miércoles, 30 de junio de 2021

al alcance de tu mano

 

Por tu desaliento una huella del alma, una conjetura,
un roto en la cadena del silencio, el sarcasmo que precede a cada lágrima; este
mundo ha nacido para el llanto, pero no lo comprende, esta naturaleza
deriva de un sueño incontable, da vueltas en la cama, humedece la almohada y sorbe ruidosamente
por la nariz, todo a causa de una ligera, insostenible
discordancia.
 
Y no era por tu culpa que se arrugaba el tiempo en el descanso; quedamente
registrabas el aire en tu cuaderno de espuma, en tu libro
de estrellas anotabas la sombra del pasado.
 
¿Qué deseaba de ti el universo? En el espacio
aún persiste el rastro hermoso de la perfecta distancia, de tu maravillosa
falta de tacto. Sigues entera entre los besos de la noche, plantada en el cetro de la Historia, en el centro
del vértigo, amordazada en una soledad condescendiente.
 
En tu celda, el futuro describe una parábola, la gente atisba por la mirilla su desconcierto
y la probable autoría de tu cuerpo, tus pendientes
oscilan como soles medianos, tu mano desdibuja
el retroceso feliz de la luz que agoniza.
 
Por una mirada tuya, por un verso encadenado al sacrificio de tu boca, un desierto
diferente al de la arena mansa de tus ojos, del aclarado
fondo de tu espíritu.
 
Cae de tu frente el río de la vida, nace de tu cabello
emocionante, da vueltas a las nubes, completa su órbita y regresa
fértil como una canción escandalosa, como una liberación. ¿Por qué ha llegado tan lejos tu renacimiento?
¿Dónde se ha detenido tu sangre? ¿Qué letra del espejo
contiene tu esperanza?



domingo, 27 de junio de 2021

decrecimiento

 

¡Dime una adivinanza! Soñar la vida del revés ―la muerte es el comienzo― y descender
hacia el pasado con uñas y dientes, desentrañar
años de miseria y decepción, mesas puestas,
paseos sin límite.
 
Nuestro poema se escabulle como un roedor (qué desafortunada imagen), preso
en una imagen repugnante y osada, como si anduviese
constipado, conspirado, atiplado y como inerme. Las palabras, sin ángel,
brotan desangeladas, nada voladoras, nacen a ras de suelo ―si no muertas―, organizan
tómbolas benéficas y pierden al rojo todo lo que importa.
 
Karsh Kale suena entre una marabunta de especias y voces surgidas de la divinidad,
expuestas a la corrección y el despropósito (tal vez). Desde que los ángeles nos han abandonado. Hay
un terso resplandor pero a lo lejos, existe una tierra
incógnita pero es la de siempre.
 
Destiny® ha prometido un símbolo irreverente, una bandera egoísta que sirva
para el luto y el significado, que atraviese el verso y lo desangre. Aquí la música crece como la mala
hierba, una montaña de grava fácil de escalar, pero tan árida,
tan irresistible.
 
Gateamos por las estanterías, escarabajos que somos, por culpa
de alguna palabra impronunciable, en busca de algún extracto extrañamente antipoético;
besamos el suelo infame que ha (des)hollado el Arte con sus zapatones de payaso, sus botas altas de general
fascista. Adivinamos el nombre de la rosa entre metales y
púrpura, grabado en el árbol que se han llevado las nubes; ah, este recuerdo
todavía impensable, aire entre las manos, metáfora del fuego que algún día
habrá de contemplarnos.



viernes, 25 de junio de 2021

la lejanía del mundo

 

Qué ajeno extrañamiento. Concertamos objetos positivos, definiciones
inexactas de la permanencia, un cierto
universo inquietante plagado de indagaciones sobre la materia, cortado por el patrón de la sequedad
burbujeante de los átomos. Así en todas direcciones.
 
Hacia el pasado, Emily ordena sus lápices por tamaño
y color. Estira el papel arrugado sin romperlo, reutiliza y recicla los almanaques, las cartas,
filtra la luz que entra por el ventanal y la almacena en el fondo de su corazón
amurallado.
 
