistores de la mañana vernal
desencadenando un niágara de ondas jorobadas
sobre la flota de taxis y las paradas del bus.
Contra las farolas, pugna un pedazo de luna entrometida.
Los trabajadores acarrean su pesada mecánica por las calles
imbuidos aún de la mentalidad del sueño,
ese factor de irrealidad donde pobreza y dolor se difuminan.
El candidato raya el disco por enésima vez;
roza la virtud con una palabra discreta y la niega de súbito con otra más precisa,
suplica profundidad y apenas chapotea en los peores charcos de la historia.
Diversas percusiones intoxican los tímpanos.
La sociedad se agita en sus elevadas catacumbas
con la zarabanda que parece un círculo vicioso
o un circo americano de fieras y payaso aterrador.
Los primeros perros esparcen su alivio
por el escenario milimétrico de las humanidades,
con sus amos, tan serios, intentando eludir la vigilancia ciudadana.
Hay un espasmo de fecundidad en cada oscura roca.
Una frecuencia literaria invade con sus grandes sentimientos el paisaje común.
Entonces, todo el apocalipsis baja en piadosa manifestación
acaparando el ancho de la vía láctea.
Falsos aquelarres tienen lugar.
domingo, 19 de diciembre de 2010
noches
que ominosas se ciernen sobre el tamaño gris de la ciudad;
noches en que las estrellas son flashes en la mente podrida de los yonquis,
los chavales aprovechan para cometer sus primeros delitos
y nadie tiene la suerte de llevarse diez mil euros en una partida de póquer.
En la ciudad, hay noches de penumbra travestida y formidable espíritu de revancha
en que levitan las hojas de los árboles y los caminos conducen al destierro.
Arrancan y derrapan los vehículos policiales, las ambulancias, los taxis,
todo se funde en un motor gigante, incluidos los pájaros,
incluidos los cuerpos ligeros de equipaje
que abandonan la calma para descansar a voces,
incluidas las almas que arrastran su joroba de oraciones y salmos
por el suelo tiznado de alquitrán.
Todo avanza con el tiempo y el tiempo es como un jugador de rugby
que atropella las ganas de vivir.
El chico suelta el destornillador con expresión de pánico en el rostro
al verse sorprendido por el terso charol de la linterna mágica;
los agentes del orden vociferan consignas infernales,
él acaricia su condición de paria, se admira de soslayo
y mira de reojo el subfusil que apunta a su cabeza:
digamos que sucumbe,
digamos que fracasa a eso de las tres de la mañana.
Peligrosa, la noche se adentra en el coraje de los fuertes
destrozando manteles y bebiéndose el viento por los barrios callados,
vuela con intratable mecanismo de altura, a ras de agua,
y concibe un fantasma para cada sombra.
De noche, en la ciudad, las sirenas investigan la apnea del sueño
y las reyertas nunca son multitudinarias.
noches en que las estrellas son flashes en la mente podrida de los yonquis,
los chavales aprovechan para cometer sus primeros delitos
y nadie tiene la suerte de llevarse diez mil euros en una partida de póquer.
En la ciudad, hay noches de penumbra travestida y formidable espíritu de revancha
en que levitan las hojas de los árboles y los caminos conducen al destierro.
Arrancan y derrapan los vehículos policiales, las ambulancias, los taxis,
todo se funde en un motor gigante, incluidos los pájaros,
incluidos los cuerpos ligeros de equipaje
que abandonan la calma para descansar a voces,
incluidas las almas que arrastran su joroba de oraciones y salmos
por el suelo tiznado de alquitrán.
Todo avanza con el tiempo y el tiempo es como un jugador de rugby
que atropella las ganas de vivir.
El chico suelta el destornillador con expresión de pánico en el rostro
al verse sorprendido por el terso charol de la linterna mágica;
los agentes del orden vociferan consignas infernales,
él acaricia su condición de paria, se admira de soslayo
y mira de reojo el subfusil que apunta a su cabeza:
digamos que sucumbe,
digamos que fracasa a eso de las tres de la mañana.
Peligrosa, la noche se adentra en el coraje de los fuertes
destrozando manteles y bebiéndose el viento por los barrios callados,
vuela con intratable mecanismo de altura, a ras de agua,
y concibe un fantasma para cada sombra.
De noche, en la ciudad, las sirenas investigan la apnea del sueño
y las reyertas nunca son multitudinarias.
domingo, 21 de noviembre de 2010
ya veremos...
Hace un frío reumático en la calle.
El mercurio formula vacuidades y divulga humedad por campos y ateneos.
En la cola del paro, las manos están crudas y los ojos abarcan una estepa glacial.
En casa, la familia languidece.
Los trabajadores salen de la fábrica al paso que se sale de la cárcel,
aceleran sus férreas partículas y se estrellan los unos con los otros
en el grosero vientre de las viejas colonias que forjan la leyenda del suburbio.
El crío admira el esfuerzo titánico con que se pone el pan encima de la mesa,
ovaciona el estruendo radial que emite la cadena productiva,
aprecia el ciclo voluptuoso del fuego y los metales.
Gélidamente, una manzana trota al encuentro del crepúsculo.
A la madre le duele la cabeza y golpea las sombras que murmuran su nombre.
El padre, el obrero soviético, campeón del torno y fresador epónimo,
escucha a Falsalarma tirado en el sofá
("¿Recuerdas cuando dije que jamás me vendería?..."*)
y se lía un canuto de polen al infeccioso ritmo del reggae.
De súbito, la nieve se pronuncia con un hilo de voz
El niño ama la mole de la fábrica,
la esbeltez de su anómala silueta, sus chimeneas turbias,
el continuo trasiego de camiones repartidores de la quinta esencia
que exterioriza la frenética actividad instalada en las naves.
Ama los días de paga, cuando los jóvenes asalariados
se disputan la flor de la miseria abarrotando sórdidos garitos
y el nudo consanguíneo relaja su compacta pesadumbre.
Hace un frío diamante, bajo cero, bajo sospecha y bajo juramento,
un frío a domicilio que envilece los fines de semana.
Una facción subversiva del proletariado elabora estrategias sindicales
asesorada por un experto en marketing
(el nuevo enamorado toma la palabra en la asamblea:
- ¡Compañeros!, no hay salvación fuera del convenio colectivo...).
La vida descerraja momentos inasibles -uno detrás de otro-,
y rescinde contratos de larga duración.
La muerte se pasea por los ojos del perro.
Tumbado en el sofá, el padre de familia languidece:
- ¿Vas a dejar de fumar esa porquería de una puta vez?
- ... Ya veremos...
* Este poema contiene un sample del tema de Falsalarma (con Morodo), "Fieles a lo vivido", del disco de Falsalarma, "Ley de vida"(2008).
El mercurio formula vacuidades y divulga humedad por campos y ateneos.
En la cola del paro, las manos están crudas y los ojos abarcan una estepa glacial.
En casa, la familia languidece.
Los trabajadores salen de la fábrica al paso que se sale de la cárcel,
aceleran sus férreas partículas y se estrellan los unos con los otros
en el grosero vientre de las viejas colonias que forjan la leyenda del suburbio.
El crío admira el esfuerzo titánico con que se pone el pan encima de la mesa,
ovaciona el estruendo radial que emite la cadena productiva,
aprecia el ciclo voluptuoso del fuego y los metales.
Gélidamente, una manzana trota al encuentro del crepúsculo.
A la madre le duele la cabeza y golpea las sombras que murmuran su nombre.
El padre, el obrero soviético, campeón del torno y fresador epónimo,
escucha a Falsalarma tirado en el sofá
("¿Recuerdas cuando dije que jamás me vendería?..."*)
y se lía un canuto de polen al infeccioso ritmo del reggae.
De súbito, la nieve se pronuncia con un hilo de voz
El niño ama la mole de la fábrica,
la esbeltez de su anómala silueta, sus chimeneas turbias,
el continuo trasiego de camiones repartidores de la quinta esencia
que exterioriza la frenética actividad instalada en las naves.
Ama los días de paga, cuando los jóvenes asalariados
se disputan la flor de la miseria abarrotando sórdidos garitos
y el nudo consanguíneo relaja su compacta pesadumbre.
Hace un frío diamante, bajo cero, bajo sospecha y bajo juramento,
un frío a domicilio que envilece los fines de semana.
Una facción subversiva del proletariado elabora estrategias sindicales
asesorada por un experto en marketing
(el nuevo enamorado toma la palabra en la asamblea:
- ¡Compañeros!, no hay salvación fuera del convenio colectivo...).
La vida descerraja momentos inasibles -uno detrás de otro-,
y rescinde contratos de larga duración.
La muerte se pasea por los ojos del perro.
Tumbado en el sofá, el padre de familia languidece:
- ¿Vas a dejar de fumar esa porquería de una puta vez?
- ... Ya veremos...
* Este poema contiene un sample del tema de Falsalarma (con Morodo), "Fieles a lo vivido", del disco de Falsalarma, "Ley de vida"(2008).
martes, 16 de noviembre de 2010
ella no es vertiginosa
Ella no entiende el idioma masculino de los automóviles.
En vano trata de encontrar entre el maremágnum de signos una vena poética
que afirme la miseria de los sagrados viajes a ninguna parte:
la columna es sólida, el templo, confortable.
El Hotel es un punto de retorno, el agujero negro que escupe sinsustancia.
Los viajeros agitan sus folletos artísticos resoplando como caballerizas,
sudan profusamente su conocimiento,
creen ver, pero sólo son vistos.
La discreta muchacha alardea de rumbo,
funciona sus caderas con mayestática humildad, festonea el ambiente,
asalta las conciencias con una solución innovadora.
Cruza la calle a diez metros del paso de cebra
y los toyotas crujen sus sistemas de freno
-desde su burladero alicatado, la clac peatonal
investiga el periplo de la intrusa con relativa felicidad:
sólo la brisa atrapa su genuino flow-.
En la estación del Metro el mundo es socialista y el vagón es el mensaje.
Se hace la luz. Hay una luz que muerde la elipse de los túneles,
otra que purifica el cuello de los ángeles
y, un poco más allá, flamea el resplandor que dinamita las tinieblas.
Ella conoce el truco, y se deja llevar.
La soledad es un producto del destino.
En vano trata de encontrar entre el maremágnum de signos una vena poética
que afirme la miseria de los sagrados viajes a ninguna parte:
la columna es sólida, el templo, confortable.
El Hotel es un punto de retorno, el agujero negro que escupe sinsustancia.
Los viajeros agitan sus folletos artísticos resoplando como caballerizas,
sudan profusamente su conocimiento,
creen ver, pero sólo son vistos.
La discreta muchacha alardea de rumbo,
funciona sus caderas con mayestática humildad, festonea el ambiente,
asalta las conciencias con una solución innovadora.
Cruza la calle a diez metros del paso de cebra
y los toyotas crujen sus sistemas de freno
-desde su burladero alicatado, la clac peatonal
investiga el periplo de la intrusa con relativa felicidad:
sólo la brisa atrapa su genuino flow-.
En la estación del Metro el mundo es socialista y el vagón es el mensaje.
Se hace la luz. Hay una luz que muerde la elipse de los túneles,
otra que purifica el cuello de los ángeles
y, un poco más allá, flamea el resplandor que dinamita las tinieblas.
Ella conoce el truco, y se deja llevar.
La soledad es un producto del destino.
sábado, 30 de octubre de 2010
rojo / blanco
ROJO
Rojo es un poco de color rojo
(los mocasines élficos del Papa).
Rojo es un pozo del color que sea
(la oscuridad, que idolatra la sangre).
Rojo es el corazón que suma y sigue
(ética para el nuevo enamorado).
Rojo que siempre es una llama de oxidados rubíes
(arde la carne al contacto flexible de la luz).
Rojo también la curva de los astros
(también hay una velocidad que no se siente).
Rojo como una isla
(¿sueña la muerte con acantilados?).
Rojo por la mañana con lunares apenas
(si está de fiesta el sol arrojando centellas a su prole).
Rojo por encima de la rodilla
(por debajo una suerte de perfección extrema).
Rojo desnudo en contra de su desnudez
(y a favor de todo lo demás).
Rojo frente al profundo desánimo del rojo
(un ritmo desangelado que no es jazz).
Rojo suicida verificando el miedo a las alturas
(como una cuenta atrás del infinito).
Rojo es el perro que traduce la rabia a nuestro argot
(los animales llevan una vida deshonesta).
Rojo es el labio que arrebata al tiempo los besos prometidos
(no existe el beso azul, por más que lo aseguren las estatuas).
Rojo es Ali machacando la mandíbula de Frazier
(noqueando al espectro de la guerra).
Rojo es Nixon mintiendo en la televisión
(asesorado por un feto).
