sábado, 12 de junio de 2021

apátridas del soul

 

Escuchar a Izaro mientras cae un detalle
de lluvia ―como al bies. Tenemos el punto de la poesía justo en medio del defecto, nos arranca de la pobreza
energética, nos sienta como un reconstituyente comprado a un vendedor
ambulante con sombrero de copa.
 
Esta bebida isotónica es el amor (que pasa una vez); como si hubiera que cazarlo
al vuelo, el verso revolotea siempre y hay que interceptarlo como si fuera un misil,
algo incómodo, como a un tigre bengalí
―algo salvaje.
 
Es algo inmaculado como un escorpión. Ahora la calle
bulle de entereza y equilibrio, las aceras se mecen con suavidad dinámica, corren en dirección
contraria, parecen súbditas del tiempo y la geometría, las cuestas
avanzan o retroceden pero con solidez
elemental, con reflexivo desenfado.
 
Simétricamente. Los autos cargan el peso de la vida ―máquinas principiantes―,
llegan a sostener la columna de humo que es el mundo, el fardo que se recita
despacio, pero sobrevive.
 
La música finge un reencuentro, alguien ha escrito
muchas líneas con sentido, un libro (quizás), alguien que desconoce el fermento de la literatura
se ha inventado una forma y le pega patadas como si fuera un balón abandonado: qué automatismo,
el engranaje por antonomasia, la figura apátrida por excelencia.
 
Fingimos estas ganas de cantar, de contar hasta
diez y esperar el comienzo de la farsa. Nuestra lengua se hincha
como un globo terrestre, contiene una brizna de futuro
que nos mantiene alerta.



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