Hacia el futuro, Laura se concentra en el esfuerzo
físico y la naturaleza del empeño ―siempre oteando una altura deslumbrante.
 
Sin embargo el poema es ahora, es un programa de televisión
en directo, la palabra malsonante que repugna al oído, promesa de redención
formulada sin aliento. Cae de la pura monotonía de ser, del mismo
regocijo de su actualidad.
 
Tan lejos como se pueda estar en habitaciones contiguas en una ciudad
cualquiera, en el hotel, el barrio, a diez minutos a pie de la casa de alguien, a una hora en autobús; podemos
mover el mundo sin conectarnos al tiempo,
viajar hasta Andrómeda y volver en un instante real.
 
La distancia es un espacio vacío, un tracto imaginario, una resolución. No existe sino la brecha
entre formas de vida ―mente y alma― o entre latidos
que se reconocen.



jueves, 24 de junio de 2021

cartografía de la soledad

 

Tenemos el espacio justo, nuestro
espacio exiguo en teórica expansión. Ocupamos una celda del panal, un reducto, es nuestra
aristocracia del palacio eterno.
 
La casa se muestra preocupada, está que echa humo, topa con el invierno;
muros de carga y vigas maestras se contienen, ordenan
pedidos telefónicos para la cena. La casa es
un código postal terminado en 02, una escenografía constructiva.
 
En otra región del espacio-tiempo estallan
burbujas industriales, hay una cadena de producción de infinitos que escupe big-bangs extemporáneos,
llena el vacío de posibilidades y estribaciones, mentes
inéditas tan fluctuantes como olas del Pacífico Central.
 
El poema y su intangibilidad, su cualidad: intacto. Sigue
intacto e independiente, nacionalizado, es una fracción del poderío de todos los héroes
de la historia, una mezcla de la belleza de fuentes y nenúfares, jardines
atestados de semejanzas (la síntesis
habitual).
 
En nuestro palacio el mundo se retuerce
comprimido entre cuatro paredes pintadas de silencio. Llevamos esta
cruz de la propiedad y el desarraigo, realojados
en el Arte como míseros hijos de la diáspora, esclavos de la vida y la inocencia.
 
Hollamos esta arena caliente donde caeremos muertos, nuestra plaza reservada
para caernos muertos (donde escribir). La gente nos observa
desde todos los ángulos ―el magnetismo de las criaturas infectadas de fracaso―
en busca del secreto de la soledad.


Claude Monet 


lunes, 21 de junio de 2021

canto elemental

 

Formas acribilladas. Cuánta tensión
extraordinaria, la punta del lápiz se rompe contra el papel charol. El papel es una raíz
cuadrada no resuelta, los versos comban ligeramente el espacio entre la mente y la mano
que tiembla.
 
Formas que graban cuadrículas de silencio, trapecios de ausencia
generalizada, organigramas inútiles; hay una empresa del Arte que construye despachos ovales,
pasillos largos como tardes de trabajo, paredes con los ojos clavados en ti.
 
El poema ha sido escrito en la lengua pastosa y característica de la poesía,
arrastra su fraseo compacto y polivalente: será destituido ―recitado. Será catalogado en los húmedos
archivos del distrito junto a un meollo arqueológico de facsímiles
elementales, junto a una sinrazón de alegorías
y un falsete de arreglos curativos.
 
Al final todo subyace,
todo ha de ser excavado, todo se resume en una mañana terrible, un viaje de novios
alrededor de la manzana, una clase particular de inglés sin nada que decir.
 
Cuando sobran las palabras los ojos se clavan en el mundo
como si solo hubiera consciencia y representación, taladran el pecho de los árboles, la piel fosilizada
de la piedra, se comunican en otra lengua necesaria que transita la superficie
andrajosa del yeso, la cara incandescente del mármol
inmortal.
 