Rojo por rojo igual a casi negro
(hacedle hueco en vuestras tablas).
Rojo entre rojo igual a casi nada
(dirigid al cociente vuestro santo microscopio).
Rojo es la noche
(cuando la luna llena se deprime).
Rojo un río cualquiera
(siempre que sea un río salvaje).
Rojo fundido en gris por una sola mosca
(con dos ya funde en negro y se evapora).
Rojo el perfume que desprenden los ávidos jardines
(o el aroma hipotético que plantea la hierba).
Rojo fantasma que burla los espejos
(diríase que lucha por zafarse del cuerpo).
Rojo diamante en la quietud del arpa
(folklore para bestias cultivadas).
Rojo partido en dos mitades rojas
(hinchado como el globo primordial).
Rojo chiquito con zapatos de charol
(la piedrecita en el zapato de charol).
Rojo perverso pero rojo en ciernes
(a la virtud se la conoce así).
Rojo como dios manda
(sólo negocios, nada personal).
Rojo que no se puede ser más blanco
(viene ocurriendo).
Rojo es el aire infiltrado en la sombra
(un detective aficionado al vértigo).
Rojo el latido desplazado al azul
(aquí lo más sensato es escuchar).
Rojo privado
(prohibido el paso a los poetas ajenos a La Obra).
Rojo elevado al cubo
(que os dará la potencia de la rosa).
Rojo el silencio del Comité Central
(el que inspira a Mo Yan sus agridulces fábulas).
Rojo de cuando había muchas menos cosas
(¿...en qué universo?).
Rojo para la novia
(y un repique de campanas para empezar el día).
Rojo distinto y ya distinto al fuego
(en el mejor deseo, ¿acaso no se extingue un pequeño fulgor?).
Rojo apacible en un lugar del mundo
(eso sí, que no se sabe dónde).
Rojo es el pájaro de pluma ígnea
(¡Ícaro electo!).
Rojo en los fríos ojos de Max Dembo
(deshojando la prueba de la nalorfina).
Rojo directo es el exilio
(todos viajamos en el mismo barco).
Rojo sin boca para solaz del espíritu
(¡así se habla!).
Rojo según las escrituras
(de los falsos profetas que cultivan un palmo de horizonte).
Rojo en la húmeda lengua que describen las nubes
(que no tiene sentido, pero llueve).
Rojo por fin el verbo como una soledad adolescente.
Rojo hasta aquí en el verso sentido con suficiente dolor.
BLANCO
Cuando el ángel del hambre -que tomo prestado de Herta Müller-
recorría Europa con supersónicas alas
desde la Península Ibérica hasta el ignoto límite estepario,
se produjo en el bosque de los cuentos una persecución entre la nieve:
un niño cazador y un cazador de niños (44).
El niño era consciente de su fragilidad,
el cazador necesitaba comer,
los animales corrían demasiado y encontraban escondites inusuales.
El miedo se mascaba en el ambiente y el niño lo mordía en famélico silencio
(así, el drama necesita del frío, lo crea, lo potencia,
se revuelca en lo gélido como un hierro candente;
hay algo más trágico, especialmente, en el rostro aterido
que absorbe la debacle de la temperatura sin conseguir la salvación del hueso).
Hubo, quizás, un sacrificio, porque dios también estaba en los fogones aquel día.
El frío hace buenas migas con el hambre,
la escarcha alienta un género de sed encapsulada.
Contra el hielo crecido, tampoco es útil la llama intrínseca del odio.
Hacia mil novecientos treinta y tres,
enfrascados los ojos en el indigente torbellino de la paz,
nadie, en ningún sitio, señalaba las nubes que asombraban el cielo.
ni la espuma oceánica era descrita en los cuadernos.
Un ejército de almas extendía sus túnicas sobre el gesto de la noche
-ráfaga de palomas-,
meteoros de estirpe lunar anegaban los campos
y la hueste corvina declaraba en la espesura su armisticio.
Es decir,
aún el ciervo se movía con rapidez en sus tacones de aguja
cuando la muerte obró su discreto milagro.
Rojo es un poco de color rojo
(los mocasines élficos del Papa).
Rojo es un pozo del color que sea
(la oscuridad, que idolatra la sangre).
Rojo es el corazón que suma y sigue
(ética para el nuevo enamorado).
Rojo que siempre es una llama de oxidados rubíes
(arde la carne al contacto flexible de la luz).
Rojo también la curva de los astros
(también hay una velocidad que no se siente).
Rojo como una isla
(¿sueña la muerte con acantilados?).
Rojo por la mañana con lunares apenas
(si está de fiesta el sol arrojando centellas a su prole).
Rojo por encima de la rodilla
(por debajo una suerte de perfección extrema).
Rojo desnudo en contra de su desnudez
(y a favor de todo lo demás).
Rojo frente al profundo desánimo del rojo
(un ritmo desangelado que no es jazz).
Rojo suicida verificando el miedo a las alturas
(como una cuenta atrás del infinito).
Rojo es el perro que traduce la rabia a nuestro argot
(los animales llevan una vida deshonesta).
Rojo es el labio que arrebata al tiempo los besos prometidos
(no existe el beso azul, por más que lo aseguren las estatuas).
Rojo es Ali machacando la mandíbula de Frazier
(noqueando al espectro de la guerra).
Rojo es Nixon mintiendo en la televisión
(asesorado por un feto).
Rojo por rojo igual a casi negro
(hacedle hueco en vuestras tablas).
Rojo entre rojo igual a casi nada
(dirigid al cociente vuestro santo microscopio).
Rojo es la noche
(cuando la luna llena se deprime).
Rojo un río cualquiera
(siempre que sea un río salvaje).
Rojo fundido en gris por una sola mosca
(con dos ya funde en negro y se evapora).
Rojo el perfume que desprenden los ávidos jardines
(o el aroma hipotético que plantea la hierba).
Rojo fantasma que burla los espejos
(diríase que lucha por zafarse del cuerpo).
Rojo diamante en la quietud del arpa
(folklore para bestias cultivadas).
Rojo partido en dos mitades rojas
(hinchado como el globo primordial).
Rojo chiquito con zapatos de charol
(la piedrecita en el zapato de charol).
Rojo perverso pero rojo en ciernes
(a la virtud se la conoce así).
Rojo como dios manda
(sólo negocios, nada personal).
Rojo que no se puede ser más blanco
(viene ocurriendo).
Rojo es el aire infiltrado en la sombra
(un detective aficionado al vértigo).
Rojo el latido desplazado al azul
(aquí lo más sensato es escuchar).
Rojo privado
(prohibido el paso a los poetas ajenos a La Obra).
Rojo elevado al cubo
(que os dará la potencia de la rosa).
Rojo el silencio del Comité Central
(el que inspira a Mo Yan sus agridulces fábulas).
Rojo de cuando había muchas menos cosas
(¿...en qué universo?).
Rojo para la novia
(y un repique de campanas para empezar el día).
Rojo distinto y ya distinto al fuego
(en el mejor deseo, ¿acaso no se extingue un pequeño fulgor?).
Rojo apacible en un lugar del mundo
(eso sí, que no se sabe dónde).
Rojo es el pájaro de pluma ígnea
(¡Ícaro electo!).
Rojo en los fríos ojos de Max Dembo
(deshojando la prueba de la nalorfina).
Rojo directo es el exilio
(todos viajamos en el mismo barco).
Rojo sin boca para solaz del espíritu
(¡así se habla!).
Rojo según las escrituras
(de los falsos profetas que cultivan un palmo de horizonte).
Rojo en la húmeda lengua que describen las nubes
(que no tiene sentido, pero llueve).
Rojo por fin el verbo como una soledad adolescente.
Rojo hasta aquí en el verso sentido con suficiente dolor.
BLANCO
Cuando el ángel del hambre -que tomo prestado de Herta Müller-
recorría Europa con supersónicas alas
desde la Península Ibérica hasta el ignoto límite estepario,
se produjo en el bosque de los cuentos una persecución entre la nieve:
un niño cazador y un cazador de niños (44).
El niño era consciente de su fragilidad,
el cazador necesitaba comer,
los animales corrían demasiado y encontraban escondites inusuales.
El miedo se mascaba en el ambiente y el niño lo mordía en famélico silencio
(así, el drama necesita del frío, lo crea, lo potencia,
se revuelca en lo gélido como un hierro candente;
hay algo más trágico, especialmente, en el rostro aterido
que absorbe la debacle de la temperatura sin conseguir la salvación del hueso).
Hubo, quizás, un sacrificio, porque dios también estaba en los fogones aquel día.
El frío hace buenas migas con el hambre,
la escarcha alienta un género de sed encapsulada.
Contra el hielo crecido, tampoco es útil la llama intrínseca del odio.
Hacia mil novecientos treinta y tres,
enfrascados los ojos en el indigente torbellino de la paz,
nadie, en ningún sitio, señalaba las nubes que asombraban el cielo.
ni la espuma oceánica era descrita en los cuadernos.
Un ejército de almas extendía sus túnicas sobre el gesto de la noche
-ráfaga de palomas-,
meteoros de estirpe lunar anegaban los campos
y la hueste corvina declaraba en la espesura su armisticio.
Es decir,
aún el ciervo se movía con rapidez en sus tacones de aguja
cuando la muerte obró su discreto milagro.
martes, 12 de octubre de 2010
bright star
Keats ha vuelto a morir -no en solitario- en una calle mínima de Roma.
El familiar repique de campanas -apenas claudicante- bajaba de las torres,
con extraordinaria lentitud, empañando la urna meticulosamente pálida.
Las muchachas romanas cepillaban sin tregua sus acharolados cabellos,
mientras perseguían sombras en carruajes oscuros,
y los poetas dedicaban compasivas miradas a la rosa perfecta.
La muerte desplazaba su arte melancólico por los adoquines de monstruosa piedra
y en cualquier parte el eco de una canción se desplomaba herido de silencio.
¡Qué pulmones reducidos a diminutas alas!,
¡qué intolerable agonía de purpúreas noches y versos incendiarios!
Arropado por voces extranjeras, cerca del mar adusto que separa países.
Cuando falta ingenio para el grato recuerdo
y el espíritu se transforma en energía revelando su verdadera esencia,
cuando los rostros son acuarelas de espanto
y la respiración un anhelo constante que se aferra a la vida.
¡Oh Fanny, tú, mil veces muerta!
Como serena yace tu silueta, mil veces extendida sobre el agua.
Lejana y tan lejana de la habitación última, el sepulcro infectado de seres invisibles,
al otro lado del espejo, donde el aire no duele en la garganta
y el céfiro traslada el solemne latido del paisaje.
En una casa pobre hundida a martillazos en la calle,
en un cuarto menguante de algún segundo piso con vistas al exilio,
rodeado de ángeles hambrientos,
hoy ha vuelto a morir un poeta sin nombre.
El familiar repique de campanas -apenas claudicante- bajaba de las torres,
con extraordinaria lentitud, empañando la urna meticulosamente pálida.
Las muchachas romanas cepillaban sin tregua sus acharolados cabellos,
mientras perseguían sombras en carruajes oscuros,
y los poetas dedicaban compasivas miradas a la rosa perfecta.
La muerte desplazaba su arte melancólico por los adoquines de monstruosa piedra
y en cualquier parte el eco de una canción se desplomaba herido de silencio.
¡Qué pulmones reducidos a diminutas alas!,
¡qué intolerable agonía de purpúreas noches y versos incendiarios!
Arropado por voces extranjeras, cerca del mar adusto que separa países.
Cuando falta ingenio para el grato recuerdo
y el espíritu se transforma en energía revelando su verdadera esencia,
cuando los rostros son acuarelas de espanto
y la respiración un anhelo constante que se aferra a la vida.
¡Oh Fanny, tú, mil veces muerta!
Como serena yace tu silueta, mil veces extendida sobre el agua.
Lejana y tan lejana de la habitación última, el sepulcro infectado de seres invisibles,
al otro lado del espejo, donde el aire no duele en la garganta
y el céfiro traslada el solemne latido del paisaje.
En una casa pobre hundida a martillazos en la calle,
en un cuarto menguante de algún segundo piso con vistas al exilio,
rodeado de ángeles hambrientos,
hoy ha vuelto a morir un poeta sin nombre.
sábado, 7 de agosto de 2010
jamaica-nueva york
Jamaica-Nueva York es una línea caliente.
La conexión del reggae y el hip-hop.
Damian Marley y Nasir Jones rapean con brillo
desnudando la mediocridad aplastante de los cuarenta principales.
Interpretan sus poderosos himnos con seguridad profética.
Presentan una música apoyada en el mito, como un retorno a la palabra África.
