sábado, 21 de septiembre de 2013

por lo visto, un cometa






Al parecer, el cometa pasó como una novia camino del altar profano: música y parsimonia.
Su navaja de plata rajó el vientre de la noche estrellada contra el cielo,
sus patitas tan cortas y nevadas moviéndose al unísono, debidamente;
comiéndose un helado con sabor a vacío, que es un sabor
como si se caramelizase el agua clara o se deconstruyese una pizca de sal.

El primer sabio miró al cielo una hora después y dijo: nada ha ocurrido,
ningún dios se ha postulado todavía, seguimos a la escucha.

Otro sabio, mago y poderoso lingüista, concluyó, entrevisto el artefacto
y su maravilla, que la divinidad había enviado por fin una señal inequívoca,
selectiva y no del todo comprensible para los indoctos
en cualesquiera materias celestiales, y así lo expresó: he ahí el milagro,
el signo chachi, barí, la sagacidad personificada en una pasarela astral,
el inveterado dogma y su idiosincrasia contable.

Pero la mejor parte, la reacción en cadena fue para el sacerdote,
quien desde su púlpito improvisado en la acera de la avenida única e interminable
lanzó el siguiente discurso bravo y cañí: ¡arrepentíos, miserables siervos!,
¡postraos de una vez y abatid, humillad la cerviz acaudalada!
¡Poned!, ¡contribuid!, honrad, ciudadanos pecadores, la tradición del diezmo
y seréis considerados por el arcángel vengador cuya venida es ya inminente
en nombre y representación de Nuestro Señor, Sociedad Ilimitada.

El cometa, por cierto, hizo ruido como un perro que se rasca,
hizo ruido como un hombro que se parte,
sonó como un catarro miserere, un estornudo cerval, una parálisis freudiana,
como una fobia a todas horas, sonó como los gatos de París
mascullando su melancolía, crucial en varios cruces, devastador.

Y como daba miedo provocaba comentarios diversos, por ejemplo del poeta
cobarde y andrajoso, asmático y tan poco agraciado, que soltó esta obviedad
en verso:

¡oh firmamento dividido en franjas de crepúsculo por el hijo pequeño de la aurora!

y quedó para el arrastre.

Fue, como siempre, la joven de la buena estrella, la muchacha sin flor,
a la que se conocía en diferentes lugares
por diferentes nombres como Rama, Rosario
o simplemente Nx2, la que atrapó la forma entre los labios
y sin carraspear ni nada de aclararse la voz
emitió este dictamen para convulsa estupefacción de los sabihondos:
no se dio tal fenómeno que atribuir a la providencia,
tan solo fue una corriente de aire puro, obra del clima.


jueves, 19 de septiembre de 2013

medio micropunto negro


Entonces se escucha el sonido comestible de una guitarra eléctrica,
su sabor es el ácido, solo un deje a Lou Reed,
un recorrido animal, y sobrehumano.

El micropunto negro liquida la realidad
de un brochazo. El mundo se descompone
en sus elementales, las casas se desnudan, revelan su andamiaje,
su estructura que crece a ojos vistas y se levanta en brazos de la roca;
los muros alcanzan (rectifican) su altura específica,
los tejados vuelven a caer del cielo.

El sonido es tangible, oncea, gravita, deforma las zonas a su alrededor,
crea un mínimo seno en la urdimbre espacial por el que deserta
un reguero de vida, un riachuelo de lágrimas
cómicas y simples.

La risa se revienta y reinventa,
como un nuevo gesto, se opone al absurdo comportamiento habitual;
las manos son nuevas y hasta la piel refleja
otro modo de estar ante el espejo, otra forma de ser para uno mismo.

A veces el misterio es una sociedad histérica,
una comedia que viene del estómago y estalla en la boca de la persona equivocada.

El chico se ríe tanto que asusta a la niña que pasea vestida de domingo.

Al chico le hace gracia el tiempo y permanece estático sonriendo sin prisa.

