jueves, 24 de diciembre de 2020

en forma

 

Hasta el Ángel se vio en la tesitura. Ante la página en blanco, el lienzo
bañado de espacio, la nave colosal y por antonomasia, cierta pureza. Y todo era una broma
llena de maldad, el tiempo rezumaba su ipso facto, la luz
que resolvía la lasitud del aire era un filtro enajenado.
 
Había
poetas a mansalva,
manadas de hombres sueltos, de mujeres constantes; literatos que repetían el mantra de la industria, de la historia,
sabedores sin leyenda, personas en busca de un lema insuficiente,
estudiantes de primero de budismo
en cuclillas para la eternidad.
 
Alguien encendió los focos del estadio y el balón de fútbol
alcanzó la iluminación (después le llegó el turno al delantero centro). Eso dio para un soneto
genial, dio para una sarta felibre o un febril encadenamiento lírico, apenas para un fracaso tras otro.
 
Destiny se movía entre la Fender Stratocaster y otra clase de inspiración
más entregada a lo tangible, su música flotaba entre insensateces y botellas de plástico. En el centro
comercial alguien había entrevisto el rostro de Jesús en un rollo de papel higiénico. El recital cambiaba
de frecuencia, influía en el humor de la gente; alguien había
comprado un libro con siete profecías en la contraportada.
 
Escribir poesía es la mejor forma. Las muchachas
recrudecen su ansia, fortalecen su musculatura dramática, dudan de su recto sentido
como de su caligrafía, pero negocian tratados de modernidad bajo un cuadro de luces. El verbo maneja
toda esa artillería y establece los términos de la charada: en el fondo,
es un creyente metafísico.



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