Nas y Jr. Gong graban su impronta libertaria en un compacto de vinilo.
Van a la raíz. Desde la Avenida Lenox y los suburbios de Kingston,
certeros, teatrales, a Portobello Road
y el resto de lugares decentes del planeta.
Hacen de la fusión un arte, comunican un sueño demasiado profundo,
llevan la belleza de las voces del sur,
cargan con el pesado verbo de los desposeídos.
Ritmos que descoyuntan dólares y precipitan euros al vacío,
sonidos infecciosos que arrasan con la elocuencia vírica de la reconciliación,
auténticas canciones del verano para este dilatado fin de siglo.
Damian Marley y Nasir Jones manejan un idioma universal,
es la lengua sagrada de la palabra África,
y posee una fuerza continental y plena
que surfea sobre el engañoso significado de las verdades absolutas.
Jamaica-Nueva York es una línea caliente.
La conexión del reggae y el hip-hop.
Nas y Jr. Gong hacen un alma que gira a cuarenta y cinco revoluciones por minuto.
'Distant Relatives' Nas & Damian Marley (2010)
La conexión del reggae y el hip-hop.
Damian Marley y Nasir Jones rapean con brillo
desnudando la mediocridad aplastante de los cuarenta principales.
Interpretan sus poderosos himnos con seguridad profética.
Presentan una música apoyada en el mito, como un retorno a la palabra África.
Nas y Jr. Gong graban su impronta libertaria en un compacto de vinilo.
Van a la raíz. Desde la Avenida Lenox y los suburbios de Kingston,
certeros, teatrales, a Portobello Road
y el resto de lugares decentes del planeta.
Hacen de la fusión un arte, comunican un sueño demasiado profundo,
llevan la belleza de las voces del sur,
cargan con el pesado verbo de los desposeídos.
Ritmos que descoyuntan dólares y precipitan euros al vacío,
sonidos infecciosos que arrasan con la elocuencia vírica de la reconciliación,
auténticas canciones del verano para este dilatado fin de siglo.
Damian Marley y Nasir Jones manejan un idioma universal,
es la lengua sagrada de la palabra África,
y posee una fuerza continental y plena
que surfea sobre el engañoso significado de las verdades absolutas.
Jamaica-Nueva York es una línea caliente.
La conexión del reggae y el hip-hop.
Nas y Jr. Gong hacen un alma que gira a cuarenta y cinco revoluciones por minuto.
'Distant Relatives' Nas & Damian Marley (2010)
domingo, 1 de agosto de 2010
la poesía ha muerto
La poesía ha muerto.
Dicen que ha muerto el arte de caminar el mundo de puntillas
sin sublevar la permanente melancolía del tiempo,
su despótica tristeza.
Dicen que ha muerto el arte de romperse, el arte de caer y revolcarse,
el don curioso, el presagio honorable, la diestra de dios padre
o el color de la tierra del olimpo:
que ha muerto alanceada y torturada
tiroteada en un motel de carretera
apuñalada por el joven bruto
envenenada con tacón de aguja
que ha muerto ahorcada en su corbata sedicente
sublimando su célebre fatiga
(y hasta Nas dice que el hip-hop ha muerto, con una rosa negra entre las manos).
La poesía ha muerto.
Dicen que sonreía recitando el poema y chocaba las copas con el rictus encima,
vestida de domingo, con el justo perfume, el maquillaje justo
y las justas alhajas titilando su pátina de abril,
que rimaba cursiva y flagelada, al margen de las páginas,
y se dejaba llevar por la fortuna oscureciendo su gloriosa cabellera
(y luego, en un suspiro,
que el hedor a eternidad se extendía por los desabrigados horizontes
colapsando bandadas de garzas invernales,
y que la sangre, en su contorno inabarcable,
era un líquido huérfano y era el reflejo azul de un río bravo).
La poesía ha muerto, pero está dormida,
es libre de rodar o de pedir asilo,
libre de sacrificar el copioso rebaño de Calíope
o de enmendar la plana al propio firmamento
(y algunos dicen que su tumba es frágil como una plataforma de rocío,
como una formación de hojas de hierba).
Dicen que ha muerto el arte de caminar el mundo de puntillas
sin sublevar la permanente melancolía del tiempo,
su despótica tristeza.
Dicen que ha muerto el arte de romperse, el arte de caer y revolcarse,
el don curioso, el presagio honorable, la diestra de dios padre
o el color de la tierra del olimpo:
que ha muerto alanceada y torturada
tiroteada en un motel de carretera
apuñalada por el joven bruto
envenenada con tacón de aguja
que ha muerto ahorcada en su corbata sedicente
sublimando su célebre fatiga
(y hasta Nas dice que el hip-hop ha muerto, con una rosa negra entre las manos).
La poesía ha muerto.
Dicen que sonreía recitando el poema y chocaba las copas con el rictus encima,
vestida de domingo, con el justo perfume, el maquillaje justo
y las justas alhajas titilando su pátina de abril,
que rimaba cursiva y flagelada, al margen de las páginas,
y se dejaba llevar por la fortuna oscureciendo su gloriosa cabellera
(y luego, en un suspiro,
que el hedor a eternidad se extendía por los desabrigados horizontes
colapsando bandadas de garzas invernales,
y que la sangre, en su contorno inabarcable,
era un líquido huérfano y era el reflejo azul de un río bravo).
La poesía ha muerto, pero está dormida,
es libre de rodar o de pedir asilo,
libre de sacrificar el copioso rebaño de Calíope
o de enmendar la plana al propio firmamento
(y algunos dicen que su tumba es frágil como una plataforma de rocío,
como una formación de hojas de hierba).
el enemigo público nº 1.522
Necesitaba al mejor y más fiero abogado samoano sobre la faz de la tierra,
al abogado de Robert de Niro,
un monstruoso lince de los casos abiertos y los estrafalarios precedentes,
un vejaminista nato que aterrorizara a las chicas monas de la fiscalía.
No pudo ser.
Imposible dilucidar si el señor juez tenía esa cara de mala hostia
por animadversión hacia el reo o porque le dolía la barriga:
la defensa era una minoría silenciosa.
Por tanto, la sentencia fue lapidaria,
con el peso de una lápida aplastó el pacífico vientre del acusado.
En la enfermería del penal, una cura de emergencia, sudando de verdad,
con las noches en marcha y los pulmones fuera de servicio.
El Inocente nº 1.522, el Enemigo Público nº 1.522, el Tío Raro nº 1.522...
La mayor parte de sus colegas de infortunio se declaraban inocentes,
aunque a él, a simple vista, le parecieran todos culpables sin atenuantes,
carne de alegato machacante y unánime veredicto,
cómplices de las peores atrocidades y dignos de figurar con letras de oro
en el catálogo inicuo de los más buscados de América.
Desde luego, su posición era incómoda.
Temblaba desvalido sorteando los ojos llameantes de los hombres de frente y de perfil.
En la cárcel no hay gente, sólo miradas oblicuas
que fluyen y taladran la piel como agujas hipodérmicas
(la gente está en la calle, orquestando maniobras a favor de sus mágicas familias
y celebrando el juicio sempiterno de la libertad:
no está para canciones de protesta).
Su abogado de oficio, un tipo sobrio, le recomendaba paciencia,
pero no tenía tiempo para apelaciones.
Apenas discurseaba un poco haciendo referencias incomprensibles
antes de desahogarse con alguna de sus enérgicas iniciativas
(en su jerigonza, cualquier minucia procesal de mero trámite).
Cubría el expediente; un chico reservado
que aparentaba estar sufriendo un proceso de superación personal,
es decir, que se veía superado por las circunstancias.
Al cabo de un año, los pájaros seguían afeitando las mañanas con sus trinos
y los profetas médicos continuaban recetando infusiones de esperanza.
A un tiro de piedra, los árboles armados* de la primavera
(en pequeños grupos para no llamar la atención),
escoltaban la curva del arroyo,
donde la hierba soltaba escupitajos de rocío.
Cuando el fiscal se zampaba un solomillo a la pimienta,
el maco trasegaba sus migajas,
cuando empinaba el codo a mayor gloria de la legalidad vigente,
entre rejas se registraban incidentes violentos.
Una rutina pasmosa.
La vida circunscrita a un patio de monipodio.
Recordando a Víctor Jara,
fantaseaba con desalambrar los muros cananeos del establecimiento,
derrumbar las torretas panorámicas y escapar por el campo atardecido.
Necesitaba un cuerpo de marines
y un alma gemela a la del Conde de Montecristo,
una apisonadora de fascistas y también una escoba voladora.
Lo que no fue factible.
*Su glauca capellina y la panoplia entera.
al abogado de Robert de Niro,
un monstruoso lince de los casos abiertos y los estrafalarios precedentes,
un vejaminista nato que aterrorizara a las chicas monas de la fiscalía.
No pudo ser.
Imposible dilucidar si el señor juez tenía esa cara de mala hostia
por animadversión hacia el reo o porque le dolía la barriga:
la defensa era una minoría silenciosa.
Por tanto, la sentencia fue lapidaria,
con el peso de una lápida aplastó el pacífico vientre del acusado.
En la enfermería del penal, una cura de emergencia, sudando de verdad,
con las noches en marcha y los pulmones fuera de servicio.
El Inocente nº 1.522, el Enemigo Público nº 1.522, el Tío Raro nº 1.522...
La mayor parte de sus colegas de infortunio se declaraban inocentes,
aunque a él, a simple vista, le parecieran todos culpables sin atenuantes,
carne de alegato machacante y unánime veredicto,
cómplices de las peores atrocidades y dignos de figurar con letras de oro
en el catálogo inicuo de los más buscados de América.
Desde luego, su posición era incómoda.
Temblaba desvalido sorteando los ojos llameantes de los hombres de frente y de perfil.
En la cárcel no hay gente, sólo miradas oblicuas
que fluyen y taladran la piel como agujas hipodérmicas
(la gente está en la calle, orquestando maniobras a favor de sus mágicas familias
y celebrando el juicio sempiterno de la libertad:
no está para canciones de protesta).
Su abogado de oficio, un tipo sobrio, le recomendaba paciencia,
pero no tenía tiempo para apelaciones.
Apenas discurseaba un poco haciendo referencias incomprensibles
antes de desahogarse con alguna de sus enérgicas iniciativas
(en su jerigonza, cualquier minucia procesal de mero trámite).
Cubría el expediente; un chico reservado
que aparentaba estar sufriendo un proceso de superación personal,
es decir, que se veía superado por las circunstancias.
Al cabo de un año, los pájaros seguían afeitando las mañanas con sus trinos
y los profetas médicos continuaban recetando infusiones de esperanza.
A un tiro de piedra, los árboles armados* de la primavera
(en pequeños grupos para no llamar la atención),
escoltaban la curva del arroyo,
donde la hierba soltaba escupitajos de rocío.
Cuando el fiscal se zampaba un solomillo a la pimienta,
el maco trasegaba sus migajas,
cuando empinaba el codo a mayor gloria de la legalidad vigente,
entre rejas se registraban incidentes violentos.
Una rutina pasmosa.
La vida circunscrita a un patio de monipodio.
Recordando a Víctor Jara,
fantaseaba con desalambrar los muros cananeos del establecimiento,
derrumbar las torretas panorámicas y escapar por el campo atardecido.
Necesitaba un cuerpo de marines
y un alma gemela a la del Conde de Montecristo,
una apisonadora de fascistas y también una escoba voladora.
Lo que no fue factible.
*Su glauca capellina y la panoplia entera.
Kitty, Daisy & Lewis, 'Mean Son of a Gun'
el efecto daw jones
Tomad ejemplo de romanticismo:
la hipersensibilidad de los mercados financieros.
Ningún enamorado alcanza ese conspicuo porcentaje de penuria,
ninguna decisión se muestra tan voluble,
ninguna acción se funda en tan forzada miseria conceptual.
Pese a ello, el comercio se estremece
y tiene contracciones como una embarazada, antojos de primeriza
que son fajos calientes de papel moneda,
resmas de pasta gansa condecorada por el narcotráfico.
Mafiosos que celebran fiestas comiendo pasteles con tradicional apetito,
oligarcas pálidos y bien alimentados
cuyas jetas superan con creces la dureza de los muros de Wall Street:
los chicos con las manos de cemento, las chicas con las piernas de cemento,
y todo cimentándose y llegando al éxtasis global.
Los amos del cotarro inundan los salones de lujo de los restaurantes
y son capaces de firmar con lujuriosa eficacia un documento cualquiera
mientras eligen el mejor vino o el entrante más adecuado a su estado de ánimo.
