Escuchar
a Big K.R.I.T. es un acto de resistencia masiva.
Ella
está contenta y lo escucha a sabiendas,
sabiendo
lo que denotan las siglas
(un
punto a su favor) y sin entender demasiado inglés.
Encuentra
un hilo rítmico y lo sigue hasta el comienzo de la madeja
expansiva: halla la huella y siente.
El rey
rapea para ser recordado o para ser rico. Entona su verso especial,
el
verso infalible que reverbera en su karma.
K.R.I.T.
está en forma y surfea los surcos
del
vinilo industrial con una incisión hipodérmica. Hace rabiar a la banca,
cotiza
al alza en el mercado de dolores.
Él y
sus amigos controlan un bólido hiperactivo con la suspensión avanzada
y el
interior de piel tirando al contorno de los labios, algo rojo para sí mismo.
La
chica se contonea a medias liberando un segmento
colorado
también que viene a ser de humo.
Repite
un estribillo que lleva sangre en las venas y humo en la garganta,
formatea
una sombra de color añil
lanzada
al espacio con las demás ondas.
El rey
no tiene tiempo. No pierde el tiempo en rimas con pies planos
y
narices quirúrgicas, alardea de fluidez constante,
monotemática.
Sin religión a la vista.
Escuchar
a Big K.R.I.T. es una pérdida de tedio, una aplicación bastarda
instalada
en el valle cerebral.
Ella lo
baila bien, con la salud pendiente de una hebra de tabaco rubio
mezclada
con la hierba del parque donde los músicos se reparten
ráfagas
de sol.
Le
suena clásico como un hallazgo subterráneo;
como si
algún artista instruyendo su verso de invierno para Brooklyn.
He ahí
la escena.
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