Habitarán la noche las naves espaciales
y el verso será desertizado en láminas grisáceas, la nostalgia convivirá con el pánico y el silencio
será una percusión autorizada
por el canto.



domingo, 20 de junio de 2021

emily a la hora de cerrar

 

El tiempo aprieta las manos y los huesos
ceden, una rodilla se quiebra. Sigue la rueda el mundo, la música
se reproduce, los árboles ya gatean sus instintos, las nubes friegan con gotas de lluvia, la tierra
ensucia su currículum.
 
Amanece porque así lo dicta una línea borrosa de universo, un aparatoso
recital cósmico; llegan bifurcaciones
como si no hubiera una raíz, como si el centro fuera la inclemente periferia o el tornado pacífico,
el volcán arrepentido.
 
Hace falta sangre fría, sangre anónima y consciente para escribir un verso
innecesario más (a sangre fría). Para escapar del eco, salir del intelecto de la naturaleza y vocear una renuncia,
escalar el ábside corrupto de la poesía, berrear
como un filósofo cualquiera. Silbar la marsellesa en una tienda
de ultramarinos a punto de cerrar.
 
El tiempo agota músculos y encías, fractura
columpios y tabiques, es un latifundista de primera, solo que un poco torpe. Ay, Emily, qué cruz de aniversario,
qué fábricas aguardan tu talento crecido, cuánta tinta te emborrona las sienes.
 
Nos vemos por el aire
―y en el Arte―, sobre aquella réplica corsaria del pasado, con su casa holandesa y sus vidrieras, su luminosa
frente y sus confines hechos de silencio
y alegría fingida.



viernes, 18 de junio de 2021

el ángulo ciego del océano

 

El sentimiento de una nación
de muertos; entramos en el condado y el sheriff secuestra el autobús del pánico,
nos gasea, golpea a las mujeres con barras y estrellas gigantescas, a los niños con el cable de la luz,
prende fuego al tiempo, a las banderas, a la ropa usada,
nos lleva luego a una ciudad que puede ser Bucarest debajo de la falda, que no pudo
ser París.
 
Estamos en la cárcel del condado como Sandra Bland, en aquella
penosa celda, justo bajo aquel ángulo
ciego de la cámara, justo en el momento en que las puertas se abren y la sangre inunda el paraíso.
 
Hemos tomado nota para la biografía
del odio; manos amoratadas, uñas que hacen crack, cascan y su eco
fortalece un segmento de noche cerrada. Fuera de foco, alguien cocina sopa de castañas, dramas familiares,
y su rosa se mezcla con el aroma rubio oxigenado de la herida
profunda, se entrelaza con una mano amoratada, una sombra culpable.
 
La carretera lleva al pie del rascacielos, lleva al extremo del Parque donde los patos sospechan, echan
a volar entre maldiciones: es el tira y afloja de la naturaleza. Una nube se apodera o se aproxima,
finge otra categoría ―otra barrabasada del clima―, cambia de color.
 
Nos preocupa este sentimiento elíptico, esta bola rápida de la memoria,
este bólido extraterrestre, granizo en la cresta de la mayoría, nos angustia el peso
febril del sello que nos ata. El océano
ha sido capturado en combate, intervenidos sus héroes, sus cofres y ese ritmo cardiaco de las olas,
esa fraternidad de las mareas. De nuevo derrotados, vamos de camposanto en elegía
mientras atruena la ovación de los muertos, su desconocimiento
y su piedad.



domingo, 13 de junio de 2021

inválidos terribles

 

Ahora que estamos muertos, que no
nos reconfortan las audiciones ni el caos, que andamos entregados a la selva y no
a la literatura, que tenemos los colmillos
largos como destornilladores o estalactitas o cuchillos carniceros. Ahora que vamos impedidos
solemos despedirnos de la gente con una coletilla, con un gancho. Nada nos desalienta, ni siquiera los hombres,
ni siquiera las máquinas que agradecen las palabras amables, los adorables gestos.
 