Al parecer, el trayecto hace visible la fragilidad del elegido
(en tanto se trata de un viaje sin retorno),
como es natural.







lunes, 16 de septiembre de 2013

de repente, un delfín


Para el observador, toda la luz es un pasaje hacia la nada,
un paisaje portátil.

El parque está refrigerado; los animales burlan las leyes
de la naturaleza. Él observa desde su atalaya. Impertérrito,
desgrana su repertorio de miradas sobre la intensidad del verde
casi azul. Cuando la niña atraviesa el recodo, la registra de un vistazo
y anota el estampado de su vestido en algún recoveco de su materia gris.

Los sonidos brillantes tampoco pasan desapercibidos para el hombre.
Un mirlo atenúa la soledad del instante con su canto circular,
un jilguero resucita de entre los muertos y arrulla el momento álgido de la tarde.

Los autos vaticinan el escándalo futuro, inundan el espacio
con largas humaredas. Cierto bosque ha desparecido del cuadro
despintado y vuelto a redondear. Ahora, existe el mar y la playa accede
a un lugar de la memoria. El oleaje ensaya su ballet parlante,
baila con las manos enguantadas en luna, disimula su cojera,
se marea.

Para el observador el océano es una caja de sorpresas,
la caja negra del avión en llamas. Nunca ha visto un delfín
y lo desea ardientemente, es su único anhelo. Él, que ha presenciado
la destrucción de las ciudades y ha sido testigo de la maldad absoluta
de los dioses, solo busca un centímetro de paz
en la aleta dorsal de un tiburón simpático.

De otra forma, el parque recobra el sentido y anula su festivo desarraigo,
su vuelo incongruente, desanuda su pie de mármol, suspende su estatura
y vuelve a ser marco perfecto para los sueños de siempre.






domingo, 15 de septiembre de 2013

picnic


De pie en el parque, o tumbadas en la hierba manchada de rojo,
acústica, bajo una nube fácil.
Las chicas tumbadas en la hierba fumando
una selección de tabacos salvajes.

El perro de aquel hombre es silueta, lejanía: sonido y basta;
puede llegar corriendo, puede acercarse un poco, morder.

El parque absorbe los malos humores y los transforma en claridad.
constante no derivada del sol sino, al contrario, forjada por la noche
oscura, intermitente.

Corren los insectos por piernas y brazos, mínimos senderos, se esconden
en los poros, ácaros de azarosa existencia, rompen a cantar
como cigarras vueltas a la vida,
chinchan.

La hierba dan ganas de fumársela toda partiendo de su aroma
hasta el final del disco. Rulando las chicharras.
En la sonrisa está el epicentro del viaje, la salida por la izquierda,
la vía elocuente que conduce al cuarto piso del conocimiento.

Moviéndose una nube. El perro que olisquea frenéticamente,
el aire que revienta de humedad y espíritu.
Las chicas hablan con sus voces de humo, haciendo sus señales de humo,
y el horizonte se mueve como si fuese un altiplano líquido.

Cuando más sombra hay, el árbol deja caer una hoja semejante
al corazón que brota de la rosa y se despide.

La música flota con el polen y los nudos de luz. Se advierte una subversión
acelerada del orden establecido por la máquina del tiempo.

Ellas manejan el tiempo con levedad y buen gusto,
todavía no buscan un lugar tranquilo donde vivir sin miedo
ni reflejan la seriedad corrupta de la madurez insensible.

Es tan romántico el parque con su música estéreo y sus perros de atrezo,
con sus chinches románticas en medio del parqué, moviéndose frenéticamente
al ritmo de una balsa de aceite, con el humo tan fuerte
como la fórmula del gas mostaza, el núcleo del incendio,
la cuenta atrás del viejo paraíso.

viernes, 13 de septiembre de 2013

clásico


Escuchar a Big K.R.I.T. es un acto de resistencia masiva.

