jueves, 11 de febrero de 2021

mil años atrás

 

Hace demasiados años, cuando el Parque era
solo un espejismo y el Sol se arracimaba en la paleta del aire, un rectángulo de hierba, inesperadamente,
acogió su cuerpo tibio y la tierra besó sus labios de algodón
de fresa.
 
Habían sucedido los milagros, las explosiones, las chanzas,
el horror de la nostalgia y el terror nocturno de las cruces. El mar había chirriado
embravecido y hasta el cielo acusaba una percepción
errónea de la noche; luces titubeantes, almas bífidas,
lenguas atrofiadas como líneas de fuego.
 
Oh, Destiny® apenas balbuceaba entonces su paisaje
celeste, su corona reposaba sobre una mañana de domingo, un porvenir
negado y triste, un silencio presente.
 
Hace tiempo que atruena el silencio de la altura y los príncipes descuidan su nobleza;
que de las calles asciende el humo de la devastación, el ruido inhóspito de la indiferencia. El designio
de la naturaleza ha concedido un rastro de desánimo,
ha inflamado los témpanos con cáscara de estrellas.
 
Mas nuestra hoguera permanece atenta,
limpia de pereza, intacta en el incendio neutral del Universo. El Parque
ha renacido de su quiebra, es arena y cristal, hoy recupera su nombre, hoy los Ángeles
surcan su estómago como cicatrices de cesárea,
arrugas prematuras.
 
Un mural imborrable, su retrato en el Louvre. Para ella, una pared privada
en cada sueño, en cada página de la memoria; ¡ah!, y con letras principales, su nombre en el primer capítulo
del Arte, en el cuadro de honor, en la borrosa cumbre de la luz y en cada
contracción de la esperanza.



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