El mar se ha congelado, doña parca en palabras*. Y ella con su lupa y su resto de cordura, su demolición
interior. Pero qué terrible
es el Arte, qué inhumano y deseable y qué bonito con sus columnatas y sus bóvedas,
sus frescos tan frescos, sus exámenes de conciencia. Qué vituperable es el Arte con sus ramas y su aloe
vera, su espiritismo y su historia sagrada.
 
Y qué pocas veces se estalla en una página, qué contadas veces las páginas prefieren
rasgarse, destruirse, solicitan arder
en una pira efímera, una pirueta mental. Nosotros somos los que paseamos con un libro bajo el brazo, los que
ardemos adentro, los que derrotamos a la soledad de una cabezada, somos
los que nunca han visto el mar.
 
Ser sentimental, ser un viaducto hacia la salvación
universal, hacia el éxito; es lo correcto. Lo correcto es hacer predicciones a medio plazo. O ir a ver el Zoo
con un libro bajo el brazo para parecer interesante, o ir a ver una película
iraní, ir a la biblioteca para que te vean entrando en una biblioteca, o escuchar tanta música que te salga
por las orejas, o mejor aún memorizar canciones comerciales y luego
tararearlas en el lecho de muerte para horror de la familia.
 
Ahora que estamos vivos, nos dejamos, tenemos el aire de un actor de reparto,
el presupuesto de una película de serie B, el espejo de casa nos adula un poco ―los demás arrasan
nuestra imagen―, nos debilitan la mandíbula, que ya cuelga floja, fofa y descarnada,
esquelética y silbante. Ahora que todo ha explotado en silencio, ahora que se va cumpliendo
lo que alguien predijo hace una maliciosa eternidad.
 
 
* Tillie Olsen, 'Dime una adivinanza'.



sábado, 12 de junio de 2021

apátridas del soul

 

Escuchar a Izaro mientras cae un detalle
de lluvia ―como al bies. Tenemos el punto de la poesía justo en medio del defecto, nos arranca de la pobreza
energética, nos sienta como un reconstituyente comprado a un vendedor
ambulante con sombrero de copa.
 
Esta bebida isotónica es el amor (que pasa una vez); como si hubiera que cazarlo
al vuelo, el verso revolotea siempre y hay que interceptarlo como si fuera un misil,
algo incómodo, como a un tigre bengalí
―algo salvaje.
 
Es algo inmaculado como un escorpión. Ahora la calle
bulle de entereza y equilibrio, las aceras se mecen con suavidad dinámica, corren en dirección
contraria, parecen súbditas del tiempo y la geometría, las cuestas
avanzan o retroceden pero con solidez
elemental, con reflexivo desenfado.
 
Simétricamente. Los autos cargan el peso de la vida ―máquinas principiantes―,
llegan a sostener la columna de humo que es el mundo, el fardo que se recita
despacio, pero sobrevive.
 
La música finge un reencuentro, alguien ha escrito
muchas líneas con sentido, un libro (quizás), alguien que desconoce el fermento de la literatura
se ha inventado una forma y le pega patadas como si fuera un balón abandonado: qué automatismo,
el engranaje por antonomasia, la figura apátrida por excelencia.
 
Fingimos estas ganas de cantar, de contar hasta
diez y esperar el comienzo de la farsa. Nuestra lengua se hincha
como un globo terrestre, contiene una brizna de futuro
que nos mantiene alerta.



miércoles, 9 de junio de 2021

david

 

Ella se llamaba David. Destiny® la lleva de la mano por las aceras
de Sunset Boulevard, han caminado un kilómetro sin
tocar el suelo con los pies.
 
Morder una manzana es necesario,
emblemático, encomendarse a un espacio ejecutivo como Nueva Zelanda. Entrar en la iglesia
con una pistola de agua y un petardo diminuto, de los que no asustan a los perros, verbalizar
todo el miedo de la pasión, toda la ansiedad del encierro.
 