Ella está contenta y lo escucha a sabiendas,
sabiendo lo que denotan las siglas
(un punto a su favor) y sin entender demasiado inglés.
Encuentra un hilo rítmico y lo sigue hasta el comienzo de la madeja
expansiva: halla la huella y siente.

El rey rapea para ser recordado o para ser rico. Entona su verso especial,
el verso infalible que reverbera en su karma.
K.R.I.T. está en forma y surfea los surcos
del vinilo industrial con una incisión hipodérmica. Hace rabiar a la banca,
cotiza al alza en el mercado de dolores.
Él y sus amigos controlan un bólido hiperactivo con la suspensión avanzada
y el interior de piel tirando al contorno de los labios, algo rojo para sí mismo.

La chica se contonea a medias liberando un segmento
colorado también que viene a ser de humo.
Repite un estribillo que lleva sangre en las venas y humo en la garganta,
formatea una sombra de color añil
lanzada al espacio con las demás ondas.

El rey no tiene tiempo. No pierde el tiempo en rimas con pies planos
y narices quirúrgicas, alardea de fluidez constante,
monotemática. Sin religión a la vista.

Escuchar a Big K.R.I.T. es una pérdida de tedio, una aplicación bastarda
instalada en el valle cerebral.

Ella lo baila bien, con la salud pendiente de una hebra de tabaco rubio
mezclada con la hierba del parque donde los músicos se reparten
ráfagas de sol.
Le suena clásico como un hallazgo subterráneo;
como si algún artista instruyendo su verso de invierno para Brooklyn.
He ahí la escena.






martes, 10 de septiembre de 2013

una caligrafía del amor (más)


Tiembla la pluma mojada en aire,
tiembla la mano abierta al precipicio del horizonte gris (es la mano de un hombre gris),
tiemblan los labios.

Acaece un seísmo complaciente
cuando el dibujo toma forma y se concreta el rabo de la A.
Forma su esquema y sociedad anónima
el dedo caligráfico, dedo filólogo -demasiado culto-
que traza un brazo multilingüe, multicultural y físico.

Hay redondeces que desconciertan mucho. Por ejemplo, la B, que repiquetea
y taladra con su obscena semblanza y su retiro monástico.
La C, sin embargo, es cobarde por naturaleza y no se va sino que aguanta
el chaparrón porque lleva un paraguas de repuesto y no arriesga el tipo.

Pero las letras son aburridas en general, sus combinaciones
resuenan.
Dicen que tienen resonancia y significado porque significan un signo tal vez,
una señal aburrida de STOP para que se la salten los lingüistas y sus perros
habladores.

La pluma mojada en aire teme un poco de viento y tiembla, tiritando emborrona.
Sufren los morfemas su calvario fuera de sitio, se pasan a la fonética,
desertan del libro, huyen de la página moderna y numerada.

El amor ya estaba dicho, estaba hecho. El amor yacía tumbado en el diván
del sicoanalista comportándose nada mal y respondiendo a las preguntas
con una sonrisa y unas cuantas mentiras bien pensadas.

Nadie sabe tanto. Nadie sabía nada del amor aunque todos
se acomodaban para soltar un gran discurso y los anfiteatros rebosaban de artistas
contrastados, vacunados, solícitos.

Los artistas cantaban sus versiones en distinto color, de tal color y tal otro,
hasta reventar de gusto. No amaban, solamente venían a cantar y resbalaban
de nuevo en cada estribillo, a cada paso de baile.

Un seísmo y a tomar... El viento es demasiado culto para escribir una letra fantasma,
se la sabe pero no la suelta. Después, te entra por la boca y te la cuenta
para que tú la digas en tu idioma tan pobre, para que tú la escribas en tu idioma
de saldo, para que te la aprendas un poco en tu lengua materna.