El nuevo enamorado comienza a darse cuenta de que la ruina es pobre
y acecha en los espejos con el semblante benévolo de una buhardilla en París,
amenaza los besos cariacontecidos,
amenaza los parques como una lluvia ácida.
La ruina se presenta con el careto de James Stewart en ‘¡Qué bello es vivir!’,
sin dinero y con un par de criaturas de la mano,
entonces, el inversor la dribla con un ágil movimiento de cadera
y el obrero testarudo apenas tiene tiempo de vomitar su reserva de bilis
antes de caer hechizado rodando por el fango.
El futbolista ha tenido una lesión y las masas se mesan los cabellos,
gritan como una especie enloquecida bordeando el delirio de la misericordia.
En realidad, son una especie protegida por la serenidad del infinito.
La gente suele ser metódica, incluso la que ignora el efecto del balón
y no especula con la posibilidad del gol, esa minoría salvaje.
Decid quién es romántico, el hombre genital de la pistola
o el paria con esquinas en los ojos,
la mujer que se alegra y cubre de carmín sus labios lógicos,
o la que disminuye su presencia hasta desintegrarse mientras camina por la calle.
La gente es demasiado personal, definitivamente.
El nuevo enamorado sale del monte de piedad y gira hacia la casa de apuestas,
los autos lo reconocen y parpadean sus faros colectivos,
el asfalto se adapta plásticamente a su huella diminuta, que se repite dinámica,
y los árboles le ofrecen su rango más urbano,
animales de compañía remolonean por los incendiados callejones,
nacen murciélagos con ramitas de olivo en los colmillos
y las nubes bordan un aterrizaje forzoso:
todo para que el dinero adquiera una dimensión heroica
y el efectivo acto de jugarse el tipo
implique nada menos que la consagración mitológica
de quien lo lleve a cabo sin condenar su inocencia.
Tomad ejemplo de romanticismo en la hipersensibilidad de los mercados financieros
y no dejéis que nadie se os acerque,
ni la corista que rompe su trabajo de amapola en el trapecio,
ni el aprendiz de brujo con su magia reciente.
Que nadie os diga que no es perfecta la música en esta casa de citas.
la hipersensibilidad de los mercados financieros.
Ningún enamorado alcanza ese conspicuo porcentaje de penuria,
ninguna decisión se muestra tan voluble,
ninguna acción se funda en tan forzada miseria conceptual.
Pese a ello, el comercio se estremece
y tiene contracciones como una embarazada, antojos de primeriza
que son fajos calientes de papel moneda,
resmas de pasta gansa condecorada por el narcotráfico.
Mafiosos que celebran fiestas comiendo pasteles con tradicional apetito,
oligarcas pálidos y bien alimentados
cuyas jetas superan con creces la dureza de los muros de Wall Street:
los chicos con las manos de cemento, las chicas con las piernas de cemento,
y todo cimentándose y llegando al éxtasis global.
Los amos del cotarro inundan los salones de lujo de los restaurantes
y son capaces de firmar con lujuriosa eficacia un documento cualquiera
mientras eligen el mejor vino o el entrante más adecuado a su estado de ánimo.
El nuevo enamorado comienza a darse cuenta de que la ruina es pobre
y acecha en los espejos con el semblante benévolo de una buhardilla en París,
amenaza los besos cariacontecidos,
amenaza los parques como una lluvia ácida.
La ruina se presenta con el careto de James Stewart en ‘¡Qué bello es vivir!’,
sin dinero y con un par de criaturas de la mano,
entonces, el inversor la dribla con un ágil movimiento de cadera
y el obrero testarudo apenas tiene tiempo de vomitar su reserva de bilis
antes de caer hechizado rodando por el fango.
El futbolista ha tenido una lesión y las masas se mesan los cabellos,
gritan como una especie enloquecida bordeando el delirio de la misericordia.
En realidad, son una especie protegida por la serenidad del infinito.
La gente suele ser metódica, incluso la que ignora el efecto del balón
y no especula con la posibilidad del gol, esa minoría salvaje.
Decid quién es romántico, el hombre genital de la pistola
o el paria con esquinas en los ojos,
la mujer que se alegra y cubre de carmín sus labios lógicos,
o la que disminuye su presencia hasta desintegrarse mientras camina por la calle.
La gente es demasiado personal, definitivamente.
El nuevo enamorado sale del monte de piedad y gira hacia la casa de apuestas,
los autos lo reconocen y parpadean sus faros colectivos,
el asfalto se adapta plásticamente a su huella diminuta, que se repite dinámica,
y los árboles le ofrecen su rango más urbano,
animales de compañía remolonean por los incendiados callejones,
nacen murciélagos con ramitas de olivo en los colmillos
y las nubes bordan un aterrizaje forzoso:
todo para que el dinero adquiera una dimensión heroica
y el efectivo acto de jugarse el tipo
implique nada menos que la consagración mitológica
de quien lo lleve a cabo sin condenar su inocencia.
Tomad ejemplo de romanticismo en la hipersensibilidad de los mercados financieros
y no dejéis que nadie se os acerque,
ni la corista que rompe su trabajo de amapola en el trapecio,
ni el aprendiz de brujo con su magia reciente.
Que nadie os diga que no es perfecta la música en esta casa de citas.
domingo, 13 de junio de 2010
un líquido imposible
Yo vengo a ser un líquido imposible, un cáliz de mi sangre,
un lavadero en el que abreva el monstruo de los días perdidos,
testigo de una diáspora de genios que fueron hombres francos,
hombres que mantenían controlada a su bestia famélica
y soportaban la común discordia con espíritu ajeno.
Tengo una discreción en cada ceja y no fabrico estatuas
de dioses acabados, ni de héroes con ganas de vivir;
me apoyo en la cancela de la puerta y observo la desgracia
de las nuevas familias enlutadas, su lodazal angosto,
la curva descendente de sus aires de grandeza corrupta.
El vicio me libera, me transcurre, se apodera de mí
con garras ominosas, uñas largas, dientes de leche agria,
me tiene descarriado entre algodones, me canta sus injustos
abucheos, me irrita con el cuento de la felicidad.
Llevo la faz del mundo en los bolsillos y la facha solemne
del concepto grabada en la mollera. Me desconozco un poco
entre las muchas personalidades que adopta mi sentido.
Unto mis rebanadas temporales en el aceite hirviendo
que bulle en las entrañas de los báratros que señalan mi rumbo
y me dejo caer en la mitad del cielo bondadoso
con la descongestión en la mirada que busca el infinito.
Yo vengo a ser un padre, un padre nuestro, un seminario ausente
precipitado a la salud del pueblo, otro poeta muerto,
otro poeta, al cabo y a la postre, otra resurrección,
Lázaro congelado en las hogueras de la cruz y el martillo,
ángel acentuado en cada sílaba, sombra que sabe a cuerpo
y alumbra un espejismo natural de levedad pictórica.
Llevo los números de la vergüenza soldados en la frente,
y los tengo en la punta de la lengua de fuego que me abrasa;
me vuelvo a dividir en mil secretos, en mil constelaciones
absueltas del pecado transparente que funda la memoria.
El vicio me acorrala en un oscuro ángulo de silencio,
trámite que me aguarda consternado, pero me alcanza sólido,
con la potencia nuclear del viento que agita los océanos
y la seguridad acartonada del francotirador.
Quiero un nombre ligero para dárselo a mis hijos hambrientos,
un nombre triste que comience en verso y lentamente vaya
descendiendo a la prosa, despojándose de sus antepasados,
un nombre en pleno rostro, con narices, y con los ojos verdes
dando a luz un futuro perseguido por daños y propósitos.
Tengo que decidirme entre dos almas, andrajosas y dulces,
y no le encuentro sorna al desenlace que propone la fiebre,
encuentro sordidez, remordimiento, palabras a traición,
calientes como rosas inefables, y vértigo instaurado,
un pandemónium de pequeñas fosas donde yacer infame,
inerte, tierra adentro, hecho un payaso deprimido y horrible.
Pues vengo a ser la voz de la experiencia, y acudo a los entierros
vestido de donjuán peripatético (un cáliz de mi sangre,
una copa de nieve inalterada, recién desprevenida).
Y acudo a las radiantes comuniones con el traje raído
y los zapatos huérfanos de estilo, los calcetines rotos,
las mandíbulas tensas, semejantes a cepos clandestinos,
la mancha de sudor bajo la axila creciendo hasta la náusea,
produciendo un hedor insospechado que fulmina pretextos,
y un sombrero invisible, encasquetado a la salud del vulgo,
que puede parecer algo de pelo o un bombín demodé,
según se mire al hombre o al poema, según y cómo sean
de culpables los ojos que lo miran de sus propios defectos.
un lavadero en el que abreva el monstruo de los días perdidos,
testigo de una diáspora de genios que fueron hombres francos,
hombres que mantenían controlada a su bestia famélica
y soportaban la común discordia con espíritu ajeno.
Tengo una discreción en cada ceja y no fabrico estatuas
de dioses acabados, ni de héroes con ganas de vivir;
me apoyo en la cancela de la puerta y observo la desgracia
de las nuevas familias enlutadas, su lodazal angosto,
la curva descendente de sus aires de grandeza corrupta.
El vicio me libera, me transcurre, se apodera de mí
con garras ominosas, uñas largas, dientes de leche agria,
me tiene descarriado entre algodones, me canta sus injustos
abucheos, me irrita con el cuento de la felicidad.
Llevo la faz del mundo en los bolsillos y la facha solemne
del concepto grabada en la mollera. Me desconozco un poco
entre las muchas personalidades que adopta mi sentido.
Unto mis rebanadas temporales en el aceite hirviendo
que bulle en las entrañas de los báratros que señalan mi rumbo
y me dejo caer en la mitad del cielo bondadoso
con la descongestión en la mirada que busca el infinito.
Yo vengo a ser un padre, un padre nuestro, un seminario ausente
precipitado a la salud del pueblo, otro poeta muerto,
otro poeta, al cabo y a la postre, otra resurrección,
Lázaro congelado en las hogueras de la cruz y el martillo,
ángel acentuado en cada sílaba, sombra que sabe a cuerpo
y alumbra un espejismo natural de levedad pictórica.
Llevo los números de la vergüenza soldados en la frente,
y los tengo en la punta de la lengua de fuego que me abrasa;
me vuelvo a dividir en mil secretos, en mil constelaciones
absueltas del pecado transparente que funda la memoria.
El vicio me acorrala en un oscuro ángulo de silencio,
trámite que me aguarda consternado, pero me alcanza sólido,
con la potencia nuclear del viento que agita los océanos
y la seguridad acartonada del francotirador.
Quiero un nombre ligero para dárselo a mis hijos hambrientos,
un nombre triste que comience en verso y lentamente vaya
descendiendo a la prosa, despojándose de sus antepasados,
un nombre en pleno rostro, con narices, y con los ojos verdes
dando a luz un futuro perseguido por daños y propósitos.
Tengo que decidirme entre dos almas, andrajosas y dulces,
y no le encuentro sorna al desenlace que propone la fiebre,
encuentro sordidez, remordimiento, palabras a traición,
calientes como rosas inefables, y vértigo instaurado,
un pandemónium de pequeñas fosas donde yacer infame,
inerte, tierra adentro, hecho un payaso deprimido y horrible.
Pues vengo a ser la voz de la experiencia, y acudo a los entierros
vestido de donjuán peripatético (un cáliz de mi sangre,
una copa de nieve inalterada, recién desprevenida).
Y acudo a las radiantes comuniones con el traje raído
y los zapatos huérfanos de estilo, los calcetines rotos,
las mandíbulas tensas, semejantes a cepos clandestinos,
la mancha de sudor bajo la axila creciendo hasta la náusea,
produciendo un hedor insospechado que fulmina pretextos,
y un sombrero invisible, encasquetado a la salud del vulgo,
que puede parecer algo de pelo o un bombín demodé,
según se mire al hombre o al poema, según y cómo sean
de culpables los ojos que lo miran de sus propios defectos.
a veces
A veces resucito, a veces muero.
A veces creo en dios, a veces en el diablo.
Dimito de mi ser con relativa frecuencia
y correteo las plazas abocado al espíritu,
planeo sobre gruesos hemisferios que juegan a los polos,
escarbo porque sí con unas zarpas
-con unas zarpas rosa carnes-vivas-,
afincando al esclavo en la paz de la tierra,
azotando al esclavo que llevo en la memoria.
Siempre que alguien proclama: ¡muera la inteligencia!,
hay un nido de víboras que festeja la creación del espanto.
El miedo nos defiende de los ellos que rebuznan,
de los bárbaros que especulan con la sangre
y nos exponen al oprobio galáctico.
Dan ganas de decir:
¡No estáis solos, modernos animales!,
que haremos instrumentos para salir del fango
y serán como las cuerdas que rodean los cuellos,
como regazos tibios y cadenas formales.