Las prisiones también limitan con el cielo; los presos liman
asperezas y barrotes, obedecen a la pastosa música del recuerdo. Por los pasillos del penal la gente
lee a Bunker (prohibido en la biblioteca), leen a Sarrazin, dislocados los ojos de puro dolor
se apresuran con la rareza de Brautigan, fomentan el desenlace
explícito de una distopía original.
 
Ella y Destiny® forman una pareja
incomparable de buenas personas con un nexo común, una comunicación
exitosa las une como en un catálogo de buenas prácticas
personales; a veces silencian los versos con el acento preciso, otras dan de comer a los pájaros. Son dos almas
deportivas.
 
Se dice que el mundo es una especie en peligro de extinción, una especie de abrevadero
sideral. La oscuridad ha abierto los ojos, se traga todo lo que se le acerca. Esto lo habrán visto en el cine,
se trata de una singularidad que gira como desangelada, como
extinta, como ardiendo en medio de la sonrisa de dios (la película comienza
con un paseo por Sunset Boulevard un día de verano).
 
Al final persiste una mudez estelar, un compromiso galáctico. Los ojos se te van al centro
del milagro, se intuye esa crudeza general de los acontecimientos
insolventes. En concreto: vas al supermercado y está de oferta casi todo
lo que importa, pero no compras nada y te vuelves a casa cargado de esperanza.



lunes, 31 de mayo de 2021

gente de la nueva dimensión

 

Descubrimos el Parque cuando
estábamos muertos, cuando andábamos muertos como so(m)bras de la naturaleza. El sueño
era posible, nuestros cuerpos formaban
ejércitos sublimes, competían con el cuerpo místico de los insectos
primaverales; aquel mundo verde protegía.
 
El Parque es enorme
como una habitación (enorme), gris como una habitación resbaladiza (pues ha llovido: ayer). Circulan
bestias inopinadas, bastiones alzan su estructura monástica, de fondo suena una especie de llanto
que al final resulta que es J. Cole, una especie de alegría que al final
es Little Simz.
 
Almas que rasguean la guitarra del Arte, fantasean con un sonido
utópico no, distópico no, estacional. El poeta se aclama (y es exterminado); nadie
estudia el verso pintado en la pared.
 
Destiny® y sus amigas ―que no existen― andan como muertas con sus libros y sus cigarrillos;
el humo que desprenden, el calor que desprenden sus cuerpos
estilizados/esterilizados, tanto que a punto de echar a volar, casi volcánicos
como metáforas incalculables.
 
El mundo discutía, porfiaba en estallidos mínimos, alfombraba el camino hacia el espacio, el mundo
elucubraba consigo, autorizaba las patentes de la noche y el día,
confiaba en la luz de los espíritus. Y la música surgía de la nada, recordaba a un pequeño
frente, un objetivo llameante. El cielo tenía ojos ―entonces. Y los aviones
regían el pulso de la historia, corregían las faltas, las baldosas
sueltas, las ramas quebradas, obraban
vestigios de civilización.



viernes, 28 de mayo de 2021

el mundo a una distancia abrumadora

 

Cuando la distancia se interpone
como una denuncia, un recurso, una montaña. Cuando el cielo
no sirve, y no vuelan los pájaros, no son libres las nubes, y el tiempo se entretiene
jugando al despiste con la soledad. Un disfraz de silencio, la voz disfrazada de silencio, vencida en los labios,
cortejada por la sangre, de nuevo forrada
de niño sin saberlo.
 
El cielo se ha abierto y un Ángel ha asomado
su prieta nariz asiática, sus dedos golosos, su ignorancia. El ojo de dios
aparecía todas las mañanas con sus legañas y sus invenciones, invocaba la lluvia
en el desierto, ofrecía sus visiones tan humanas, su legendario
egoísmo.
 
Hierve la ciudad, culmina el asfalto su andanada de viento, su color
al rojo vivo, el cemento pone los cimientos de la claridad, los subterráneos vibran al paso de las locomotoras,
que silban encantadas. Mariposas, abejas, viejos con andador, chicos
tímidos, chicas en chándal y avenidas arrojadas al fango.
 