La sangre empieza a machacar el cuaderno y a deslizarse por sus líneas rectas abajo,
raja las cuadrículas y gesticula. El cuaderno debe ser un mártir con su papel
de estraza A4 fotocopiado hasta la náusea, ad infinitum, en serie,
como los crímenes mejor pensados.

Y la pluma flaquea en su pensamiento de escritor y no prospera. Tiembla,
le da el tembleque, temblequea y castañetea sus huesos por los dientes
de esa manera que parece un escalofrío. Y emborrona a lo filólogo,
a lo grande, con churretones gigantes que chorrean emoción,
borrajea y hace garabatos que van significando un chorro de amor
(que se sepa).

domingo, 8 de septiembre de 2013

una caligrafía del amor






La buena letra, que es mecánica, es una fábrica de amor.
Cabe despertar y salir corriendo hacia el tesoro
recién apalabrado, la magia curativa que recolecta episodios de angustia
y los revierte, desliza su pus negro sangriento sobre la parte vacía
del espíritu, se purifica un tanto, quiere ser.

Mejor que ayer. Hoy es el día de las apariciones, los ramos
de flores rojas entristecen el aire, las auroras brotan descarriadas,
pero algún espejo recoge la intrascendencia del momento
y lo fotografía con elegancia y un punto de miedo transparente.

Decían del amor que picaba un poco o que no se dejaba
conocer. Como si fuera el gran desconocido que el mundo considera,
recibía rosas en filtros de espuma, garantizadas rosas elegíacas,
turbias.

Sobornaba al cristal, sí, con una drusa de mármol y diamante, con una lágrima
pescada en el vidrioso estanque donde no se asomaban las princesas
y los caballos enfurecían sus crines. El manifiesto del amor rotaba
con la tierra al mismo tiempo de señalar un viaje eléctrico.
No más.

Era tímido en su comienzo, vanidoso quizás, se dejaba contar,
permitía un arisco concierto de metales: algo de sangre.
Las chicas lo leían con orgullo, estudiaban sus planteamientos, lo ponían en práctica
musitando una fórmula. Ellas que portaban en sus manos el sello
de alguna eternidad romántica, que escondían un beso en la puerta del alma.

Oh, ellas, portadoras de lunas. Que vestían por igual sus túnicas,
unas sandalias gastadas, otra piel y otro acento. Que dictaban el verbo y la materia,
la materia del sueño a los profetas. Nada sabían del amor grabado en las paredes,
escrito de memoria en los muros enfermos de la ciudad abandonada,
tatuado en la corteza de los árboles.

Cuando la voz demanda un silencio estridente para la caricia,
una escenografía adecuada al abrazo que calcula sus posibilidades de éxito,
la proximidad convulsa de un latido insurgente,
en el terreno del amor, fluye la tinta como un brazo de mar 
sembrando curvas imposibles, filigranas anónimas.

También decían que algún verso describía tiernas espirales a la orilla del cielo...,
más bien precipitándose al abismo.

sábado, 7 de septiembre de 2013

notas para una caligrafía del amor


Detonaba el papel su silencio infinito, su blanca inteligencia
algo animal, tan lúcida.

En la página rota convergen todas las palabras,
en todos los idiomas. El papel dice adiós con la hoja extendida,
aleteando su perfil de viento,
ofrece su bienvenida húmeda a la historia,
su pistola de plata a la ciudad sin nombre.

Abarca entre sus márgenes cósmicos una dilatada extensión de espacio
que fluctúa y se aleja de la consciencia a mil versos por segundo,
a cien mil revoluciones por olvido.

El verso microscópico actúa como un astro valeroso,
refulge y lanza un SOS de barro a la pantalla o el lienzo.

Si agitas el papel saltan los versos, caen el suelo como olivas vareadas.
Es un fenómeno cuántico de creación independiente, generación espontánea,
sin intervención humana, sin humanidad, producido maquinal y esotéricamente,
sin necesidades abusivas. Hay un ardor profético que avanza
y se mimetiza, descuartiza los sentimientos que se sienten del revés a veces,
se monta tanto, alcanza una reválida. Vale.