La libertad aburre. Recordamos los mitos.
Nos vence la nostalgia de una aldea grotesca,
con sus formidables garrotazos en el cráneo.
Algunos alicatan cuevas hasta el techo -simuladores humanos-
y se beben un zumo de naranja antes de zamparse la ración grasienta,
fornican en silencio y es lo único que hacen en silencio,
balbucean un idioma y hablan de carrerilla un mísero dialecto.
Otros espabilan para hacerse los tontos y convencer al padre de la novia.
A veces muero solo, a veces en familia.
A veces creo ver la forma de la bestia, su número de teléfono.
Declino invitaciones y me quedo en el ático, escarbando raíces,
desnudando al esclavo que trabaja en mi alma.
A veces creo en dios, a veces en el diablo.
Dimito de mi ser con relativa frecuencia
y correteo las plazas abocado al espíritu,
planeo sobre gruesos hemisferios que juegan a los polos,
escarbo porque sí con unas zarpas
-con unas zarpas rosa carnes-vivas-,
afincando al esclavo en la paz de la tierra,
azotando al esclavo que llevo en la memoria.
Siempre que alguien proclama: ¡muera la inteligencia!,
hay un nido de víboras que festeja la creación del espanto.
El miedo nos defiende de los ellos que rebuznan,
de los bárbaros que especulan con la sangre
y nos exponen al oprobio galáctico.
Dan ganas de decir:
¡No estáis solos, modernos animales!,
que haremos instrumentos para salir del fango
y serán como las cuerdas que rodean los cuellos,
como regazos tibios y cadenas formales.
La libertad aburre. Recordamos los mitos.
Nos vence la nostalgia de una aldea grotesca,
con sus formidables garrotazos en el cráneo.
Algunos alicatan cuevas hasta el techo -simuladores humanos-
y se beben un zumo de naranja antes de zamparse la ración grasienta,
fornican en silencio y es lo único que hacen en silencio,
balbucean un idioma y hablan de carrerilla un mísero dialecto.
Otros espabilan para hacerse los tontos y convencer al padre de la novia.
A veces muero solo, a veces en familia.
A veces creo ver la forma de la bestia, su número de teléfono.
Declino invitaciones y me quedo en el ático, escarbando raíces,
desnudando al esclavo que trabaja en mi alma.
presentación
Libre al fin, liberado de mi yugo,
me presento a los ágiles poetas.
Soy Esteban Granado y me conjugo
como el verbo volar de las cometas.
Con mis obras menores apechugo
y también con mis obras incompletas
(las mayores me sacan todo el jugo
de las venas poéticas secretas).
Guardo buena memoria de lo antiguo
para no recaer en el olvido,
pero soy partidario de lo nuevo.
Ante ustedes, poetas, me atestiguo,
libre al fin de mi yugo, desuncido,
y dispuesto a tomarles el relevo.
me presento a los ágiles poetas.
Soy Esteban Granado y me conjugo
como el verbo volar de las cometas.
Con mis obras menores apechugo
y también con mis obras incompletas
(las mayores me sacan todo el jugo
de las venas poéticas secretas).
Guardo buena memoria de lo antiguo
para no recaer en el olvido,
pero soy partidario de lo nuevo.
Ante ustedes, poetas, me atestiguo,
libre al fin de mi yugo, desuncido,
y dispuesto a tomarles el relevo.
el impulso cotidiano
Lo que tejiera el día, la noche lo desteje,
y en la ilusión deshecha germina otra mañana,
otra de abrir los ojos y de sentir el agua
que peligrosamente hace girar el mundo.
Un sol de camposanto arrecia en la llanura.
Localiza mi cuerpo dolorido y se ensaña
en la carne cubierta de llagas invisibles
(registra vida en mí, más allá de las sombras).
En propiedad el duelo, me reintegro al paso
religioso del tiempo y araño unos segundos
de nostalgia al continuo reverdecer del siglo.
Lo que fuera del día, la noche lo apacigua,
y en su serena fuente se beben las palabras,
¡qué mansa luz, entonces, deletrea mi nombre!
y en la ilusión deshecha germina otra mañana,
otra de abrir los ojos y de sentir el agua
que peligrosamente hace girar el mundo.
Un sol de camposanto arrecia en la llanura.
Localiza mi cuerpo dolorido y se ensaña
en la carne cubierta de llagas invisibles
(registra vida en mí, más allá de las sombras).
En propiedad el duelo, me reintegro al paso
religioso del tiempo y araño unos segundos
de nostalgia al continuo reverdecer del siglo.
Lo que fuera del día, la noche lo apacigua,
y en su serena fuente se beben las palabras,
¡qué mansa luz, entonces, deletrea mi nombre!
al borde de la luz
Al borde de la luz, lo veo todo negro,
diáfano que lo viera de tanta poesía.
Incurro en el pasado y allí me desintegro
en miles de recuerdos que duelen todavía.
Incurro en soledad -de lo que no me alegro,
por más que algún silencio despierte mi alegría-
y, en su huérfano vientre, al cielo reintegro
los restos del naufragio del alma que tenía.
¿Al filo de qué verso se funde la materia?
¿Al borde de qué abismo se ve la luz sagrada
cuya fecundidad arraiga en lo profundo?
Irrumpo en la verdad, termino en la miseria.
Lo veo todo negro, y no me desagrada,
por más que sea negra la pena en que me hundo.
diáfano que lo viera de tanta poesía.
Incurro en el pasado y allí me desintegro
en miles de recuerdos que duelen todavía.
Incurro en soledad -de lo que no me alegro,
por más que algún silencio despierte mi alegría-
y, en su huérfano vientre, al cielo reintegro
los restos del naufragio del alma que tenía.
¿Al filo de qué verso se funde la materia?
¿Al borde de qué abismo se ve la luz sagrada
cuya fecundidad arraiga en lo profundo?
Irrumpo en la verdad, termino en la miseria.
Lo veo todo negro, y no me desagrada,
por más que sea negra la pena en que me hundo.
martes, 8 de junio de 2010
poética
primer verso
Una fisonomía descarnada,
una sombra más larga que las nubes,
más diáfana que el tiempo.
Algún talento innato:
el fúnebre talento que avasalla
desde el engendro al cuerpo,
origen que es origen y palabra.
Para tener tesoros, alquilarlos
y ceñirlos al trámite:
un sello de papel con sus valores
expresados en forma de mansa eucaristía.
Para tener un ángel de la guarda,
el talento preciso, el sueño insuficiente;
la clase de cordura que recurre
a la putrefacción y no al instinto
sabueso de volcarse en el dolor.
Nacen los héroes.
En la esperanza del llanto conciliado,
en el ansia constante de un sonido pacífico,
también, de aquel sonoro
ferrocarril atlántico que sembrara promesas
y, amasando la piedra y el insecto,
fuese campana de los días libres.
La música es aquello que nos mueve,
aquello que nos hace y nos conduce.
Es la letra del aire,
la canción de las sombras,
el rudo desenlace de la luz.
Tiene un sentido gris
que apenas nos inquieta,
por mucho que se vista de colores alegres
y, con necios aplausos,
en las noches aciagas del verano inclemente,
la jaleen los débiles muchachos.
(Y los creyentes son como atletas del ritmo
y distribuyen píldoras radiantes.)
La música dispersa, descoyunta
cuellos de cisne, médulas,
torres espléndidas y minaretes.
Está en las amapolas consternadas;
en qué trigales puros,
en qué hierba dejada a su albedrío.
A veces, duerme el sueño de los crápulas,
corre sus aventuras,
o aprende economía
en el cuerpo glacial de una ramera.
Está en el ruiseñor,
orate de la fronda,
sobre su arrullo experto, su líquida presencia,
allende la fragancia de las prímulas,
más allá de la esencia natural.
Sobreactúa, en el fondo;
su expresión adolece de tanta melodía
que optimiza en exceso los paisajes.
Es por eso que debe permanecer oculta
entre las frases desafortunadas,
los jubilosos himnos,
las salves y los credos delirantes.
Aire callado, pues,
efluvios: humo.
Los ápices del sueño. Es el amor.
Lo incorruptible que nos abandona
en la niñez y vuelve, de soslayo,
a contarnos su historia paralela,
a narrar sus anécdotas humanas,
su lánguida herejía,
cuando ya no cabemos en la magia.
Un arca antigua
derramando sus dones,
una sustancia de ligeros vértices
acampada a la vera del camino,
una bruma pictórica
asida al breve pulso de la realidad.
Es de este modo
que se materializa la penumbra
en los pequeños corazones rotos,
y exige su tributo la nostalgia
a la jovialidad interrumpida.
Es en la música que se aligera
el tiempo a cada paso
y explotan las jornadas agobiantes
como perlas encintas de sudor,
que se aprenden los vicios de una vida,
los atajos, los túneles
inmensamente hendidos en la tierra,
el tránsito celeste de una mota de polvo.
Cuerdas vibrantes
arrancándole esquirlas al espacio,
sogas de rancia estirpe
abarcando cañones,
viajes organizados
por qué desfiladeros inefables;
verdugos en la línea de salida.
Cuerdas que ahorcan, miden, circunvalan,
muestran su autoridad a las distancias cósmicas,
se cuelgan de una viga y barbotean
metáforas de tono improcedente.
Una obscena canción sacude la ciudad;
las jóvenes maquillan sus ombligos,
ignorantes del leve tumulto de los valles,
sus risas extenúan
la parquedad ascética del hielo que perdura,
excitan el contacto,
el doloroso nudo
que sólo primavera restituye
con un escalofrío.
La risa que revienta las aceras
y causa estragos en el firmamento,
tan pegadiza ella, tan flamante.
Crecen en el asfalto,
flores de mal agüero
ataviadas con túnicas de piel. Y no son rosas.
Llevan el apellido de la espina,
la coraza ideal,
el espejo que aterra;
arrastran un decrépito color,
una fragancia ínfima
e inspiran devociones arcanas.
Estas flores del mal, que son tan sabias
y ocupan el cenit de los jardines.
segundo verso
¡Oh, la invasión del arpa!
Órganos que fluctúan su emergencia
-¿qué otras flautas sonríen
con esa enferma sobriedad acústica?-,
ceremoniales, sordos,
serenos en presencia de algún dios,
tensos frente a sus ídolos de barro.
Leyes de hierro
que gobiernan la mano del artista
y la fecundidad del arco iris,
la senda de la pluma
y su descanso errático,
el corriente descenso a lo vertiginoso
que realiza el verbo
cuando el ruido rebasa lo tangible
y deviene completo en su caudal impulso.
De repente, una página se escandaliza de
su blanco proceder en un cuento de hadas;
no en otra superficie
imprime el vate su correspondencia,
graba el pérfido sello de su antorcha.
Y la verdad espera, disfrazada de angustia,
el tenue advenimiento de la sangre,
su fatídica hora, el momento solemne
de los vasos que estallan,
de las urnas que escupen sus cenizas
describiendo una trágica secuencia
de imágenes y versos.
Libre la mano de los ecos dóciles
y las voces apenas perceptibles,
guiada con brutal sabiduría
por el fragor mendaz de la batalla,
el cañoneo arisco de los púlpitos,
patios de monipodio,
conducida al cadalso,
al rectángulo negro del abismo.
Ah, la canción de guerra,
castrada sinfonía,
desfilando sus tercos festivales,
destripando el candor civilizado
de los rostros sin nombre.
Épica del horror
y la miseria impuestos al destino.
Impacientes tambores, aguerridas cornetas
y un sinnúmero gris de sepulturas,
unidos en el grito tenebroso
del miedo natural
(noche de arengas, disciplina inglesa,
ya fértil en cadáveres,
como estéril en átomos de infancia).
Cerebros al final de su andadura,
enloquecidos cráneos
de ironía finísima,
miembros desordenados;
una defectuosa lengua muerta
para expresar la fe,
lejos de aquélla que imperiosa exalta
el vuelo de las aves
y adorna las cabriolas de los potros,
no la que tiende, sin esfuerzo alguno,
a la felicidad sencilla que transmiten
las aniñadas góndolas
o las nubes de cara sonrosada;
una lengua furtiva,
bifurcada en su bárbara serpiente,
para dar fe de ausencia y pensamiento
y liberar al mundo de su implacable autismo.
Soflamas hechas en el misterioso
idioma de los seres inhumanos,
sonidos guturales que provocan el pánico:
una piedra en la luna del estanque.
Diríase levitan a la inversa,
dos metros bajo tierra,
mordisqueadas notas de tensión inaudita
que desconocen la inconexa pauta
de los limpios acordes que sostienen en vilo
las sucesivas bóvedas,
mas, ocurre que vuelan en bandadas elásticas
agitando las ondas que le hablan
directamente al nervio corazón.
Nada supera el valor del estigma,
ningún dolor excede su escarmiento,
ninguna herida sangra más despacio;
es cuestión de dormirse en los laureles
e idear una hermética, un discurso
abierto a la fortuna.
Lo breve, desfallece.
Y permanece el ruedo;
predominan el ruedo y el pastiche,
la irrechazable oferta del altar
y la desproporción de las fachadas.
Es en la herida que se aplica el hierro
candente y es la espuela
la que penetra en carne viva y viene
a torturar los huesos,
a desacreditar las mieles del verano
y a vigilar las sienes enemigas,
el bajo vientre aquél de los mayores.
Cuánta revolución en un grano de arena,
en una gota destinada al fiasco,
en los estrepitosos mármoles
de los holgados caserones que se dibujan en las ruinas;
qué poderoso elenco de materias
se apelmaza en un copo
de acrobática nieve;
qué sustancia requiere de una forma
derivada del odio y la costumbre
y cuál halla su molde en las esferas libres
batidas por la curva rigurosa del tiempo.
Se filtra una ilusión,
por entre las rendijas y las grietas mayúsculas
que edifican el templo del ahora;
desciende graves rampas de memoria,
toboganes de olvido,
navega redes cárdenas o trascendentes piélagos,
cabalga, a ratos, presa
de la incapacidad y la vergüenza,
una constelación de sueños rotos.
Se infiltra en las gargantas
y grita en las entrañas: ¡arrancad!;
desarraigad banderas,
haced jirones el santuario donde se fragua la masacre,
derribad los helados paredones
de la patria invisible,
pretended la caricia de las hélices,
el yugo de los besos,
¡la fiebre adolescente que funde los instintos maternales!
Si apenas es un trance;
el reputado ensueño
de quien no ha visto el mar,
su albiceleste onda,
siquiera en las pantallas
que invaden de pobreza el horizonte.
Aterido maná que degenera en salvas de granizo
y, así toca la atmósfera con los dedos urgentes,
define una potencia de la selva,
resuelve una ecuación inacabada.
El género de dudas
que burla los controles de la ciencia
e insiste en su gramática
con la saña invariable del maestro.
La mística violada,
huérfana de cachetes afectuosos,
reducida a cenizas
como una casa nueva
(la pelota en el parque, y las exequias).
Que difundida absorbe catedrales
y vomita cacharros tan inútiles,
defensa que conduce con genuina flor.
Inspiración.
es digna de alabar
Existe una poética loable
que frecuenta las anchas carreteras,
las barras de los bares, el alcohol,
y consigue una plata desvaída,
lunas de caramelo
flotando sobre áridas planicies,
espejos de cartón e ilegibles acrósticos,
que arrebata con ínfulas
de prosa norteamericana, humos de mítica autopista,
venenosas serpientes y plumas de alquitrán;
que describe las rocas con su fornido acento
y es la espiga orgullosa,
la reina personal de la cosecha,
el tronco más inmóvil,
pero vivo.
Contiene sus verdades,
en el rastro moderno del aceite,
la marca de sudor bajo la axila,
el sudor en la frente, que se desliza y mancha,
la próxima parada del tranvía perfecto.
He aquí una épica de acción grasienta,
quizás engominada
hasta el buen paroxismo de los ejecutivos
adictos al mercado;
la gesta persuasiva, el sufrido glamour
de los artistas y las marionetas
al servicio de un miedo inteligente.
Aporta versos dignos,
últimos versos imperecederos,
intriga, por momentos, en su desigualdad,
y sigue, atónita de versos, escayolando cielos plúmbeos
y dando marcha atrás con perspicacia.
Infunde lejanía de road movie,
cansancio de ascensión, trato de cima,
ofrece su avanzada redentora,
su patrulla de lobos y marines,
y conserva el prestigio
intacto de los árboles en llamas.
Con el gran padre blanco y su poema excelso,
su homilía vernal y enredadera,
replicando senderos en las tardes de otoño,
izados hasta el fin de su estatura
los versos condenables,
excluidas las ramas del amor
y sus hojas perennes,
y sus líneas románticas prescritas
en aras de una nimia rebelión.
Que gana en concreción y pierde en trascendencia,
que no traspasa porque sus fronteras
ocupan meridianos antagónicos
y porque tiene sitio
para disimular su centro, agallas para corromperse.
Atentos al dolor,
que es del color de su perfume neutro,
o de color amígdala, amoratada y fresa
y color silla eléctrica
a juego con la cámara de gas.
El dolor del suburbio derribado.
Escalofríos en la cola del paro, en la escasez del pan:
todo lo interminable
alzado en armas contra dios y su miseria omnipotente.
Sin una tradición de emperadores,
mitificando su pequeña historia,
ahítos de carisma,
inventando epopeyas a la medida de los superhombres,
manejando el ridículo con levedad artística.
De su reciente sangre, ¡qué decir!,
¡qué añadir a su huella pavorosa!
Afirmar que su rango prevalece
es ocultar un orbe de profetas,
menospreciar su encanto es un error,
definir su tamaño
resulta, ciertamente, una empresa titánica.
El país en los pétalos de una rosa nupcial,
los cálices en ruta, golpeando el asfalto
con sincero temblor. Glaucos atardeceres
prisioneros del frío,
auroras en estado de excepción,
juergas nocturnas y felicidades
capaces de poblar de maravillas
una vida cualquiera.
Después, el espejismo
que sucede al encuentro con algo extraordinario,
la máxima aproximación a la verdad inaccesible
que pueden permitirse las hebras del cristal;
insomnios y problemas, tardes sin existencia,
apagadas ventanas
configurando pozos de petróleo.
de ignorar
Otras extenuaciones
pertenecen al medio cotidiano
e imitan la ceguera de los besos,
absorben energía e irradian producción:
un credo, una liturgia de pueblos tan absortos.
Seguramente vuelan.
Alas que se despliegan excelentes
con esa fortaleza de músculos completos;
plumas que vaticinan la corrección del aire,
su infame tachadura,
el vívido paréntesis que introduce la brisa
entre las oraciones expiradas
y las subordinadas al sordo pensamiento;
y es casi una corriente taxativa
que lanza meteoros
por troneras, balcones y azoteas,
que masculla tejados
y vulnera los templos con ingenua caricia,
la que galopa por el firmamento,
así, pulcra estampida de pegasos,
arrebatando el cuerpo a las estrellas
(de su vuelo bonito,
brota una plétora de intimidad
que multiplica la salud del mundo).
Alas para nacer junto a los héroes,
celebrar antológicas victorias
y asistir al mecánico despojo de la guerra;
versallesca o festiva,
¡qué digna esclavitud!,
la torva liviandad
que simula cargarse de cadenas
mientras concibe un plan vertiginoso.
Cuenta cada modesto atardecer,
cada jugosa perla de rocío
animada de hielo en su cintura,
cada infinito alarde de la tierra;
como el remoto silbo
que ahoga el ruiseñor en su plumaje,
las impermeables copas
de los árboles, cuentan,
y cuentan con los dedos de su alegre inconsciencia
los jardines nonatos que anidan en los valles...
¿Qué objeto, apenas blando,
no adquiere carta de notoriedad
en un renglón u otro de ese himno?
Hay un eco inmaduro,
esbirro del fervor que prolifera,
un resabio de viejo continente;
y navajas de miedo, empalizadas
que imitan cordilleras,
agujeros que son fosas comunes,
pulsantes cementerios
anclados sobre míseras colinas,
vigilados por negros centinelas de altura
(pero menos aciagos, siquiera deprimidos,
y los ecos agudos pero llanos
y las navajas níveas
y los huecos tal vez como oquedades,
pero menos que lóbregas,
azules de una gama primitiva).
De su vuelo bonito, de las garzas,
retorna, flor-estela,
cómplice del pasado amenazante,
y sin embargo vuela, tan menuda,
tan ciegamente opuesta a su perfil,
arrojando siluetas por el techo,
dardos anónimos de llaga fina,
de febril picadura y mano etérea,
que conmueve y extiende el dominio del águila
-su república frágil-
y almacena volúmenes de invierno,
cepas revueltas, olas de calor,
que deviene lugar fuera de sitio
y musita palabras ilegales
que conjuran en vano a la belleza.
Promiscua intimación,
que ya militariza las entrañas,
ya diezma los sentidos,
en su catarsis uniformadora,
pues todo lo rezuma de misterio
porque todo lo quiere transparente,
y recuerda a los juegos infantiles,
a la primera sangre del primer beso en falso,
que brota manantial para quedarse,
al primer escenario del amor ideal.
Escuela de ficción:
“un centenar de fiordos interpreta a cien damas en apuros”.
El agua oscura, el agua un mar de lágrimas,
los elfos vegetando al pie de sus melenas,
pergeñando conquistas enojosas.
Y los reinos cansados de sus clases sociales,
hartos del pleonasmo de sus líderes.
Tiembla el país del arte,
bajo la mesa, las extremidades
se sacuden el peso de los siglos,
los extremos se tocan
y es grave su contacto, perentorio,
un soplo independiente que origina
flaccidez en mandíbulas y miembros.
Comienza el espectáculo verbal.
¡Oh, necedad itinerante, qué peligrosa tu franqueza
impregna las baladas inocentes!
de creer
Por último, la fe,
sugerencia de fuentes torrenciales,
ocultos manuscritos,
bibliotecas presentes y futuras;
drogas que preponderan y vomitan espuma,
que a veces prenden en la carne seca
y ocasionan incendios
que calcinan hectáreas de conciencia;
drogas que degeneran vida propia
y se consumen hasta la sustancia,
que devoran las millas a millares,
desde que surcan procelosos índicos
infestados de algas,
perlados de diamantes arrecifes.
Es una introducción a la indecencia
esa fe que predican los pastores,
algo no repentino, algo estudiado,
preciso y demasiado virtuoso.
Ahora, el verso esperanzado, el verso
que rinde pleitesía
a las cartas antiguas y los propicios rumbos,
siempre desconocidos;
verso fuera del mundo, signo errante,
cometa y arlequín,
esquina con Rimbaud y aquellas flores
de inconfesable aroma,
desagradablemente íntimas, como pecados de familia.
Ahora, el verso navegante, el sueño
profundo, hospitalario,
de los campos solares de Ketama,
el trance maquinal o el estro zurdo
de los muertos divinos, su apaciguado numen.
De pronto, el verso es polen, es el polen marítimo
que tira por la borda ramilletes de orquídeas
y se agarra a los mástiles con deportivo afán.
Es la letra escarlata que inaugura la estrofa,
mariscal de su ejército versátil,
el marinero raso
que ejecuta sin pausa las órdenes del viento.
Ahora, es el progreso de la idea
lo que consigue hegemonía y forma;
quedan atrás los dátiles desnudos,
los animales y los cazadores,
y ciertas estructuras de maldad
desaparecen de la vista tras nebulosos cortinajes.
Son postergados los del arco iris,
en respuesta a su plena ineficacia,
y se ven los demás favorecidos:
colores del montón, colores ciegos,
cualquiera en la paleta del pintor inaudito,
cualquiera de la pesadilla, cualquier inexpugnable atisbo
de la belleza inerte.
Naturaleza cero en el programa,
humanidad allende toda ley,
resentimiento, furia;
por doquier, el amor
insatisfecho de los corazones,
el amor terrorista de las mentes,
con su química inicua
fabricándose celos y desplantes.
En el programa, un solo de ternura
para decir que hay un sentimiento;
en el poema un metro para medir las frentes,
una vara mojada,
un rasero de porte alejandrino.
En el poeta un sesgo proletario,
un resplandor obrero capturado en las fraguas,
un vicio campesino
y un latido hacia el éxito de mayo:
fulgores del oficio.
recapitulación
Aquí, la brújula para el poeta,
una mayéutica cercana a la mejor del universo,
a la voz apacible del maestro artesano,
que es una voz de manos que deshacen
y de brazos que creen en sus manos,
una voz conductora, fecunda de promesas,
surcada de penumbras,
sumida en el letargo del adiós.
Tocan a despedida las campanillas rojas,
los pañuelos se estrellan
contra el fugaz contorno de lo ausente.
¿Qué no dirán los versos extraviados
en pantanales sórdidos o embarazosas ciénagas,
lejos del aura fácil, protectora,
de la elocuencia lírica?
(¿Dirán estaca, cáscara y estómago,
burdel y cuerno, playa y catecismo?,
¿se rascarán las ingles
adoptando posturas deshonestas?,
¿o bien renunciarán a la rima sencilla de la carne
y, en consonancia con su jerarquía,
ascenderán en odas verticales
al paraíso de los pervertidos?)
