martes, 8 de septiembre de 2020

la fe es la gimnasia de los ángeles

 

Si dios es un holograma, el resto del universo
debe ser real. Dios es la huella, el caso no resuelto, lo indestructible de la naturaleza. Su risa
asombra nuestros sueños, sombrea la fatalidad que nos pertenece, su silencio
gotea como un grifo estropeado.
 
Destiny® ha pensado esta noche
antes de rebotar en la roca; rodilla en tierra, simpatiza con la oscuridad. Viene
de algún lugar intermitente, de algún palacio negro,
su rostro se proyecta desde la lejanía como un remake del paraíso:
arte y ensayo, dogma y error.
 
Andar resulta fácil, distraído, rima con las estrellas, el frío
gobierna con su impacto; recuerda la ferocidad de las estaciones, el ruido, la somnolencia provocada por el hambre,
el estricto sentido de las leyes. La noche ha pronunciado su nombre
metafóricamente.
 
Amanece la amnesia gravitacional del Monasterio, su affaire con las alturas,
su viabilidad. Nada nuevo para el Ángel. La lucha es el destino de las almas
(miembros devorados, lenguas bífidas y cuentos de los hermanos Grimm), el miedo, la herramienta
de los hombres, el mortero que aglutina los designios del cosmos, su práctica
inalterable, la meritocracia que nos atañe.
 
En presencia de dios, la gente sigue su camino,
vocea sus victorias, se apalea, pretende un sucedáneo bastardo del amor, hace sus pinitos en el crimen;
frente al soberano altar de las lamentaciones, aparcamos nuestros autos,
blasfemamos con saludable energía.
 
Los Ángeles también hacen gimnasia. Destiny® se arrodilla,
no por servidumbre ni pánico, solo compone una figura sólida
y espera a que le alcance algo de luz.


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