viernes, 18 de junio de 2021

el ángulo ciego del océano

 

El sentimiento de una nación
de muertos; entramos en el condado y el sheriff secuestra el autobús del pánico,
nos gasea, golpea a las mujeres con barras y estrellas gigantescas, a los niños con el cable de la luz,
prende fuego al tiempo, a las banderas, a la ropa usada,
nos lleva luego a una ciudad que puede ser Bucarest debajo de la falda, que no pudo
ser París.
 
Estamos en la cárcel del condado como Sandra Bland, en aquella
penosa celda, justo bajo aquel ángulo
ciego de la cámara, justo en el momento en que las puertas se abren y la sangre inunda el paraíso.
 
Hemos tomado nota para la biografía
del odio; manos amoratadas, uñas que hacen crack, cascan y su eco
fortalece un segmento de noche cerrada. Fuera de foco, alguien cocina sopa de castañas, dramas familiares,
y su rosa se mezcla con el aroma rubio oxigenado de la herida
profunda, se entrelaza con una mano amoratada, una sombra culpable.
 
La carretera lleva al pie del rascacielos, lleva al extremo del Parque donde los patos sospechan, echan
a volar entre maldiciones: es el tira y afloja de la naturaleza. Una nube se apodera o se aproxima,
finge otra categoría ―otra barrabasada del clima―, cambia de color.
 
Nos preocupa este sentimiento elíptico, esta bola rápida de la memoria,
este bólido extraterrestre, granizo en la cresta de la mayoría, nos angustia el peso
febril del sello que nos ata. El océano
ha sido capturado en combate, intervenidos sus héroes, sus cofres y ese ritmo cardiaco de las olas,
esa fraternidad de las mareas. De nuevo derrotados, vamos de camposanto en elegía
mientras atruena la ovación de los muertos, su desconocimiento
y su piedad.



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