Las elucubraciones no encuentran acomodo
en esta poesía gobernada
por groseros fantasmas, hadas buenas,
personajes sin fondo
e idílicos mosaicos vegetales.
No es posible frenar este torrente
de potestad y crédito,
este aluvión de gemas precintadas,
esta manga de mar entrometida.
Porque los versos gritan lo que sigila el tiempo,
la parte fehaciente del discurso vital,
lo innombrable, sujeto a la censura previa
de la pobre cultura ensimismada.
Gritan silencio, aúllan su fiereza nocturna,
vociferan, gentiles, sus consignas
prerrevolucionarias
y omiten el acero que tuerce voluntades
y demuele basílicas modernas y palacios.
No son hermosos. Su belleza no impone mandamiento alguno,
ni responde a la sana percepción
que los ecuánimes ejercen sobre sus ávidos instantes,
más bien se corresponde con el néctar urbano
que engrasa el mecanismo sutil de las cloacas,
y con una visión efervescente,
escabrosa, del llano acontecer.
No perfuman las páginas de incienso
como botafumeiros balbucientes,
aturden con el trágico hedor de los cadáveres
y esparcen una ronca pestilencia
que repugna el olfato de los sabios.
Tampoco hablan de dios.
Impíos que se apartan del milagro
que aprecian los corderos, sin renunciar por ello
al ímpetu formal del mesianismo.
Creyentes que transigen con la duda
para reconocerse en la palabra.
la verdad
Un estremecimiento. La columna de humo
escala en el vacío; las volutas dispersas
se descomponen pronto, ahuecadas y rubias;
tiran las chimeneas en una variopinta densidad
de sucedáneo smog y nubecillas raras,
las nubecillas químicas que van adecentando
la maraña suicida de ponzoñosas frases,
y que van corrigiendo, tachando verbos laxos
de acción invertebrada, anotando panfletos
al margen de la ley en impasibles crónicas,
desechando modales demasiado lujosos.
No cabe otra semántica,
otra estructura, otro andamiaje, otra manera de crecer
y transportar la voz.
Afuera, no habrá almas, ni pasaportes válidos,
ni célicas aduanas donde ensayar sobornos
o fingir el dominio de las situaciones.
Habrá solo una tiza para marcar las lápidas,
un empinado umbral de aterradora planta:
prosperarán los cardos de convincente espina
en beneficio de las amapolas,
y el matorral, en auge florentísimo,
medrará entre barbechos y trigales.
Así, repta el poema,
con esa parsimonia de séquito final,
bajo las alambradas populares,
escorado hacia el dogma
e inoculado de vulgares estereotipos, partidario
de los significados relativos
y de la incertidumbre, pero inclinado al grueso
trazo que preconiza la comedia
y no a la extravagante pincelada,
antes al rengo hipódromo de la amena tertulia
que a la fraternidad intelectual.
No suelta prenda, en síntesis.
Se reserva el mensaje,
abdica de su trono y exhibe su poder apocalíptico.
Es una marioneta estropeada.
FIN
Una fisonomía descarnada,
una sombra más larga que las nubes,
más diáfana que el tiempo.
Algún talento innato:
el fúnebre talento que avasalla
desde el engendro al cuerpo,
origen que es origen y palabra.
Para tener tesoros, alquilarlos
y ceñirlos al trámite:
un sello de papel con sus valores
expresados en forma de mansa eucaristía.
Para tener un ángel de la guarda,
el talento preciso, el sueño insuficiente;
la clase de cordura que recurre
a la putrefacción y no al instinto
sabueso de volcarse en el dolor.
Nacen los héroes.
En la esperanza del llanto conciliado,
en el ansia constante de un sonido pacífico,
también, de aquel sonoro
ferrocarril atlántico que sembrara promesas
y, amasando la piedra y el insecto,
fuese campana de los días libres.
La música es aquello que nos mueve,
aquello que nos hace y nos conduce.
Es la letra del aire,
la canción de las sombras,
el rudo desenlace de la luz.
Tiene un sentido gris
que apenas nos inquieta,
por mucho que se vista de colores alegres
y, con necios aplausos,
en las noches aciagas del verano inclemente,
la jaleen los débiles muchachos.
(Y los creyentes son como atletas del ritmo
y distribuyen píldoras radiantes.)
La música dispersa, descoyunta
cuellos de cisne, médulas,
torres espléndidas y minaretes.
Está en las amapolas consternadas;
en qué trigales puros,
en qué hierba dejada a su albedrío.
A veces, duerme el sueño de los crápulas,
corre sus aventuras,
o aprende economía
en el cuerpo glacial de una ramera.
Está en el ruiseñor,
orate de la fronda,
sobre su arrullo experto, su líquida presencia,
allende la fragancia de las prímulas,
más allá de la esencia natural.
Sobreactúa, en el fondo;
su expresión adolece de tanta melodía
que optimiza en exceso los paisajes.
Es por eso que debe permanecer oculta
entre las frases desafortunadas,
los jubilosos himnos,
las salves y los credos delirantes.
Aire callado, pues,
efluvios: humo.
Los ápices del sueño. Es el amor.
Lo incorruptible que nos abandona
en la niñez y vuelve, de soslayo,
a contarnos su historia paralela,
a narrar sus anécdotas humanas,
su lánguida herejía,
cuando ya no cabemos en la magia.
Un arca antigua
derramando sus dones,
una sustancia de ligeros vértices
acampada a la vera del camino,
una bruma pictórica
asida al breve pulso de la realidad.
Es de este modo
que se materializa la penumbra
en los pequeños corazones rotos,
y exige su tributo la nostalgia
a la jovialidad interrumpida.
Es en la música que se aligera
el tiempo a cada paso
y explotan las jornadas agobiantes
como perlas encintas de sudor,
que se aprenden los vicios de una vida,
los atajos, los túneles
inmensamente hendidos en la tierra,
el tránsito celeste de una mota de polvo.
Cuerdas vibrantes
arrancándole esquirlas al espacio,
sogas de rancia estirpe
abarcando cañones,
viajes organizados
por qué desfiladeros inefables;
verdugos en la línea de salida.
Cuerdas que ahorcan, miden, circunvalan,
muestran su autoridad a las distancias cósmicas,
se cuelgan de una viga y barbotean
metáforas de tono improcedente.
Una obscena canción sacude la ciudad;
las jóvenes maquillan sus ombligos,
ignorantes del leve tumulto de los valles,
sus risas extenúan
la parquedad ascética del hielo que perdura,
excitan el contacto,
el doloroso nudo
que sólo primavera restituye
con un escalofrío.
La risa que revienta las aceras
y causa estragos en el firmamento,
tan pegadiza ella, tan flamante.
Crecen en el asfalto,
flores de mal agüero
ataviadas con túnicas de piel. Y no son rosas.
Llevan el apellido de la espina,
la coraza ideal,
el espejo que aterra;
arrastran un decrépito color,
una fragancia ínfima
e inspiran devociones arcanas.
Estas flores del mal, que son tan sabias
y ocupan el cenit de los jardines.
segundo verso
¡Oh, la invasión del arpa!
Órganos que fluctúan su emergencia
-¿qué otras flautas sonríen
con esa enferma sobriedad acústica?-,
ceremoniales, sordos,
serenos en presencia de algún dios,
tensos frente a sus ídolos de barro.
Leyes de hierro
que gobiernan la mano del artista
y la fecundidad del arco iris,
la senda de la pluma
y su descanso errático,
el corriente descenso a lo vertiginoso
que realiza el verbo
cuando el ruido rebasa lo tangible
y deviene completo en su caudal impulso.
De repente, una página se escandaliza de
su blanco proceder en un cuento de hadas;
no en otra superficie
imprime el vate su correspondencia,
graba el pérfido sello de su antorcha.
Y la verdad espera, disfrazada de angustia,
el tenue advenimiento de la sangre,
su fatídica hora, el momento solemne
de los vasos que estallan,
de las urnas que escupen sus cenizas
describiendo una trágica secuencia
de imágenes y versos.
Libre la mano de los ecos dóciles
y las voces apenas perceptibles,
guiada con brutal sabiduría
por el fragor mendaz de la batalla,
el cañoneo arisco de los púlpitos,
patios de monipodio,
conducida al cadalso,
al rectángulo negro del abismo.
Ah, la canción de guerra,
castrada sinfonía,
desfilando sus tercos festivales,
destripando el candor civilizado
de los rostros sin nombre.
Épica del horror
y la miseria impuestos al destino.
Impacientes tambores, aguerridas cornetas
y un sinnúmero gris de sepulturas,
unidos en el grito tenebroso
del miedo natural
(noche de arengas, disciplina inglesa,
ya fértil en cadáveres,
como estéril en átomos de infancia).
Cerebros al final de su andadura,
enloquecidos cráneos
de ironía finísima,
miembros desordenados;
una defectuosa lengua muerta
para expresar la fe,
lejos de aquélla que imperiosa exalta
el vuelo de las aves
y adorna las cabriolas de los potros,
no la que tiende, sin esfuerzo alguno,
a la felicidad sencilla que transmiten
las aniñadas góndolas
o las nubes de cara sonrosada;
una lengua furtiva,
bifurcada en su bárbara serpiente,
para dar fe de ausencia y pensamiento
y liberar al mundo de su implacable autismo.
Soflamas hechas en el misterioso
idioma de los seres inhumanos,
sonidos guturales que provocan el pánico:
una piedra en la luna del estanque.
Diríase levitan a la inversa,
dos metros bajo tierra,
mordisqueadas notas de tensión inaudita
que desconocen la inconexa pauta
de los limpios acordes que sostienen en vilo
las sucesivas bóvedas,
mas, ocurre que vuelan en bandadas elásticas
agitando las ondas que le hablan
directamente al nervio corazón.
Nada supera el valor del estigma,
ningún dolor excede su escarmiento,
ninguna herida sangra más despacio;
es cuestión de dormirse en los laureles
e idear una hermética, un discurso
abierto a la fortuna.
Lo breve, desfallece.
Y permanece el ruedo;
predominan el ruedo y el pastiche,
la irrechazable oferta del altar
y la desproporción de las fachadas.
Es en la herida que se aplica el hierro
candente y es la espuela
la que penetra en carne viva y viene
a torturar los huesos,
a desacreditar las mieles del verano
y a vigilar las sienes enemigas,
el bajo vientre aquél de los mayores.
Cuánta revolución en un grano de arena,
en una gota destinada al fiasco,
en los estrepitosos mármoles
de los holgados caserones que se dibujan en las ruinas;
qué poderoso elenco de materias
se apelmaza en un copo
de acrobática nieve;
qué sustancia requiere de una forma
derivada del odio y la costumbre
y cuál halla su molde en las esferas libres
batidas por la curva rigurosa del tiempo.
Se filtra una ilusión,
por entre las rendijas y las grietas mayúsculas
que edifican el templo del ahora;
desciende graves rampas de memoria,
toboganes de olvido,
navega redes cárdenas o trascendentes piélagos,
cabalga, a ratos, presa
de la incapacidad y la vergüenza,
una constelación de sueños rotos.
Se infiltra en las gargantas
y grita en las entrañas: ¡arrancad!;
desarraigad banderas,
haced jirones el santuario donde se fragua la masacre,
derribad los helados paredones
de la patria invisible,
pretended la caricia de las hélices,
el yugo de los besos,
¡la fiebre adolescente que funde los instintos maternales!
Si apenas es un trance;
el reputado ensueño
de quien no ha visto el mar,
su albiceleste onda,
siquiera en las pantallas
que invaden de pobreza el horizonte.
Aterido maná que degenera en salvas de granizo
y, así toca la atmósfera con los dedos urgentes,
define una potencia de la selva,
resuelve una ecuación inacabada.
El género de dudas
que burla los controles de la ciencia
e insiste en su gramática
con la saña invariable del maestro.
La mística violada,
huérfana de cachetes afectuosos,
reducida a cenizas
como una casa nueva
(la pelota en el parque, y las exequias).
Que difundida absorbe catedrales
y vomita cacharros tan inútiles,
defensa que conduce con genuina flor.
Inspiración.
es digna de alabar
Existe una poética loable
que frecuenta las anchas carreteras,
las barras de los bares, el alcohol,
y consigue una plata desvaída,
lunas de caramelo
flotando sobre áridas planicies,
espejos de cartón e ilegibles acrósticos,
que arrebata con ínfulas
de prosa norteamericana, humos de mítica autopista,
venenosas serpientes y plumas de alquitrán;
que describe las rocas con su fornido acento
y es la espiga orgullosa,
la reina personal de la cosecha,
el tronco más inmóvil,
pero vivo.