De la página en blanco surge un entusiasmo sin tilde. El gobierno lo sabe
y trata de prohibir la desnudez del documento, que de frío tirita sus verdades,
que sale guerrillero y se confabula con los discursos heroicos.

El papel es un trámite del corazón, un beso adocenado;
sonríe y salva la jornada, recoge los frutos del tráfico febril,
los insultos en inglés, la maravillosa esencia del hip-hop, el martilleo del bajo,
¡es ritmo! El papel traza un ritmo doloroso que se acerca y golpea.
Es un libro dañino, irreverente, una biblia sagrada hecha de voz
y espanto, una broma que hace gracia por la espalda.

Como el papel que habla por los codos, existe otro que calla incluso en presencia
del amor. Porque el amor siempre tiene algo que callar hasta la muerte,
siempre tiene algo que decir de pronto,
por sorpresa y para la eternidad.







viernes, 6 de septiembre de 2013

gente decente


No hay hombre suficientemente grande a ojos de su mayordomo


Qué desahogo. Sumidos en la vulgaridad, la ignorancia del arte,
cobijados bajo el ala del lugar común y el chascarrillo,
gente decente, incluso progresista, incluso la gente que lee sus novelas infames
y su prensa, gente que elabora su idea de dominio público
y cree sinceramente que es suya, cree que piensa de tal forma
idéntica a la forma en que interpretan las masas el sentido de la realidad.

Qué respiro, imbuidos de la mentalidad gremial que campa por sus respetos,
a sus anchas, conscientes de la fuerza intensa de sus representaciones,
crecidos como ríos sedicentes, a pesar del faro cegador de la cultura
que en la lejanía advierte a los menos satisfechos de sí mismos
de la falacia que aceptan, el engaño masivo en el que caen, el ridículo que hacen
pretendiendo justamente aparecer como hombres y mujeres realizados y felices.

Qué tranquilidad les ofrece el vehículo con su seguro incorporado, la boda por la iglesia,
en el juzgado, en el ayuntamiento, en una playa de Bali, cómo les faculta el altar dorado,
religioso o laico, qué respetabilidad les reporta el llavero maravilloso
que franquea las puertas de la máquina y contacta con la furia del motor,
el paseo del brazo de una persona que es un desconocido y a la que se acabará odiando
con saña y con abundantes motivos, con pelos y señales.

Cuánta paz da la sociabilidad bien entendida, la pertenencia al clan,
la imagen cercana y fiable, la posición clara, firme, la ilusión de una idea compartida...
Al fin y al cabo, la estupidez es gloria bendita para el estúpido,
el ripio, poesía para el necio.
Lo importante es llevar la bandera bien visible en la solapa, en la frente y en las manos,
el letrero que informa de que se han abandonado los sueños y se ha madurado
como un fruto seco. Lo necesario es no exponer jamás un pensamiento consciente,
particular, guardar las formas del pensamiento también a los allegados,
ser astuto con los parientes y amigos,
comportarse con un falso Filifor forrado no de niño sino de adulto sin costuras,
de adulto consecuente, nada literario, escasamente poético, nada poético
y menos relacionado con la marea artística o revolucionaria.

Qué alivio proporciona la renuncia completa a una vida azarosa, la asunción precisa
de los medios y los fines, el regreso a un pecado estable, asumible por los sacerdotes
y los potentados, por los tenderos y la policía. Qué sedación espiritual
brinda el saludo confianzudo del camarero, que encarna la secular campechanía
del pueblo al que se pertenece; la broma rápida que se intercambia con el dueño
de la charcutería, ¡cómo reafirma en las convicciones más inferiores y estólidas!

