viernes, 30 de mayo de 2014

J es una letra para siempre


Ella hacía la magia de conservarse pura. En su espejo, la madrastra era una sombra arrinconada,
humareda gestual. Janelle había zanjado la discusión, una larga controversia,
y el poeta se encontraba mareado, trataba de seguir el ritmo vírico, tremendo, el paso honroso
hacia la integridad. Se le atragantaba la razón del alma, la ventaja del soul:
que no podía con su espíritu alanceado. En la práctica, su poesía bailoteaba mal, sin clase,
no acertaba un adverbio a causa de su pésimo claqué.

Janelle callejeaba en cuatro idiomas y los reproducía con primor, adelantada.
Su dentadura irreal, la flor y nata, sorprendía al acento antes de nacer.
Los príncipes reinaban con los ojos puestos en su valentía y ya paladeaban la rosa de sus besos,
ya sugerían labios y remaban alegres. Pero ella fuera de órbita y fuera de su alcance,
abanderando un credo irreconocible por universal, la nueva poesía, el verbo repeinado,
rizado como una bola de fuego.

¿Cómo lo hacía? (el arte). ¿Quién se lo habría explicado? En el primer verso, abarrotado
de genio, la verdad desaparecía entre hipótesis (o paréntesis, que venían a ser)
y era sustituida por una belleza nómada (es decir, nada estrafalaria).
No es que fuera una mentira para siempre, no es que la guerra estuviera perdida de antemano,
ni que hubiese floritura y grandeza, resplandor y ese género de infamias. En el verso primero
lo importante era el corte, la ruptura, ¡el desengaño a puñados!,
la escarpada ladera de la turbación.

Janelle continuaba sonriendo y el poeta se calaba las gafas alumbrado por el estro, ecuménico y feliz,
luego lloraba amargamente sometido al despiece de sus convicciones, boicoteado su sentido artístico:
su fortuna era su error. Ella cavaba hondo, y el hoyo era el esqueleto o enjambre de un poema.
El poema de J, pues, tenía caderas a los lados, pero más que caderas eran brotes, algo vegetal;
no un sofisma para retener el talento, sino más bien una inteligencia militar que lo hacía de uniforme
(pero sin gorra de plato).

Y qué va a ser así, si el poema era un chico del barrio con su gorra morada y amarilla de los Lakers
rapeando un soliloquio voraz, dictándose un escalofrío. Estaba ese párrafo sobre su amigo muerto y todo.
La estrofa final, el final que remitía a El Cuervo para negar la teoría, para no recitarse.

Vamos, en el siglo veintiuno todavía queda gente dispersa que escribe en la tónica de ayer.

... Janelle renacentista, algo italiana del Sorrento, un portento en definitiva. Desde niña Janelle.
La pequeña J era una niña solemne (al parecer), preocupada por las bases (su increíble misterio).
Era una niña a bordo, sin manual de instrucciones. Luego se centró en la cibernética;
en el cibercafé quedaba con los amigos de toda la vida y bailaba en trance acariciando la pista.
A veces alguien pulsaba maniático el interruptor del fracaso
y las luces falseaban la imagen y los turistas volvían al hotel cansados de pedir un bis.

Ella sin forma de sudar, seca y radiante como un minuto en la arena.
Su íntima boca dividida en rosarios, abierta en dos cruces, aspas de Leonardo. Edificando labios
sobre un mal día para salvar la historia. Lejos de sufrir un verso interesante, de crear un arco,
un alma, algo básico. La diferencia estriba en la actitud, el fraseo,
el signo que arranca con la música, esta seguridad profunda que respalda cada promesa,
cada desconcierto. Janelle que es una firma original, una letra redonda que sonríe.




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