Contiene sus verdades,
en el rastro moderno del aceite,
la marca de sudor bajo la axila,
el sudor en la frente, que se desliza y mancha,
la próxima parada del tranvía perfecto.
He aquí una épica de acción grasienta,
quizás engominada
hasta el buen paroxismo de los ejecutivos
adictos al mercado;
la gesta persuasiva, el sufrido glamour
de los artistas y las marionetas
al servicio de un miedo inteligente.
Aporta versos dignos,
últimos versos imperecederos,
intriga, por momentos, en su desigualdad,
y sigue, atónita de versos, escayolando cielos plúmbeos
y dando marcha atrás con perspicacia.
Infunde lejanía de road movie,
cansancio de ascensión, trato de cima,
ofrece su avanzada redentora,
su patrulla de lobos y marines,
y conserva el prestigio
intacto de los árboles en llamas.
Con el gran padre blanco y su poema excelso,
su homilía vernal y enredadera,
replicando senderos en las tardes de otoño,
izados hasta el fin de su estatura
los versos condenables,
excluidas las ramas del amor
y sus hojas perennes,
y sus líneas románticas prescritas
en aras de una nimia rebelión.
Que gana en concreción y pierde en trascendencia,
que no traspasa porque sus fronteras
ocupan meridianos antagónicos
y porque tiene sitio
para disimular su centro, agallas para corromperse.
Atentos al dolor,
que es del color de su perfume neutro,
o de color amígdala, amoratada y fresa
y color silla eléctrica
a juego con la cámara de gas.
El dolor del suburbio derribado.
Escalofríos en la cola del paro, en la escasez del pan:
todo lo interminable
alzado en armas contra dios y su miseria omnipotente.
Sin una tradición de emperadores,
mitificando su pequeña historia,
ahítos de carisma,
inventando epopeyas a la medida de los superhombres,
manejando el ridículo con levedad artística.
De su reciente sangre, ¡qué decir!,
¡qué añadir a su huella pavorosa!
Afirmar que su rango prevalece
es ocultar un orbe de profetas,
menospreciar su encanto es un error,
definir su tamaño
resulta, ciertamente, una empresa titánica.
El país en los pétalos de una rosa nupcial,
los cálices en ruta, golpeando el asfalto
con sincero temblor. Glaucos atardeceres
prisioneros del frío,
auroras en estado de excepción,
juergas nocturnas y felicidades
capaces de poblar de maravillas
una vida cualquiera.
Después, el espejismo
que sucede al encuentro con algo extraordinario,
la máxima aproximación a la verdad inaccesible
que pueden permitirse las hebras del cristal;
insomnios y problemas, tardes sin existencia,
apagadas ventanas
configurando pozos de petróleo.
de ignorar
Otras extenuaciones
pertenecen al medio cotidiano
e imitan la ceguera de los besos,
absorben energía e irradian producción:
un credo, una liturgia de pueblos tan absortos.
Seguramente vuelan.
Alas que se despliegan excelentes
con esa fortaleza de músculos completos;
plumas que vaticinan la corrección del aire,
su infame tachadura,
el vívido paréntesis que introduce la brisa
entre las oraciones expiradas
y las subordinadas al sordo pensamiento;
y es casi una corriente taxativa
que lanza meteoros
por troneras, balcones y azoteas,
que masculla tejados
y vulnera los templos con ingenua caricia,
la que galopa por el firmamento,
así, pulcra estampida de pegasos,
arrebatando el cuerpo a las estrellas
(de su vuelo bonito,
brota una plétora de intimidad
que multiplica la salud del mundo).
Alas para nacer junto a los héroes,
celebrar antológicas victorias
y asistir al mecánico despojo de la guerra;
versallesca o festiva,
¡qué digna esclavitud!,
la torva liviandad
que simula cargarse de cadenas
mientras concibe un plan vertiginoso.
Cuenta cada modesto atardecer,
cada jugosa perla de rocío
animada de hielo en su cintura,
cada infinito alarde de la tierra;
como el remoto silbo
que ahoga el ruiseñor en su plumaje,
las impermeables copas
de los árboles, cuentan,
y cuentan con los dedos de su alegre inconsciencia
los jardines nonatos que anidan en los valles...
¿Qué objeto, apenas blando,
no adquiere carta de notoriedad
en un renglón u otro de ese himno?
Hay un eco inmaduro,
esbirro del fervor que prolifera,
un resabio de viejo continente;
y navajas de miedo, empalizadas
que imitan cordilleras,
agujeros que son fosas comunes,
pulsantes cementerios
anclados sobre míseras colinas,
vigilados por negros centinelas de altura
(pero menos aciagos, siquiera deprimidos,
y los ecos agudos pero llanos
y las navajas níveas
y los huecos tal vez como oquedades,
pero menos que lóbregas,
azules de una gama primitiva).
De su vuelo bonito, de las garzas,
retorna, flor-estela,
cómplice del pasado amenazante,
y sin embargo vuela, tan menuda,
tan ciegamente opuesta a su perfil,
arrojando siluetas por el techo,
dardos anónimos de llaga fina,
de febril picadura y mano etérea,
que conmueve y extiende el dominio del águila
-su república frágil-
y almacena volúmenes de invierno,
cepas revueltas, olas de calor,
que deviene lugar fuera de sitio
y musita palabras ilegales
que conjuran en vano a la belleza.
Promiscua intimación,
que ya militariza las entrañas,
ya diezma los sentidos,
en su catarsis uniformadora,
pues todo lo rezuma de misterio
porque todo lo quiere transparente,
y recuerda a los juegos infantiles,
a la primera sangre del primer beso en falso,
que brota manantial para quedarse,
al primer escenario del amor ideal.
Escuela de ficción:
“un centenar de fiordos interpreta a cien damas en apuros”.
El agua oscura, el agua un mar de lágrimas,
los elfos vegetando al pie de sus melenas,
pergeñando conquistas enojosas.
Y los reinos cansados de sus clases sociales,
hartos del pleonasmo de sus líderes.
Tiembla el país del arte,
bajo la mesa, las extremidades
se sacuden el peso de los siglos,
los extremos se tocan
y es grave su contacto, perentorio,
un soplo independiente que origina
flaccidez en mandíbulas y miembros.
Comienza el espectáculo verbal.
¡Oh, necedad itinerante, qué peligrosa tu franqueza
impregna las baladas inocentes!
de creer
Por último, la fe,
sugerencia de fuentes torrenciales,
ocultos manuscritos,
bibliotecas presentes y futuras;
drogas que preponderan y vomitan espuma,
que a veces prenden en la carne seca
y ocasionan incendios
que calcinan hectáreas de conciencia;
drogas que degeneran vida propia
y se consumen hasta la sustancia,
que devoran las millas a millares,
desde que surcan procelosos índicos
infestados de algas,
perlados de diamantes arrecifes.
Es una introducción a la indecencia
esa fe que predican los pastores,
algo no repentino, algo estudiado,
preciso y demasiado virtuoso.
Ahora, el verso esperanzado, el verso
que rinde pleitesía
a las cartas antiguas y los propicios rumbos,
siempre desconocidos;
verso fuera del mundo, signo errante,
cometa y arlequín,
esquina con Rimbaud y aquellas flores
de inconfesable aroma,
desagradablemente íntimas, como pecados de familia.
Ahora, el verso navegante, el sueño
profundo, hospitalario,
de los campos solares de Ketama,
el trance maquinal o el estro zurdo
de los muertos divinos, su apaciguado numen.
De pronto, el verso es polen, es el polen marítimo
que tira por la borda ramilletes de orquídeas
y se agarra a los mástiles con deportivo afán.
Es la letra escarlata que inaugura la estrofa,
mariscal de su ejército versátil,
el marinero raso
que ejecuta sin pausa las órdenes del viento.
Ahora, es el progreso de la idea
lo que consigue hegemonía y forma;
quedan atrás los dátiles desnudos,
los animales y los cazadores,
y ciertas estructuras de maldad
desaparecen de la vista tras nebulosos cortinajes.
Son postergados los del arco iris,
en respuesta a su plena ineficacia,
y se ven los demás favorecidos:
colores del montón, colores ciegos,
cualquiera en la paleta del pintor inaudito,
cualquiera de la pesadilla, cualquier inexpugnable atisbo
de la belleza inerte.
Naturaleza cero en el programa,
humanidad allende toda ley,
resentimiento, furia;
por doquier, el amor
insatisfecho de los corazones,
el amor terrorista de las mentes,
con su química inicua
fabricándose celos y desplantes.
En el programa, un solo de ternura
para decir que hay un sentimiento;
en el poema un metro para medir las frentes,
una vara mojada,
un rasero de porte alejandrino.
En el poeta un sesgo proletario,
un resplandor obrero capturado en las fraguas,
un vicio campesino
y un latido hacia el éxito de mayo:
fulgores del oficio.
recapitulación
Aquí, la brújula para el poeta,
una mayéutica cercana a la mejor del universo,
a la voz apacible del maestro artesano,
que es una voz de manos que deshacen
y de brazos que creen en sus manos,
una voz conductora, fecunda de promesas,
surcada de penumbras,
sumida en el letargo del adiós.
Tocan a despedida las campanillas rojas,
los pañuelos se estrellan
contra el fugaz contorno de lo ausente.
¿Qué no dirán los versos extraviados
en pantanales sórdidos o embarazosas ciénagas,
lejos del aura fácil, protectora,
de la elocuencia lírica?
(¿Dirán estaca, cáscara y estómago,
burdel y cuerno, playa y catecismo?,
¿se rascarán las ingles
adoptando posturas deshonestas?,
¿o bien renunciarán a la rima sencilla de la carne
y, en consonancia con su jerarquía,
ascenderán en odas verticales
al paraíso de los pervertidos?)
Las elucubraciones no encuentran acomodo
en esta poesía gobernada
por groseros fantasmas, hadas buenas,
personajes sin fondo
e idílicos mosaicos vegetales.
No es posible frenar este torrente
de potestad y crédito,
este aluvión de gemas precintadas,
esta manga de mar entrometida.
Porque los versos gritan lo que sigila el tiempo,
la parte fehaciente del discurso vital,
lo innombrable, sujeto a la censura previa
de la pobre cultura ensimismada.
Gritan silencio, aúllan su fiereza nocturna,
vociferan, gentiles, sus consignas
prerrevolucionarias
y omiten el acero que tuerce voluntades
y demuele basílicas modernas y palacios.
No son hermosos. Su belleza no impone mandamiento alguno,
ni responde a la sana percepción
que los ecuánimes ejercen sobre sus ávidos instantes,
más bien se corresponde con el néctar urbano
que engrasa el mecanismo sutil de las cloacas,
y con una visión efervescente,
escabrosa, del llano acontecer.
No perfuman las páginas de incienso
como botafumeiros balbucientes,
aturden con el trágico hedor de los cadáveres
y esparcen una ronca pestilencia
que repugna el olfato de los sabios.
Tampoco hablan de dios.
Impíos que se apartan del milagro
que aprecian los corderos, sin renunciar por ello
al ímpetu formal del mesianismo.
Creyentes que transigen con la duda
para reconocerse en la palabra.
la verdad
Un estremecimiento. La columna de humo
escala en el vacío; las volutas dispersas
se descomponen pronto, ahuecadas y rubias;
tiran las chimeneas en una variopinta densidad
de sucedáneo smog y nubecillas raras,
las nubecillas químicas que van adecentando
la maraña suicida de ponzoñosas frases,
y que van corrigiendo, tachando verbos laxos
de acción invertebrada, anotando panfletos
al margen de la ley en impasibles crónicas,
desechando modales demasiado lujosos.
No cabe otra semántica,
otra estructura, otro andamiaje, otra manera de crecer
y transportar la voz.
Afuera, no habrá almas, ni pasaportes válidos,
ni célicas aduanas donde ensayar sobornos
o fingir el dominio de las situaciones.
Habrá solo una tiza para marcar las lápidas,
un empinado umbral de aterradora planta:
prosperarán los cardos de convincente espina
en beneficio de las amapolas,
y el matorral, en auge florentísimo,
medrará entre barbechos y trigales.
Así, repta el poema,
con esa parsimonia de séquito final,
bajo las alambradas populares,
escorado hacia el dogma
e inoculado de vulgares estereotipos, partidario
de los significados relativos
y de la incertidumbre, pero inclinado al grueso
trazo que preconiza la comedia
y no a la extravagante pincelada,
antes al rengo hipódromo de la amena tertulia
que a la fraternidad intelectual.
No suelta prenda, en síntesis.
Se reserva el mensaje,
abdica de su trono y exhibe su poder apocalíptico.
Es una marioneta estropeada.
FIN
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