Cuando la distancia
es el vacío, todo se disipa, todo cambia. Hasta Laura
desaparece de un plumazo, de un vistazo, del todo. Sus manos permanecen detenidas en el vídeo,
sus hoyuelos son como un birdie inesperado en el hoyo dieciocho del campo de golf.
 
Hay, por ahora, un verso distorsionado y solo, arrinconado por el tedio,
algo miserable: no merece compasión. El discurso se atrofia en medio del amor, se agazapa
en la memoria y crea una forma no divina de resistir la nostalgia, enfrentar el formidable
reto de la pérdida. El mundo ha recorrido un largo camino
hasta la nada, un camino de Santiago que termina en el patíbulo de Roma, como siempre,
un camino hondo y sin profetas que valgan, sin poemas que valgan
ni anuncios de neón.


'Off the grid', GDBee

martes, 25 de mayo de 2021

un árbol para cada uno de nosotros

 

Una colección de despedidas
ensordece el paisaje. La ciudad pretende un limbo de tristeza, se convierte en un trago
amargo. Por el cielo, los aviones atrasan el reloj, crean
ritmo, abonan la espesura.
 
Nubes vendrán, cuerpos
remotos; veréis pasar la vida como un animal salvaje que cruza la carretera. Habrá un tren para cada
uno de nosotros. Hay un árbol para cada uno de nosotros, un metro
cuadrado de hierba a la intemperie, un metro cúbico de aire amortajado,
una eternidad.
 
La soledad alumbra como una estrella vigorosa, desmenuza los patios, tropieza
dos veces en el mismo recuerdo; ésta mira al norte y olvida,
siente el frío ecuánime y virtuoso, la sed de las miradas.
 
Angel rules. En la ciudad
existe un Paraíso donde el trigo perfuma las mañanas y los pájaros
silban ungidos de pureza, un azul
intermitente. Luego, alguien señala el camino del faro, el mar aparece entre las rocas como un recibimiento,
una farsa gigante.
 
Entre todos los ríos no hacen una lágrima de dios ―dijo Destiny®. Seguimos
viendo pasar el tiempo detrás de nuestros ojos, el mundo se aviene a sonreírnos, las hojas
parpadean y caen. Pero todos los ríos son el mismo
que rueda por la pendiente del vacío,
se incorpora a la noche
y se despide.


'Forest Composition Hanmer', Stephen Howard


domingo, 23 de mayo de 2021

el grave desenlace de una mañana de mayo

 

Sorprende el invierno, su ráfaga ardiente, lengua de fuego y Sol. El rayo
consiente a la velocidad del Arte, se arremolina como una voz pasiva en torno al horizonte. Hay líneas
paralelas donde escribir un nombre familiar. El nombre del Sol es una información sin fundamento (habría
que acercarse demasiado).
 
Se derriten los campos con suma fragilidad ―qué intransigencia―, suma
perversidad. A uno se le mojan los zapatos, los calcetines blancos, la piel. El campo es un espacio
elocuente que pre-dice la verdad, lleva puestos los trenes (y los zuecos), lleva puesta
la noche más larga, el  conjuro
y la nieve.
 
Ha nevado con furia y tristeza
infinitas sobre un verdor incomestible, casi doméstico. Casi superfluo. La nieve
arroja destellos de ferocidad, trazas de Luna.
 
Qué blancor desinfectante, deshojado,
despojado de tardes de domingo, desahuciado del tiempo. Ayer era domingo
por la tarde y los trenes llegaban sin descanso, uno tras otro, deliberadamente. Por los resquicios del mundo
asomaban las rosas, los tímidos grumos de la sangre.
 
Cuanto más al Norte, más duele. Hasta que el dolor inunda las articulaciones
del aire y el puro vuelo de los pájaros, carcome la inocencia de los árboles. Ah, digerimos la hierba y nos vamos
conservando, mantenemos el pulso, la energía de la frustración.
 
