viernes, 5 de noviembre de 2021

vísperas

 

Llega la caravana de la navidad
investida de un heroico signo de admiración final, fatal, tan en mayúsculas como el nombre
de dios, cruje como el dinero que no tienes,
como el pan que recoges del suelo cuando te sientas a la mesa del señor.
 
Hay una religión de las causas perdidas, pero no genera
beneficios. A ella se apuntaron Keny y Albertine; ah, ambas conocían los trenes,
su seguridad nocturna. Dentro de un tren se produce una ventriloquía de las mejores y empiezas
a recitar poemas del averno, cosas de Rimbaud.
 
Alcoholizados todos, celebramos
el día propuesto por las autoridades, nuestro reflejo arrasa con la luna cercenada del estanque,
fijo en los escaparates y las puertas blindadas; ¡eh!, sobre los villancicos (como siempre/como nunca)
suena la voz de diva del soul de Olivia Dean: su trenza
también trenza silencios especiales.
 
Se produce un parón estacional pasivo-agresivo y todos vuelven a sus casas, incluso
Laura vuelve a las costumbres de la astronomía, se reintegra al estrellato
de la vida retirada y su familiaridad
inunda los recreos de los niños, te asalta por la calle y ocupa un lugar en tu descanso
(se levanta de la mesa antes de terminar de comer).
 
El poeta se ha parado en un banco y alguien le ha dado limosna, no es que estuviera
pidiendo pero la historia pinta bien, es un lujo
que puede permitirse; de fondo, un coro de voces infantiles rompe la simetría entre sueño y materia,
clausura el registro pormenorizado de la soledad.



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