Se pasa la película, persiste el afán, el espejismo de haber sido y haber hecho,
llegan los títulos de crédito y muchos sonríen con suficiencia, indolentes,
su insolvencia constituye para ellos un misterio que ya no tendrán tiempo de desvelar,
es como una sospecha indefinible, un reactivo, la vocecita que les sopla
al oído que no, que no era así, que no era suficiente,
que no hacía falta ese despliegue de egoísmo y suspicacia,
que bastaba una pizca de locura, un atisbo de genio, un conato de amor inconfesable.

martes, 3 de septiembre de 2013

sin dios


Sobre la roca negra, proyectaba la noche su viscoso abismo
con descollante pericia, rumor de fantasía;

nubes verticales diseñaban un caos retrógrado,
arañaban el limbo recién descubierto por la oscuridad.
            La oscuridad argumentaba falsos recipientes, adoptaba secretos
y los ponía de rodillas en un suelo de grava de cara a la pared pintada de amarillo.

La puerta pintada de amarillo simbolizaba un mundo en armonía con el mundo.
Nada que perdonar, tal vez un crimen más que suficiente,
una intuición hacia el desastre.
            Los niños eran los que veían a dios.

Miraba el niño las alas de dios y dijo: tú no eres dios.
Y ella sonreía y sonrió, y volaba despacio hasta la orilla del río con un ala rota
por la fiebre.

            Entonces fue dios quien construyó el abismo con metódica destreza
            e instaló su industria en el arroyo.
            Y miraba de frente a los ojos de sus enemigos.

La noche robaba el aliento de la hierba o rescataba un soplo de aire fresco,
argumentaba su enojoso diario lleno de falsedades sin retorno;

dentro -en tanto oscuro- reinaba el caos vertical de las nubes mojadas,
la soledad imperativa de quien conoce la verdad a su modo reticente
y es capaz de callar para siempre por una palabra de menos.

Había un escritor mirando a su pasado y un obrero que observaba con creciente malestar
los andamios regulares y las herramientas que esperaban su fuerza de trabajo.

En el fondo, el viento circulaba como un insecto de nueva creación.

El obrero era un dios -cooperativo y todopoderoso- que manejaba el toro
por los almacenes desiertos, naves en tierra; cargaba y descargaba pilas de odio,
toneladas métricas de literatura socialista, carros de perdón.

Era de noche y todo funcionaba sin motor (también los ángeles montados en sus grúas).

Un ángel enorme apenas podía verse a través del humo de las chimeneas,
sus manos como sierras cortando el horizonte,
su alma, una manera de pensar.

domingo, 1 de septiembre de 2013

una declaración de principios


Dijo el poeta (que así habló):

Habré, pues, de someter mi obra al inmundo escrutinio de las gentes de bien
y de otras gentes.

He de abrir mi corazón -se dijo- al público, que saqueará impune
mis recuerdos y mis lealtades, que arrastrará por el pavimento
mis excesos de juventud y mis desvelos. Me lo piden los ágiles lectores
que buscan la metáfora y se creen a salvo.

Seré condecorado por un diablo cortés y las especies brindarán por mi soltura...

Mas, puedo (y debo) hacerlo. Me valdré de un esquema característico,
una rótula endemoniada, un labio abstracto, un gotero de palabras sin usar.
Ladraré ipso facto, cayéndome del susto, sacudiré mis estrafalarios mitos
y los frutos heroicos caerán a mis pies sin ocultar su desmayada alcurnia.

Obtendré mi recompensa.

Mi verbo encadenado será conducido al ara, la mesa de operaciones,
el altar democrático donde un cirujano de hierro procederá a su disección
meticulosa, el apresurado estudio de sus miembros amputados.

Tan gallardo sacrificio será después retribuido
con cientos de halógenos sobre las líneas cortas y rayadas de mi disco duro,
la admiración sin límites de las damas románticas,
el dinero contante que hará sonar sus campanas febriles.

Si he de vender mi alma, sucederá una catarsis opulenta.

