miércoles, 21 de octubre de 2020

todo el arte

 

Ella no aporta una sola pizca de maldad al cúmulo
grotesco de nuestras convulsiones, nuestra rutina del miedo. Sin la certeza de un juicio sería insoportable
tanta violencia, pero ella no añade ni un gramo de pesar a nuestra angustia, no contribuye al desierto
infinito de nuestra orgullosa corrupción con un solo grano de arena, con una sola gota de agua
al mar allende de nuestra conciencia atroz.
 
Todo resulta insoportable, todo forma
parte de un movimiento indigno; todas las palabras (osario, sepulcro, cementerio… son todas la palabras)
suenan a huesos calcinados, huesos frescos, toda la literatura conduce al mismo pasaje de Danilo Kiš
(oh, sí, a esa escena en concreto), todo el estilo se condensa en una página de Irene Nemirovsky,
cabe en la desesperación de Richard Wright,
en la tremenda poesía de Baldwin. Todo está ahí, descendiendo de los cielos con premura,
ascendiendo en la gama de la desolación, triturando sonrientes calaveras.
 
A ti te arrancaron la lengua, a ti te colgaron de dos garfios por los ojos, a ti… Habrá un juicio. Será emitido un veredicto no divino;
no en vano la tierra es tan redonda, tan insensata que siempre vuelve al lugar de los hechos, no en vano el tiempo
ocurre y se inmoviliza y permanece en su sentido no solo en el recuerdo, no solo en los libros, no solo
en la narración de la historia, sino también en el espacio, indeleble,
guardado celosamente como una joya putrefacta.
 
Ella es cruel. Y podría detener el curso de los ríos más fuertes, cortar de cuajo la longitud del viento. Ella
podría liberar estruendos y asombrar auroras, producir el colapso de la noche serena, decapitar el alba,
envenenar a los primogénitos de la nación aria.
 
Ahora volvemos la vista atrás y la suma del ayer arrasa nuestro olvido, echa gasolina al incendio que nos crea,
nos borra la poesía de la palma de la mano y nos atiborra de ansiolíticos, aprovecha nuestra
decepción. Esto es culpa de la esfericidad, culpa de la rotación desalmada de los cuerpos astrales, culpa nuestra,
es nuestra responsabilidad; hemos de creer como hemos de morir. Pero dios
ha pasado de moda, es pasado y apesta, nos atribula e ignora. Lo que tenemos nos falta como un minuto
extra, un segundo de felicidad, como un hilo de sangre
o un río de lágrimas.


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