En el Museo, Laura comparece a través de un lienzo
antiguo: idénticos hoyuelos, el mismo anonimato (L.A. Confidencial). Pasamos de sala en sala, recorremos
pasillos, conectamos con la autoría y la representación, nos aburren los rostros
diferentes al suyo, cualquier idolatría nos distrae de lo urgente; pues su mirada
es un hábito y afuera la nieve responde al desenlace
de una  mañana de mayo. 



viernes, 21 de mayo de 2021

quién teme a la metáfora de ayer

 

Esta soledad como un pinar
holgado, como un salto de aguja entre rocas
salvajes, riachuelos, nubes esquinadas. Como una sombra múltiple que se acerca a la casa
y descansa tumbada sobre la hierba,
yace meticulosamente herida.
 
A la luz de una vela, corregimos. La buhardilla es el culmen, la celosía
flexible, el interrogante deportivo. Si Laura hubiera pasado por allí en algún momento, ¿habría resistido la tentación
de subir los empinados escalones para ver la maravillosa isla, la ciudad y sus cúpulas y sus aristas
audaces, la curva escénica de la carretera, el elogiado zigzag de los espejos?
 
Ahora, ¿cómo es que entiendes el verso, Laura, y te emociona tanto?,
dime, ¿cómo descifras la mirada del vértigo? Suena el timbre de la clase y los niños salen
pitando hacia la soledad de sus pensamientos educados. Suenan las campanas y los novios
endulzan la soledad de sus recuerdos.
 
La noche le pertenece al libro de nuestra
herencia, de nuestra existencia más allá de los párpados, más allá del sol y sus invitaciones; qué tinieblas
acompañan nuestra empresa, qué desdicha edificante.
 
Somos la esperanza del día de ayer, la deshora, el desapego,
sentimos la vida dentro de las rosas que acortan el lenguaje y niegan la economía del llanto, ah, nos
deslizamos por la frecuencia secreta de los besos en vano entretejidos, capturados al vuelo
de las almas, tenemos tanto miedo que nos mata la suerte de su ausencia, el misterio
culpable de su imagen feliz; y el delicado perfume de los sueños
empaña nuestra sonrisa en el cristal. Nos distancia del cielo
tanto como una metáfora olvidada.



miércoles, 19 de mayo de 2021

naturaleza en seco

 

Entonces el Ángel sufrió el primer
abuso y gorjeó como solo había oído antes llorar a las palomas: por no asear
su habitación (lo que tuvo consecuencias).
 
El amor era algo que andaba por detrás de la pared, algo sorprendente. Pero el odio
latía como un corazón robado, palpitaba aspirante, alejado de la mano de dios.
 
Habría que mencionar el clima, que era tormentoso y glacial, o tropical y manso, en una palabra, variable. Y el mundo
se aclimataba a la sensibilidad de las mareas, su comportamiento
acelerado. Los cambios forjaban el carácter, eran capaces de amaestrar las penas,
de contener las conciencias y fabricar relojes mágicos.
 
Magia. El Ángel musitaba una oración que había compuesto (no en cierto idioma polinésico), un poema
final, el epitafio de la consagración, era como un nacimiento
fascinante. Ah, pero el látigo restallaba
fibroso y la sangre forjaba el carácter, lograba columnas y regueros, ríos
marginales que descendían la escalera social.
 
Desde el crisol del horizonte se levantó una fuerza poderosa, leída, un colector de realidades y sucedió
una inspiración: 4 de las 9  Musas fueron
convocadas a la mesa del padre (tal vez más); acudieron al reclamo de la música
y el trino elegante de los pájaros azules e insuflaron
materia a lo que solo era verdadero vacío.
 
Entre vacilaciones, boqueaba el poema, moría entre laceraciones y piedras
rodeadas por una mano excesiva, bombas de humo y mediocridad ambiental.
 
Fue el primer traspié, el primer egoísmo mancillado,
talado como la carne roja de las amapolas.
 
Habrá que pasar la bayeta, recoger los juguetes y ordenar las mil piezas
del puzle sin echarse a llorar.


Tracy Nuskey Dodson, 'Fly'

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