Tendrá lugar un festival inicuo adecuado a mi estado de ánimo más efervescente,
transparente, declarativo y notorio. ¡Ah! y explicaré mis figuras potentes a la burguesía
ilustrada, que asentirá complacida ante a mi desnudez verbal y psíquica.
Dejaré los ensayos con estrofas ocultas
y matizaré los tonos de mi verso acrobático,
que nunca más serán azules en su espíritu.

Alcanzaré la celebridad constante, la categoría infame de los inmortales;
seré mentado, renombrado perínclito...

(Pero ella jamás volverá a amarme con la franqueza de los primeros versos
vestidos para el baile).





sábado, 31 de agosto de 2013

feliz


Por no decir su nombre. Como si el solo hecho de nombrarla
fuera a disolver su hechizo, como si la palabra fuera a romper el marco
de la fotografía, a hacer añicos el cristal, a rasgar el papel
y confundir los colores, a reportar diez lustros de penuria al infundado poeta,
como si el mero hecho accidental, casi fortuito de musitar
su verdadero nombre en un momento de debilidad, en las horas más bajas,
cuando llueven los cantos rodados de los ríos y las aceras son más arrecifes
y hasta el césped del jardín anuncia serpenteantes senderos de montaña,
quizás cotas de selva abandonadas al albur de un peligro acuciante,
cuando las nubes amenazan con centrarse en un vaso de agua
y el aire mismo se enfrasca en debates absurdos con las hojas del árbol,
fuese un pecado contra la integridad de su hermosura,
una traición a la felicidad de su cabello ardiente, un desplante
al torbellino de sus ojos vertiginosamente blancos,
como si en un despiste tremendo su nombre fuera mencionado,
aun con todo el respeto, todo el cariño y toda la nostalgia,
y se abriesen los cielos con furia incontenible y cayesen rayos y centellas
oblicuas desde un dominio inerte sostenido en el vértice del fuego que se cierne...

Si nombrarla fuera un acto de amor más profundo que un beso,
si su nombre ocupase marquesinas y pantallas gigantes
y fuese pronunciado en las conversaciones de la gente, en los chistes de los niños
y en los pesados discursos, si fuese denunciado en los púlpitos y exaltado
en las tribunas, coreado por las filas de los necesitados,
aclamado en los estadios por las multitudes,
susurrado en la intimidad de los dormitorios y las celdas,
si anduviese su nombre de boca en boca, traspasando membranas, franqueando muros,
atravesando junglas cerebrales, volcándose en la historia como un torrente ingenuo...

Sería... como inventarse un nombre inapreciable y dejar que cayese por su propio peso,
grávido y sincero, sobre la palma de la mano, sobre el blanco tan triste de los ojos,
como inventarse un ser humano tan terrible y lejano como un dios.

Por no decir su nombre, las palabras se alejan del sonido. No se escuchan las voces,
ni rebotan afianzando el eco. La adivinanza da un paso atrás y no busca el calor,
ni el abrazo curativo y flexible, no encuentra la mejilla encendida
ni la frente amplia que mantuvo la esperanza, la fructífera llama
del amor. Por callar y no ser inocente sino astuto y cobarde,
por tener miedo, vergüenza, por no atreverse a afrontar el dolor de la pérdida,
el dolor de la insistencia y el rechazo apenas formulado, insinuado apenas en un verso,
por no tener la dignidad, el coraje de encarar el destino,
el zarpazo inmisericorde de la vida real,
por escribir sin rabia y sin egoísmo a la luz de una vela que se apaga...

Por amar sin motivo, sin tendencia, como insensatamente se ama a la princesa del cuento,
a la pequeña cenicienta maltratada, a la belleza que sufre
y se retuerce en el infierno... Si dibujar su nombre en la red infinita del espacio
fuese bastante para eclipsar el brillo cegador de su ausencia,
entonces, tal vez entonces, algún poeta extraño, algún poeta ciego a los estragos del arte,
podría liberar un sentimiento tan agudo y sublime como el nombre común de una estrella feliz.

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