sábado, 3 de julio de 2021

el jilguero y la flor

 

Único mandamiento: no arrancarás la rosa. Aunque sea de noche
y la lluvia restriegue su innumerable forma por el campo, te lapide la aurora. El jilguero de Mandelshtam
ruge en la monotonía de las madrugadas, adorna su nubosa locuacidad
universal.
 
Representad un tercio de la sombra, dadle alas al misterio de la emancipación; cautelosa, la serenidad
del príncipe descenderá los peldaños
crujientes de la poesía.
 
Habéis destronado de cuajo la industria
aumentativa de la naturaleza, su colorida especie, la terca
corazonada del instinto, que adolece de un nombre extrañamente cabizbajo y tétrico.
 
El poeta se lanza de cabeza al tornado presciente de la literatura (¡dime una adivinanza!). Honramos la palabra,
resolvemos un problema matemático planteado por los extraterrestres de Vorónezh, nos levantamos
cerca del rosal apodíctico ―solo porque nos obsesiona la distancia.
 
Simetría y proselitismo, estatuas
viscerales, ríos montañosos, ¡es el campo con su parque de atracciones! Nos olvidamos
entonces de la civilización (¿nos olvidamos?), inventamos la imprenta en una desangelada buhardilla
del Soho, imprimimos la biblia que nos hemos ingeniado ―dictada por un Ángel
fuera de contexto.
 
Ella en pecado mortal, dolorosa como un epitafio o una comunión; parecida
al recuerdo de la primera estrofa, sincronizada con el aire del primer estornudo
creativo, fumigando poemas de hace tiempo. Último mandamiento: no apagarás la luz
ni mentirás.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores